Money, money, money

Por Pedro Escudero, Consejero delegado de DPM Capital

Muchos inversores creen que actualmente hay que apostar por acciones de empresas con altos crecimientos en ventas y valoraciones exigentes (de estilo growth) versus compañías que no crecen mucho pero que generan buenos resultados netos y tienen una valoración razonable o más baja (conocidas como value). Una dicotomía que se ha situado en el centro del debate actual entre los inversores de las principales plazas bursátiles y que guía buena parte de las decisiones de la comunidad financiera mundial.

Todas las empresas producen lo mismo: cash, dinero. El ritmo en el crecimiento de las ventas no es realmente tan importante porque lo que de verdad nos interesa como inversores es si la empresa va a tener beneficios netos por acción, si éstos se van a incrementar con el paso del tiempo y, aún más importante, si la predictibilidad de los futuros flujos netos de caja son altamente predecibles. Éstos, los flujos netos de caja, son el tendón de Aquiles de cualquier inversión. En definitiva, para un inversor inteligente no resulta razonable destinar su dinero a una empresa que crece mucho pero nunca deja nada a sus accionistas o que, simplemente, no es una compra a un buen valor, es a decir, a un buen precio.

La bolsa está siguiendo los mismos pasos que a finales de la pasada década de los noventa y principios del 2000, cuando todo aquello que olía a internet acabo cotizando a precios desorbitados y generando una enorme burbuja. En aquella época yo dedicaba mucho tiempo a jugar al tenis y recuerdo que, cuando dejaba la raqueta y las canchas, oía comentar a entrenadores, jugadores o aficionados sus magníficas inversiones en empresas vinculadas al puntocom con rentabilidades del 200% o más en apenas un par de meses.

Ahora, en plena crisis económica derivada de la pandemia, encontramos mercados bursátiles de peso, como por ejemplo el de Estados Unidos, Alemania o Japón, que se encuentran con una renta variable en máximos históricos, una tendencia que se da especialmente en aquellas acciones consideradas growth. Las valoraciones en el caso de la renta fija resultan todavía más sorprendentes, ya que podemos adquirir numerosos bonos estatales –y también de compañías privadas- con una rentabilidad negativa en plazos tan poco predecibles como los diez años. Los bonos de high yield también presentan valoraciones cuanto menos distorsionadas respecto a su valoración media histórica.

El hecho de que los principales bancos centrales hayan inundado los mercados financieros con trillones de dólares ha provocado que las valoraciones se hayan vuelto sostenibles sólo por ese preciso fenómeno monetario. Veremos si cuando las autoridades monetarias se vean obligadas a retirar parte de esa liquidez, algo que llegará tarde o temprano, no tengamos ninguna duda, somos capaces de capear con burbujas que siempre nos han acompañado, como la de los Tulipanes (1630), la del Mississippi (1719-20), Mares del Sur (1720), Japón (1980), Dotcom (finales de los 90) o Boom immobiliario (2008-09). Todas tienen una misma característica: la codicia y la creencia que no se puede perder dinero.

Para acabar me gustaría recordar la historia de un ganadero que nunca fue a la escuela, pero todas las semanas se acercaba al mercado central desde su lejano pueblo donde vivía. Sólo criaba vacas y lo conocía todo sobre ese ganado. Cuando llegaba al mercado y los precios estaban altos vendía las vacas obteniendo buenos márgenes. Si, por el contrario, veía que los precios estaban bajos, entonces se volvía para casa no sin antes hacerse con un ternero en caso que sus inventarios estuvieran bajos.

Growth y value son conceptos que sirven para entendernos, pero no deben ser el único faro que guíe nuestras inversiones. Y es que hay que tener claro que lo más importante es lograr una alta predictibilidad de los flujos futuros, que al final es lo que crea verdadero valor.

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