José María Triper

Periodista económico

Dice el refranero eso de dime de qué presumes y te diré de qué careces. Y este gobierno que tanto alardea de lo que no tiene -talante, diálogo, coherencia y capacidad de gestión, por citar sólo algunas de sus insuficiencias- destaca entre todas sus carencias por la absoluta falta de austeridad y transparencia. Y ahí esta sino esa ministra de Igual-da, la señora Irene Montero que, por enésima vez, se ha negado a responder en sede parlamentaria sobre las labores que desempeñan y los sueldos de cada uno de los miembros de su ejército de asesores, que suman 17 sólo en altos cargos, y entre los que existen casos tan singulares como el de Teresa Arévalo, la niñera a la que Montero ascendió a jefa adjunta de su gabinete para que, según los denunciantes, ejerciera labores domésticas con sueldo del Estado.

Anda el Gobierno perdido y ciego buscando una luz que le ilumine para solucionar las desmedidas y abusivas subidas de la tarifa eléctrica. Unos, como los extravagantes ministros podemitas con medidas estrambóticas e intervencionistas, amén de inservibles y rayanas en la ilegalidad. Y otras, como la ministra Calviño, que parecía la más lista de la clase pero que se ha contagiado de la mediocridad circundante recurriendo a excusas de mal pagador como pretexto de echar la culpa al empedrado que, en esta ocasión, lleva el nombre de Rajoy, cuando hace ya más de tres años que fue expulsado de La Moncloa por quienes ahora gobiernan y que en ese tiempo ni se han preocupado ni ocupado del asunto.

Hace ahora casi un siglo, en 1923, Oswald Spengler exponía por primera vez, en el segundo volumen de su Decadencia de Occidente, la reflexión sobre el ocaso al que se encaminaba nuestra encumbrada civilización occidental. Un planteamiento que hoy se manifiesta en toda su crudeza en la vergonzante retirada de las tropas norteamericanas y del resto de aliados ante el avance de los talibanes y con la pasividad de los gobiernos y de las sociedades occidentales ante el genocidio afgano.

Análisis

Los tambores del adelanto electoral vuelven a sonar en el horizonte político español. Todavía lejanos, pero algo empieza a moverse en los partidos. Especialmente en el PSOE, donde ya hay alarma y algunos de sus dirigentes empiezan a advertir a Sánchez de una "posible traición" de sus socios podemitas.

En sus reflexiones sobre la caída de Kabul en manos de los talibanes resaltaba un compañero en este oficio de la comunicación que lo peor que te puede pasar hoy en el mundo es ser mujer en Afganistán. Las crónicas de quienes pueden contarlo son aterradoras. Éxodos masivos, torturas, mutilaciones, asesinatos y represión especialmente sobre las mujeres a las que se somete a la invisibilidad, a la voluntad de los varones y se les prohíbe cualquier vida pública.

La expresión quinta columna se utiliza en la terminología bélica para definir a un conjunto de personas potencialmente desleales a la comunidad en la que viven y susceptibles de colaborar de distintas formas con el enemigo. Situación que se asemeja casi miméticamente a la estrategia tensión y enfrentamiento que desde Unidas Podemos han iniciado contra el Gobierno del que ellos forman parte y con un doble objetivo: marcar territorio y líneas rojas ante el inminente debate de los Presupuestos del Estado, por un lado, y recuperar credibilidad, visibilidad y votos ante un electorado en fuga y el ninguneo de Sánchez hacia los ministros y las iniciativas podemitas.

Ahora que se cumple un mes de la remodelación del Gobierno de Pedro Sánchez, perpetrada más con alevosía que con premeditación, me viene a la memoria ese cambiar para que nada cambie de la paradoja de Giusseppe Tomasi di Lampedusa, porque el lifting operado en el Consejo de Ministros ni ha mejorado la gestión, ni ha apaciguado las discordias y enfrentamientos en el gabinete y, ni siquiera, ha dado la vuelta a las encuestas que continúan acentuando esa cuesta abajo en la rodada en que ha entrado el PSOE y una mayoría absoluta del centroderecha si hoy se celebraran elecciones.

Mientras nuestros deportistas se esforzaban en Tokio por conquistar una medalla que les permitiera ascender al pódium de los Juegos Olímpicos, nuestro presidente del Gobierno se solazaba en Lanzarote disfrutando de esas otras medallas que se autoimpuso por su sancha voluntad y que ni ha trabajado ni le corresponden. Como la de las vacunas que, por cierto, las compra la Unión Europea y las gestionan e inoculan las comunidades autónomas que son quienes ponen los recursos y la logística.

Sin ánimo de minimizar la evidente mejoría del empleo en julio que refrenda los resultados avanzados por la EPA, pero lejos también de la euforia propagandística del Gobierno, lo cierto es que la lectura entre líneas de los datos de ambos indicadores de nuestro mercado laboral, junto a las incertidumbres derivadas de la evolución de la pandemia, la espiral inflacionista, las subidas fiscales y la desconfianza en la gestión de los fondos europeos, aconsejan más, como dice la CEOE, hablar de prudencia y de reformas que de recuperación y de optimismo.

Decía Alfonso Guerra, con ese ingenió y mordacidad que le caracteriza y en referencia al general Franco que él no boxeaba con fantasmas. Una filosofía y una forma de entender la política la del que fuera vicepresidente del gobierno socialista de Felipe González, que ni entienden ni comparten Pedro Sánchez, su gobierno y su partido que, siguiendo las prácticas de adoctrinamiento y distracción que utilizaba el Dictador con las fugas del Lute y otros culebrones a la carta, se empeñan en resucitar una y otra vez a ese Franco al que necesitan y utilizan como estandarte propagandístico.