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La increíble historia de por qué esta botella de Château Lafite se convirtió en el vino más caro

  • Pista: un pulgón microscópico tuvo la culpa
  • Otra: el placer de beber un vino elaborado anteriormente a la fixolera
  • La fixolera fue la plaga más terrible que ha sufrido la industria el vino
Botella de Château Lafite, de 1787. Ilustración: Rocío Montoya.
Madrid

Aquel verano de 1863, un jardinero aficionado de Hammersmith,al oeste de Londres, se percató azorado de que una frondosa parra de su invernadero se estaba secando poco a poco por causa de una enfermedad desconocida.

No pudo identificar el origen exacto de la afección, pero sí se percató de que sobre las hojas de la planta destacaban unas manchas de tono cobrizo de cuyo interior salían unos bichitos diminutos nunca vistos antes. Empujado por la curiosidad, recogió unos cuantos ejemplares y se los envió a J. O. Westwood, profesor de Zoología de la Universidad de Oxford y autoridad mundial en el campo de los insectos. De esta sencilla manera se registraba el primer caso de filoxera en Europa, dando comienzo a la plaga más terrible que haya conocido la industria viticultora del viejo continente.

El origen de tan terrible mal lo causa un diminuto insecto hemíptero (el daktulosphaira vitifoliae) de color amarillento, muy similar al pulgón. Ataca principalmente los filamentos de las raíces de la vid y se multiplica con una gran rapidez. De hecho, en muy poco tiempo, es capaz de destruir enormes extensiones de viñedos. Procede originariamente de América del Norte y se cree que llegó hasta Europa –aquel nefasto año de 1863– a bordo de los modernos y veloces barcos de vapor, junto a otros cargamentos de plantas exóticas, exportadas desde el Nuevo Mundo para solaz de los aficionados a la botánica, siempre deseosos de conocer nuevas especies.

En apenas tres años, la filoxera saltaría el Canal y penetraría en el continente. Concretamente, en la región de Bouches-du-Rhone, cerca de Arles, en la Provenza francesa. Asombrados y aterrados, sus bodegueros comenzaron a presenciar cómo sus viñas se marchitaban y apagaban sin remedio en muy poco tiempo. La plaga empezó a propagarse descontroladamente por toda Francia, ante la impotencia de los campesinos, que apenas tenían modo de detectar su presencia antes de que fuera ya tarde. El pulgón de la filoxera infesta las raíces bajo el suelo, por lo que es imposible advertir su presencia (habría que desenterrar constantemente la planta, lo cual la mataría) hasta que ésta ya se encuentra en un estado muy avanzado de epidemia. Solo les quedaba por tanto a aquellos hombres de campo rezar y esperar que, como ocurriese siglos antes con la peste negra, la mala suerte pasase de largo y se fijara caprichosamente en las tierras del vecino.

Un cuarenta por ciento de los viñedos galos fueron aniquilados en el transcurso de apenas quince años. Entre la devastación generalizada, sin embargo, algunas pequeñas áreas se mantuvieron incólumes, lo cual sigue considerándose incluso hoy algo misterioso (quizá la composición del suelo, apuntan algunos estudiosos). En la afamada región del Champaña, por ejemplo, solo dos insignificantes propiedades ubicadas a las afueras de Reims resistieron a la infección y, desde entonces, siguen produciendo las que se consideran únicas uvas genuinas y originales de champán francés. ¿Por qué? Demos antes un pequeño salto en nuestra historia.

UN REMEDIO DOLOROSO

Como ya hemos comentado antes, hoy se sabe, con casi total seguridad, que el pulgón que causa la filoxera procede de Norteamérica y que seguramente ya habría podido llegar antes a Europa. Sin embargo, por entonces, los viajes oceánicos eran tan largos que el insecto no lograba sobrevivir al trayecto. A partir del siglo XIX, en cambio, tras las mejoras introducidas en los barcos de vapor, las mercancías comenzaron a viajar mucho más rápido. Llegaban por tanto más frescas y sanas, pero también repletas de nuevas y diminutas especies (vivas) dispuestas a devorar nuevos horizontes.

La filoxera era un mal bien conocido allende los mares. De hecho, era la causa del fracaso de todos y cada uno de los intentos (que fueron muchos y costosos) de implantar viñas europeas en su suelo. Las raíces americanas, por el contrario, son inmunes a este insecto, aunque a cambio no producen un vino de tan alta calidad. Alguien entendió que ahí estaba la solución. Lo que había que hacer era exportar raíces americanas, plantarlas en suelo francés y, más tarde, injertarles viñas propias. De este modo seguramente se acabaría con la plaga. Aunque, claro, pensaron muchos, ¿a qué precio?

La simple idea de tener que arrancar de cuajo sus viejas e históricas vides para poner en su lugar otras de origen extranjero debió suponer una auténtica conmoción en lo más profundo del sentimiento galo. Era como perder la esencia de su famoso vino, su propio corazón. Pero no quedaba otra. Era eso o la desaparición total. Así que a casi todos los Grand Cru de Borgoña o Burdeos no les quedó más remedio que sustituir sus amadas y valiosas raíces por otras importadas de América. Debió ser algo terrible para el tradicional chovinismo galo, una puñalada en su orgullo. A pesar de ello, la solución funcionó estupendamente y acabó con la plaga en apenas unas décadas.

Sin embargo, este mestizaje introdujo en el imaginario colectivo una pregunta inquietante. ¿Aunque haya sido cultivado en Francia, con uvas autóctonas de esas latitudes, puede considerarse como auténtico vino francés aquel que ha crecido sobre raíces exportadas de América? Y lo que es aún más retorcido, ¿sabrá igual de bien que el viejo y tradicional vino francés?

Antes de plantearnos esta cuestión, deberíamos darnos un paseo por la España del siglo XIX para comprobar cómo afectó a nuestra economía la plaga de filoxera que asoló el país vecino. Porque, aunque pueda parecer paradójico, aquello fue como la lotería. La ruina del viñedo francés, a partir de 1863, disparó las cifras de exportación de los caldos españoles, además de fomentar su cultivo. Como nuestros vecinos del norte no tenían forma de obtener uva propia, compraban la nuestra en grandes cantidades y a muy bien precio. Fueron años de gran prosperidad para algunas regiones españolas, como La Rioja o el Priorato, que se enriquecieron de forma rápida y algo azarosa. Muchas de las famosas bodegas que se asientan hoy en esas denominaciones, se levantaron justo en aquella época, aprovechando el viento a favor.

Por desagracia, tras una corta tregua, debida fundamentalmente a las barreras naturales de nuestra montañosa geografía, la filoxera prosiguió implacable su camino y nos alcanzó de lleno, infectando en torno al año 1918 todas las provincias españolas, excepto Canarias. La plaga hizo cambiar la superficie del viñedo nacional y nuestra forma de elaborar vino para siempre. Un ejemplo ilustrativo. En el Penedés obligó a sustituir las viejas variedades tintas por otras blancas muy concretas. O lo que es lo mismo, sin la filoxera de ayer hoy no habría industria del cava en esas tierras.

LA BOTELLA MÁS CARA DEL MUNDO

Y llegamos así de vuelta a la cuestión que dejamos unos párrafos atrás. Los especialistas no se ponen de acuerdo en afirmar si los vinos franceses elaborados con anterioridad a la llegada de la filoxera (y por tanto, sustentados sobre las viejas raíces de siempre) poseían una cualidad superior a los posteriores a 1866, el año en el que oficialmente la plaga se instaló en Europa. A pesar de ello, el capricho, la fantasía y el antojo han acabado por crear una especie de placer inigualable: viajar hacia atrás en el tiempo través de una botella de vino.

Ésa es la verdadera razón por la que algunas personas acaudaladas están dispuestas a desembolsar cantidades ridiculamente exageradas de dinero por el simple placer de poseer (y quizá beber) un vino anterior a la filoxera, elaborado con viejas raíces francesas, las cuales ya no existen ni nunca existirán. Algo deliciosamente escaso e insustituible.

El récord en materia de precio por una sola botella de vino lo sigue ostentando un Château Lafite de 1787 (y, por tanto, limpio de cualquier pulgón) que se vendió durante una subasta en la casa Christie´s de Londres, en diciembre de 1985, por la cantidad nada desdeñable de 105.000 libras esterlinas (lo cual equivaldría a unos 160.000 euros actuales). Cuanta la leyenda que el hombre que pujó por aquel vino de Burdeos no fue otro que Malcolm Forbes, el editor de la famosa revista norteamericana del mismo nombre. Además, se decía que la botella había pertenecido a la colección privada del tercer presidente de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, por lo cual tenía grabadas sus iniciales "Th. J" en el mismísimo cristal.

Era demasiado valiosa como para bebérsela, así que fue exhibida en una vitrina de cristal especialmente diseñada para ello. Por desgracia, los focos que la iluminaban provocaron el encogimiento del corcho del tapón, el cual acabó cayendo en el interior de la botella, echando a perder su delicioso contenido.

Desde entonces, es frecuente encontrar en la prensa historias parecidas sobre coleccionistas de vinos históricos, dispuestos a pagar cualquier barbaridad con tal de mojar sus labios con un vino anterior a la llegada de la filoxera a Europa. La locura por semejante pasión también ha desatado, como es lógico, una legión de falsificadores y estafadores, que hacen pasar por verdaderas lo que no son más que burdas imitaciones. En cualquiera de los casos, es sorpredente todo lo que puede dar de sí un pequeño pulgón, ¿no?

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