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Europa, que ha vivido estos pasados lustros despilfarrando sin tasa como un nuevo rico, se enfrenta ahora a la cruda realidad de la crisis sin haber tomado conciencia de que ha de poner los pies en el suelo y reconstituir su estatura sobre presupuestos de eficacia, impulso modernizador y racionalidad económica. El informe que acaba de presentar el Grupo de Reflexión sobre el futuro europeo presidido por Felipe González marca un camino de realismo.
La opinión pública europea, atemorizada por la recesión y golpeada duramente por el inexorable ajuste, constata con estupor la incapacidad de la UE para ofrecer respuestas coordinadas y potentes a la crisis. Salvo el BCE, que cumple su papel, las demás instituciones son inoperantes y las grandes decisiones siguen siendo adoptadas en realidad por el informal eje franco-alemán. En concreto, el Parlamento Europeo, formado por 750 pasivos diputados con su cohorte interminable de colaboradores y asistentes, sestea indolentemente mientras el continente se desangra. Y la más ostentosa iniciativa que ha surgido del recién implementado Tratado de Lisboa es un disparate: la creación de un nuevo cuerpo diplomático de 5.000 funcionarios que se desplegará en 130 países y consumirá 30.000 millones de euros en el período 2000-2013; no tiene sentido inventar tal engendro para representar a unas instituciones inanes, duplicando (no sustituyendo) las diplomacias nacionales de los países comunitarios. El derroche es espectacular: sostener la gran burocracia de Bruselas nos cuesta este año a los europeos 122.937 millones de euros, el 1,03 por ciento del PIB comunitario. Ante estas cifras, refulge la evidencia de que la UE necesita un replanteamiento global, a la baja. Y es muy lógico que la ciudadanía europea, sometida al gran ajuste de sus respectivos países, exija igualmente un ejercicio de austeridad de las instituciones supranacionales que forman la Unión. Porque todo este aparato burocrático fruto de la megalo- manía de los mediocres dirigentes europeos no ha servido para disimular que lo que necesita Europa es más integración política, capaz de formular por ejemplo una política económica común, y menos aparato corporativo y funcionarial.
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