Innovación Oncológica

Inmunoterapias: cuando el mejor ataque es reforzar la primera línea de defensa

  • Hoy se emplean en 19 tipos de tumores
Imagen: iStock.
Madrid

Las inmunoterapias contra el cáncer han experimentado un notable auge en los últimos diez años, y ya se emplean en al menos 19 tipos de tumores. La lógica es sencilla: fortalecer el sistema inmunitario para mejorar su detección de células cancerosas y, en consecuencia, su poder de neutralizarlas.

Bacterias y virus son quizá los patógenos más conocidos por el público, pero hay más: priones, protozoos, hongos... Contra todos ellos debe poder luchar nuestro sistema inmunitario, la primera línea de defensa del cuerpo humano. Este complejo entramado, que engloba desde la piel hasta los anticuerpos, es también el que debe hacer frente al cáncer en primera instancia.

En esencia, el sistema inmunitario lleva un control de todas las sustancias que hay en el cuerpo en condiciones normales. Cuando aparece una sustancia extranjera, el sistema la ataca. El caso del cáncer plantea más dificultades porque, como es sabido, comienza con la alteración de células que comienzan a reproducirse sin control. El sistema inmunitario no siempre clasifica estas células como extranjeras.

Por eso, la idea de mejorar las capacidades del sistema parece una estrategia lógica en el combate de esta enfermedad. Esta es la base de la inmunoterapia contra el cáncer, cuya premisa principal es el hecho de que las células cancerosas a menudo tienen antígenos tumorales, susceptibles de ser detectados por los anticuerpos. Estos, a su vez, se unen a ellos, y los señalan para que el sistema inmune los inhiba o los mate.

El campo de actuación es promisorio. Un ejemplo notable es el hecho de que, en 2018, el Premio Nobel de Fisiología o Medicina recayó en dos investigadores por su trabajo en esta área. El norteamericano James P. Allison ha estudiado una proteína que actúa como freno del sistema inmunitario. Considerando el potencial que resultaría de quitar ese freno y, de esa manera, liberar a las células del sistema para combatir los tumores, desarrolló un nuevo enfoque para tratar a los pacientes.

Por su parte, Tasuku Honjo, de origen japonés, descubrió otra proteína del sistema inmune que actuaba también como freno, pero mediante un mecanismo diferente. Las terapias basadas en este hallazgo han probado ser bastante efectivas contra el cáncer. 

Además, según la Asociación Americana para la Investigación del Cáncer (AACR), en los últimos diez años el número de terapias basadas en el sistema inmunitario se ha multiplicado casi por cinco, mientras que el tipo de cáncer para el que hay disponible al menos uno de estos tratamientos se ha más que triplicado.

En 2008, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) solo había aprobado cuatro terapias de este tipo para su uso en seis tipos de cáncer. A julio de 2018 (ver gráfico), este organismo había aprobado 19 tratamientos de inmunoterapia; además, al menos uno de estos agentes aprobados son de aplicación en 19 tipos de cáncer y en cualquier tumor sólido que presente una determinada firma molecular o marcador biológico concreto.

Pero ¿cómo funcionan exactamente estas terapias? El Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos (NCI, por sus siglas en inglés) -la mayor de las 11 agencias del Gobierno estadounidense dedicadas a la investigación, prevención y divulgación sobre el cáncer- habla de seis tipos de tratamiento.

Los inhibidores de puntos de control -checkpoint inhibitors- son medicamentos que ayudan al sistema inmunitario a reaccionar más rápidamente ante la presencia de un tumor. Estos fármacos actúan liberando frenos -los checkpoints- que impiden actuar a las células T. Estas células, también llamadas linfocitos T, son un tipo de leucocito que tienen un papel central en el sistema inmunitario. El primer medicamento para actuar sobre estos frenos se aprobó en 2011.

El uso del bacilo de Calmette y Guérin (BCG) es el tratamiento estándar para la mayor parte de los casos de cáncer de vejiga desde hace más de 40 años

La transferencia adoptiva de células T se utiliza experimentalmente para tratar algunos tipos de cáncer. En resumen, este tratamiento consiste en la extracción de linfocitos T o células T provenientes del tumor, y su posterior cultivo en el laboratorio. Durante el periodo de cultivo -entre dos y ocho semanas-, prosigue el tratamiento convencional con quimioterapia o radioterapia. Después, las células T cultivadas en el laboratorio se transfieren de nuevo al paciente por vía intravenosa.

En los últimos años, una variante de este planteamiento ha tenido un desarrollo sobresaliente en el tratamiento del linfoma no hodgkiniano. Se trata de las terapias con CAR T, un tipo de células T modificadas genéticamente para producir receptores T artificiales para su uso en inmunoterapia.

Otra forma de inmunoterapia contra el cáncer son los anticuerpos monoclonales. Este tipo de anticuerpos se diseñan y crean en el laboratorio de manera que se adhieran a determinados tumores. Algunos de estos anticuerpos monoclonales marcan las células cancerosas para que el sistema inmune las detecte mejor y pueda destruirlas. Otros actúan directamente sobre estas células, aunque en este caso suelen considerarse parte de la medicina de precisión, no de las inmunoterapias.

En el arsenal de estas terapias biológicas también encontramos las llamadas vacunas de tratamiento, diseñadas para mejorar la respuesta del sistema inmunitario frente al cáncer, y que funcionan de diferente manera a las vacunas normales -que tienen como objetivo prevenir enfermedades-.

El NCI destaca dos tipos más de inmunoterapia: la basada en el uso de citocinas y la que utiliza el bacilo BCG. Las citocinas son proteínas pequeñas -péptidos, más concretamente- producidas por el cuerpo humano que tienen un papel relevante en el combate de patógenos. Las más utilizadas para el combate del cáncer son los interferones y las interleucinas.

El caso del BCG es más curioso. El bacilo de Calmette y Guérin -de ahí sus siglas- se emplea desde 1921 como la vacuna contra la tuberculosis y la lepra. Pero, además, se ha convertido en una de las inmunoterapias más exitosas, y desde 1977 es el tratamiento estándar para la mayoría de los casos de cáncer de vejiga -aquellos en los que el tumor no alcanza la capa muscular-.

Este tipo de terapias, no obstante su éxito a la hora de tratar determinados tumores, también presenta efectos secundarios, si bien estos son menos notorios que los producidos, por ejemplo, por la quimioterapia. Así, por ejemplo, los inhibidores de checkpoints, que hacen que el sistema inmunitario ataque las células cancerosas, a veces produce que dicho ataque se extralimite a células sanas.

Según la doctora Sarah Dubbs, especialista en medicina de emergencia de la Facultad de Medicina de la Universidad de Maryland, "la mayoría de los efectos secundarios son entre leves y moderados en cuanto a su gravedad y responden a tratamientos, por ejemplo, con esteroides". Las reacciones más frecuentes son inflamaciones: del revestimiento interno del colon, los pulmones o el músculo cardiaco.

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