Bolsa española y PIB, una difícil historia de amor

Por Javier Colás Gómez de Barreda, Director general de Mirabaud Securities en España

Escribo estas líneas ya con la certeza de saber que Donald Trump será presidente de Estados Unidos desde el próximo 20 de enero. No voy entrar aquí a analizar -y mucho menos juzgar- si es la persona idónea o no para liderar a los norteamericanos, cómo será su paso por el despacho oval o cómo se valorará su gestión en los anales de la historia. Son, hoy, variables impredecibles y, lo más importante, poco útiles para realizar un análisis a efectos de nuestras inversiones financieras.
Lo que es seguro es que el “fenómeno” Trump tendrá, sí o sí, efectos en la economía norteamericana y, por tanto, en la mundial. De su campaña electoral, ciñéndonos exclusivamente a los temas económicos e independientemente de lo que pueda ejecutar cuando sea presidente, extraemos medidas favorables a un mayor proteccionismo económico, con mayor gasto fiscal, plan de infraestructuras y menos impuestos. Es decir, más deuda e inflación, y mayor consumo privado (no olvidemos que dos tercios del PIB estadounidense dependen de ésta variable). Solo queda ver un tema importante: cómo financiará esa “nueva” política.
Como en economía todo está relacionado, y más en los últimos años globalización mediante, las posibles nuevas medidas tendrán efectos indirectos en las exportaciones/importaciones, en las divisas, en la economía de los países emergentes, en la demanda/oferta –y precio– de las materias primas, etc. Visto de otro modo: la política económica del nuevo gobierno tendrá efecto en todas y cada una de las variables del PIB de la mayor parte de los países del mundo.

¿Y, en España, cuál es la relación entre el PIB y la bolsa? Indudablemente, un entorno de crecimiento económico es mejor que una recesión para el buen comportamiento bursátil, especialmente si hablamos de muy largo plazo o de ciclos económicos completos (7 años).

Pero no se fíen del PIB. En contra de lo que nuestra propia intuición nos pudiera aconsejar, no siempre existe una correlación entre el comportamiento del Ibex y el crecimiento del PIB, tal y como los bolsillos de los inversores han podido constatar en los dos últimos años, donde el gran momento macro en España (3,2 por ciento en 2015 y cerca del 3,3 por ciento en 2016) no ha tenido un reflejo en la renta variable española (-7 por ciento en 2015 y -9 por ciento en lo que va de 2016).

La primera razón que explicaría este gran desajuste es la elevada internacionalización de las empresas españolas, con solo el 40 por ciento de los beneficios procedentes del mercado doméstico. Además, dentro de la presencia internacional de las empresas españolas destaca Latinoamérica donde se genera casi un tercio del total de los beneficios del Ibex y donde se ha producido una profunda crisis económica que, aunque ha coincidido con la recuperación española, ha lastrado al Ibex.

El segundo factor que influye en el desajuste es la composición sectorial del Ibex, con un peso muy elevado, cercano al 40 por ciento, de sectores defensivos -eléctricas, concesionarias, telecomunicaciones-, menos ligados al crecimiento del PIB; y el sector bancario, históricamente el sector cíclico que mejor y más se beneficiaba del buen momento económico vía crecimiento de volúmenes, ha sufrido en los últimos años un fuerte proceso de desapalancamiento financiero de balance tanto de familias como de empresas. La conclusión es que no en todos los casos ni en todos los índices de renta variable las mejoras de la economía se trasladan de forma directa e inmediata a los beneficios empresariales, que es lo que realmente “mueve” la bolsa.

En el análisis del comportamiento futuro de las bolsas cada vez influyen más factores. Las sencillas reglas con las que invertían nuestros mayores en bolsa –crecimiento macro/inversión segura– ya no están en vigor o tienen importantes matices.

En nuestra opinión, no hay que mirar tanto el índice en su conjunto sino analizar y seleccionar buenas compañías, con un perfil de crecimiento de beneficios operativos sostenible y recurrente, “independientemente” del crecimiento del PIB de un país o en un año en concreto. Y que, además, tengan ratios de valoración que proporcionen revalorizaciones potenciales con acciones cuya cotización no “refleje” del todo ese crecimiento esperado de beneficios.

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