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Los aranceles, incapaces de frenar a China

Foto: Dreamstime

Existe gran inquietud por que el proteccionismo del presidente estadounidense Donald Trump erosione los beneficios de largo plazo del comercio global. También están las esperanzas, principalmente entre los partidarios de Trump (incluidas varias compañías estadounidenses), de que con medidas duras se pueda evitar que China se convierta en el par tecnológico de Estados Unidos. Sin embargo, puede que sean exagerados los temores al impacto del menor comercio global, mientras que la esperanza de mantener a raya a China no tiene posibilidad alguna de hacerse realidad.

El comercio ocurre por tres razones. Para comenzar, los países cuentan con diferentes recursos nativos: algunos producen petróleo y otros, cobre; algunos cultivan bananas, otros trigo. Si se detuviera ese comercio, la prosperidad global se vería afectada. Pero el intercambio de productos básicos y bienes agrícolas representa una parte menor del total comerciado, y sin duda seguirá siendo así.

El comercio refleja además diferencias en los costos de producción. Los países con menores costos producen bienes manufacturados con uso intensivo de mano de obra, utilizando maquinaria importada desde países con alto costo de mano de obra. Como han demostrado economistas tales como David Autor, del MIT, el efecto de esto en los países desarrollados puede ser perjudicial para algunos trabajadores y bueno para las utilidades de las compañías. Y puede ser extremadamente beneficioso para cualquier país en desarrollo que fomente un equilibrio fértil entre inversión interna y emprendimiento local y use los beneficios de un crecimiento impulsado por las exportaciones para invertir en infraestructura y formación. El notable éxito económico de China habría sido imposible sin un comercio cuyo impulsor inicial fueron las diferencias de costo de la mano de obra.

Sin embargo, es probable que en el futuro este tipo de comercio se vuelva menos importante. Ahora que en China los salarios crecen con rapidez, su ventaja en términos de costo de mano de obra está reduciéndose a paso acelerado. Y si bien muchos suponen que la producción manufacturera pasará entonces a otros países con bajos salarios (por ejemplo, en África), puede que gran parte de ella lo haga a economías avanzadas, aunque a industrias altamente automatizadas que crean muy pocos empleos.

Para terminar, la especialización y las economías de escala en manufactura, la investigación y desarrollo, y las marcas generan comercio entre países de riqueza equivalente. Los automóviles de lujo europeos se exportan a Estados Unidos, las Harley Davidsons se importan a Europa y muchos artefactos altamente especializados de equipos de capital se comercian en ambas direcciones.

Una vez que estas conexiones comerciales están establecidas, cualquier cambio repentino en los aranceles aduaneros será gravemente disruptivo. Así que, sin duda, las medidas de Trump suponen una importante amenaza de corto plazo al crecimiento global. Pero, en el largo plazo, el comercio entre continentes de ingresos per cápita equivalentes es menos crucial para la prosperidad que lo que se suele suponer.

El factor clave es lo grande que un área económica deba ser para generar economías de escala y cadenas de suministro integradas complejas mientras que, al mismo tiempo, se mantiene una competencia intensa entre múltiples firmas. Si un país como Irlanda, con una población de cinco millones, intentara la autosuficiencia en todos los bienes, su ingreso sería una fracción del actual. Incluso si Gran Bretaña, Francia o Alemania, países mucho mayores, intentaran la autarquía, la productividad y los niveles de vida se verían muy afectados.

Pero la economía continental de China, con sus 1.400 millones de personas, podría alcanzar casi a todas las economías de escala manteniendo una intensa competencia interna; en principio, India también podría. Estados Unidos con sus más de 300 millones de habitantes, solo se vería afectado ligeramente si importara y exportara poco más allá de sus fronteras, y lo mismo es cierto para el mercado único de 520 millones de ciudadanos de la Unión Europea.

Más allá de cierto punto, los potenciales beneficios de un mayor comercio entre países de riqueza comparable inevitablemente se reducen. Si en 2050 hubiera menos comercio entre las economías de escala continental de China, EEUU y Europa que en la actualidad, el impacto directo sobre los estándares de vida no se notaría mucho.

Lo que sí se perdería sin un comercio global -e incluso más sin flujos de inversión- sería la transferencia de conocimientos, tecnología y mejores prácticas. El despegue económico de China comenzó con el arbitraje de los costos de la mano de obra, pero se ha sostenido por una masiva transferencia de conocimientos. Y si bien un pequeño elemento de ella fue producto de actividades de espionaje industrial, la gran mayoría fue automática, legal e inevitable.

Los trabajadores y gerentes chinos empleados por compañías occidentales aprendieron nuevas técnicas. Los proveedores tuvieron que ajustarse a altos estándares, y los emprendedores locales pudieron entonces aprovechar las cadenas de suministro de calidad para competir. Las empresas conjuntas inevitablemente llevaron a la transferencia de conocimientos a socios locales, y las compañías occidentales los integraron voluntariamente para obtener acceso al inmenso mercado interno de China.

Ahora a Estados Unidos le preocupa el creciente dominio tecnológico de China. Las empresas lamentan la pérdida de ingresos económicos producidos por la superioridad tecnológica y la propiedad intelectual, y los halcones de seguridad nacional muestran inquietud sobre las potenciales consecuencias geopolíticas de la menguante ventaja tecnológica estadounidense. Los aranceles a los productos chinos en parte son una respuesta a esas preocupaciones, y los límites a las adquisiciones chinas de compañías estadounidenses de alta tecnología expresan directamente esta percepción. Pero sencillamente es demasiado tarde. Si en los años 80 y 90 el Gobierno estadounidense, en lugar de fomentar la apertura económica china, hubiera prohibido a las empresas estadounidenses que invirtieran allí, el ascenso de China se habría retardado de manera importante, aunque no se hubiera evitado permanentemente.

Puesto que eso no ocurrió, el ascenso de China ha cobrado impulso propio. Su mercado interno, de inmensas dimensiones y cada vez más rico, hará que las exportaciones sean menos esenciales para el crecimiento. Los salarios, en rápido aumento, están creando fuertes incentivos para la aplicación de mejores prácticas de la robótica, y las compañías chinas están pasando a la vanguardia en los ámbitos de la inteligencia artificial, vehículos eléctricos y energía renovable. El programa Hecho en China 2025 del presidente Xi Jinping ayudará a que se produzca el paso a la manufactura de alto valor basada en IyD local. Incluso si Estados Unidos cerrara de súbito las puertas del comercio y la inversión, afectaría poco al creciente poder político y económico de China.

No se puede decir lo mismo de economías en desarrollo más pobres, como India y la totalidad de África, que esperan imitar el rápido ascenso de China y ya enfrentan la amenaza de que la automatización impida la creación de empleos en fábricas orientadas a las exportaciones. La prioridad mayor en el caos inducido por las medidas de Trump es que las dañinas restricciones al comercio no exacerben estos retos.

© Project Syndicate

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