Y en 2022, ¿qué hacemos?

Por Álvaro Manteca González, CFA, miembro de CFA Society Spain, y responsable de Estrategias de Inversión Banca Privada, BBVA AM.

Todavía falta casi medio año, pero puede ser útil empezar a pensar en los escenarios económicos que parecen más probables para 2022 y cómo tendríamos que posicionar las carteras en consecuencia.

En líneas generales, los escenarios principales son dos, uno más benigno y seguramente con una mayor probabilidad de ocurrencia y otro que implica una mayor complejidad, que en ningún caso podemos considerar como muy improbable. Ambos escenarios nos dejarían unos movimientos muy diferentes en los activos financieros mundiales.

El escenario favorable es básicamente el mismo que, en líneas generales, se ha desplegado durante la primera mitad de 2021: aunque a un menor ritmo, la recuperación económica mundial continuaría siendo sólida, mientras que la desaparición de los efectos de base para el cálculo de la inflación permitiría unos niveles de precios más bajos. Por otra parte, los bancos centrales continuarían apoyando con políticas monetarias expansivas y la reducción de los programas de compra de activos iría más despacio de lo esperado por el mercado. Asimismo, el soporte fiscal seguiría siendo amplio, sin descartarse nuevos programas de apoyo en las economías avanzadas.

En este entorno, las rentabilidades de los bonos soberanos recuperarían su tendencia alcista y los sectores económicos más beneficiados volverían a ser los cíclicos, mientras que el estilo “value” retomaría una mejor evolución relativa frente al estilo “growth”. Del mismo modo, el rendimiento bursátil de las empresas más pequeñas superaría al de las grandes y las bolsas europeas serían las claras beneficiarias en este entorno.

No obstante, el otro escenario es más complejo. En el mismo, el crecimiento económico mundial empezaría a flaquear en la parte final de 2021, de la mano precisamente de los grandes contribuidores hasta ahora: Estados Unidos y China. Es un hecho que el gigante asiático se está desacelerando, hasta el punto de que las autoridades monetarias han cambiado el paso recientemente, promoviendo una bajada en el ratio de reservas exigido a la banca y relajando las condiciones financieras, como avalan los últimos datos de crédito publicados. Por su parte, los indicadores adelantados ISM en Estados Unidos han tocado máximos (en marzo el componente manufacturero y en mayo el de servicios), lo que sugiere que acaba de dejar atrás el momento de máximo impulso de crecimiento del PIB. En este escenario, la desaceleración económica en las dos mayores economías del planeta sería mayor de la esperada, mientras que otras áreas geográficas llamadas a tomar el relevo, como Europa y los países emergentes excluyendo a China, no podrían compensar el crecimiento perdido por las dos mayores economías del planeta, un temor que está tomando forma en la actualidad, por la extensión de la variante delta del coronavirus.

Si se consolida este crecimiento mundial menor de lo esperado en 2022, los rendimientos de los bonos volverían a caer, mientras que la renta variable podría sufrir caídas, especialmente intensas en los sectores cíclicos y el estilo “value”. De hecho, el reciente comportamiento en los mercados financieros mundiales es una señal de que los inversores están empezando a asignar una mayor probabilidad de ocurrencia a este escenario, coincidiendo con el punto de inflexión en los indicadores adelantados y la mayor preocupación sanitaria.

¿Qué hacer ante estos dos escenarios? En primer lugar, es preciso insistir en que parece más probable el escenario benigno. Los motivos son varios, pero podemos destacar algunos: el primero es la falta de austeridad fiscal, que hizo mucho daño a la recuperación económica tras la crisis financiera. En estos momentos, el debate sigue siendo si está justificado un estímulo fiscal adicional, mientras que el objetivo de lograr el equilibrio presupuestario en el corto plazo brilla por su ausencia.

Otro factor relevante es que no se ha producido una destrucción de riqueza significativa entre los agentes económicos, ya que las autoridades de las economías avanzadas han actuado con rapidez y decisión para evitar que la crisis sanitaria derivase en una crisis económica de gran magnitud y han implementado multitud de programas de ayuda pandémicos, que han mantenido los ingresos de las capas de población más vulnerables, que durante la pandemia han sido aquellas que no podían optar por el teletrabajo. Además, el aplazamiento forzoso de ciertas actividades relacionadas principalmente con el ocio y el consumo de servicios, ha supuesto un importante aumento de la tasa de ahorro de las familias y cuando se puedan retomar los planes interrumpidos por la COVID-19, la normalización de la tasa de ahorro también impulsará al alza la demanda agregada.

Con todo, una estrategia que parece razonable y que además nos permitiría aprovecharnos de la baja correlación actual entre los estilos “growth” y “value”, es mantener una cartera sobreponderada en empresas cíclicas y estilo “value”, al tiempo que mantenemos una posición estratégica en empresas “growth” de alta calidad, que mostrarían una mejor evolución relativa si se termina materializando el escenario adverso. Por otra parte, en el mercado de renta fija soberana, podría plantearse un posicionamiento algo menos corto en duración, aunque la reciente caída en los rendimientos de la deuda estadounidense resta atractivo a este movimiento de cara a 2022

Esta entrada fue publicada en Análisis fundamental, Bancos centrales, Divisas, Empresas, Estrategia, General, Macro. Guarda el enlace permanente.