Opinión

Francisco González, imprescindible dimisión

  • Dar este tipo de pasos de forma tan tardía favorece las especulaciones
Foto: Archivo

La dimisión temporal de Francisco González de sus últimos cargos en BBVA no es sorprendente y sí podría ser algo tardía. No se ha determinado aún el grado de implicación que el banquero tuvo, si es que la tuvo, en la contratación por BBVA de la empresa del excomisario Villarejo y en el cúmulo de irregularidades y escuchas ilegales que presuntamente se cometieron por ésta, pero el daño reputacional que estos hechos, investigados por la Audiencia Nacional, está provocando a la entidad ha llegado al Banco Central Europeo y está sobre la mesa de su Vicepresidente, Luis de Guindos, una de cuyas funciones es la estabilidad financiera, obviamente amenazada si la reputación de un gran banco de la eurozona deja mucho que desear.

Que una entidad financiera haya encargado unos trabajos de espionaje tan sucios salpica indudablemente a sus gestores. Los máximos responsables cuando aquello sucedió no pueden encogerse de hombros aparentando que no iba con ellos, cuando de lo que se trataba era nada más y nada menos que de obtener información para oponerse a una toma de control hostil, asunto que precisamente no se lleva en sucursales. Esta presunción no les hace necesariamente culpables de nada delictivo, aunque sí presuntamente de manejar información obtenida ilegalmente y consentir tal contratación por acción u omisión, lo que ya en sí mismo es un asunto lo suficientemente feo como para dimitir. Aun así, desde que estalla el escándalo, han pasado meses de agónica permanencia en unos cargos honoríficos que ahora se dejan justo un día antes de la Junta General. Queremos pensar que ha sido una decisión personal, como se ha dicho, y es de esperar que no haya tenido que intervenir el supervisor. Tomar este tipo de decisiones de forma tan tardía solo logra que se puedan realizar todo tipo de especulaciones y en nada se ayuda a la entidad, pues un gesto que bien puede ser noble aparenta ser forzado.

El riesgo reputacional tiene gran relevancia en banca y es uno de los que hay que estimar e incluso cuantificar, cubriéndolo adecuadamente. Luego un ejecutivo bancario que permite que la entidad que representa esté en boca de todos por un asunto que afecta a su reputación no solo está incumpliendo con uno de sus más elementales deberes, sino que está provocando costes a la entidad que no tendría por qué tener.

La marcha de Francisco González, aunque temporal, se antoja definitiva, puesto que las investigaciones pueden demorarse lo suficiente como para que la vuelta sea imposible. Esto nos da ocasión de recordar que quizás sea el último banquero que accedió al cargo por influencia política, puesto que el Gobierno le nombró presidente de Argentaria y desde allí, tras depurar a las familias de Neguri por otras irregularidades, pasó a presidir el BBVA. Y es precisamente para evitar que otra jugada política, como es la frustrada toma de control hostil por parte de Sacyr, cuyos vínculos con el PSOE de Zapatero eran notorios, para lo que al parecer se encargaron las investigaciones presuntamente delictivas. Es decir, la política metiendo sus sucias manos en la banca y no tenemos que recordar las funestas consecuencias que acaban pagándose cuando los políticos ponen y quitan presidentes de bancos o intentan tomar el control por la puerta de atrás. Las reglas de juego de la banca no son las reglas de juego de la política. Debieran ser más limpias, transparentes, decentes, legales, ejemplares; más que nada porque manejan el dinero de todos nosotros y la estabilidad, buena gestión y buena reputación de la banca es asunto del máximo interés público.

Aquí tenemos que recordar que el deber de ejemplaridad del banquero no le viene dado solo por la normativa de orden interno que pueda establecer un banco, sus códigos éticos o cualesquiera otras normas propias. La conducta ejemplar del banquero es una exigencia normativa y, por supuesto, ética, y aunque es obvio que el supervisor no puede remover a un banquero por meras sospechas imputándole falta de honorabilidad, sí puede, cuando se trata de conductas especialmente graves, aunque sean presuntas, instar la separación del cargo hasta el esclarecimiento de los hechos en base al control del riesgo reputacional y al objetivo de estabilidad financiera, acción a la que debe anticiparse cualquier consejo de administración que sea responsable.

Cuando se es banquero ya no vale todo. Es más, actualmente no vale casi nada, porque tras la crisis que hemos pasado, en buena parte por la actitud irresponsable de muchos banqueros, ni la sociedad ni las autoridades deben permitir la más mínima desviación en la honorable conducta que debe mantener un banquero. Dejar un cargo a tiempo no es reconocer que no se es honorable, es más una prueba más de la honorabilidad que el banquero ha de tener.

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