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Sudoku: Juega cada día a uno nuevo
El tiempo: Consulta la previsión para tu ciudadHace unos días, el presidente de Estados Unidos, George Bush, reconocía que Wall Street se había cogido una enorme cogorza y ahora sufría una tremenda resaca. Pese a las desatinadas declaraciones, el mandatario no iba demasiado desencaminado ya que en el distrito financiero de la Gran Manzana, sus inquilinos sobreviven a las inhumanas sesiones de trabajo a golpe de Ritalin y Adderall, dos fármacos utilizados para tratar la falta de atención y la hiperactividad.
Los cócteles de fármacos se han vuelto a poner de moda entre una industria que vive uno de sus peores momentos. "Trabajamos como chinos y encima sabemos que si no generamos beneficios corremos el peligro de ser despedidos", reconoce una empleada de la filial estadounidense del HSBC (HSBA.LO).
Para aguantar jornadas que implican un mínimo de 100 horas de trabajo a la semana, muchos recurren a medicamentos sólo accesible bajo prescripción médica para lidiar con la presión. Gracias a Internet, el mercado negro es abundante y su consumo es más difícil de predecir en un control.
El doctor Alden Cass, presidente del Catalyst Strategies Group, reconocía a la revista Investmente Dealer´s Digest, que "trato a un buen número de pacientes de Wall Street adictos a fármacos y antidepresivos sólo recetados para mejorar la concentración o manejar cierto tipo de emociones". A base de Vicodin y Oxycontin muchos intentan sobrevivir al infierno diario, en un momento en el que eliminar puestos de trabajo en la industria está a la orden del día.
Aunque no existan datos específicos sobre el consumo de este tipo de medicamentos en Wall Street se puede tomar como referencia que EEUU, que supone un 4 % de la población mundial, engulle más de la mitad de medicamentos empleados para tratar cambios de humor, además de calmantes y antidepresivos, mientras consume dos tercios de las drogas ilegales del planeta, lo que significa que más de 20 millones de norteamericanos consumen sustancias ilegales.
Pese a los estrictos controles que se realizan a día de hoy entre los grandes bancos estadounidenses, donde las muestras de orina y pelo se convierten en la pesadilla de muchos, no es extraño que sus empleados esnifen un par de rayas de cocaína de vez en cuando.
Al fin y al cabo, la cocaína y la heroína siguen formando parte la cultura financiera, pese a que muchos relacionen esta imagen con el boom de Wall Street de los 80. A día de hoy un gramo de coca en Nueva York se puede conseguir por entre 30 y 100 dólares, una minucia si se compara con los suculentos sueldos, que pese a la crisis, siguen registrándose entre las entidades de inversión.
Dentro de la comunidad de inversores se permite esta clase de vicios siempre y cuando no acaben por afectar a la productividad laboral de los implicados. De hecho, dentro de las vacas sagradas de la industria se incluyen programas y consejeros que ayudan a los empleados a lidiar con el consumo de drogas.
De hecho, uno de los grandes inquilinos de Wall Street ha tenido que incrementar el número de consejeros en los últimos meses. Incluso, durante el comienzo del derrumbe de Bear Stearns, un hiriente artículo del Wall Street Journal implicaba la adicción a la marihuana de su ex consejero Jimmy Cayne.
Durante el estallido de la crisis de crédito se han escuchado muchas acusaciones dentro de los mentideros en las que se acusaba a los directivos de repartir cocaína entre sus empleados para mejorar su efectividad. Al fin y al cabo son sólo rumores pero cuando el río suena, agua lleva.
No es en los momentos de crisis cuando las adicciones aumentan, si no durante las etapas de prosperidad económica. El psicólogo clínico Alden Cass, quién cuenta con una amplia lista de pacientes en Wall Street, cree que "cuando las cosas van bien, los empleados de la industria financiera se creen invencibles y eso conduce al adulterio, el consumo de drogas y a problemas con la justicia".
A través de medicamentos como el Adderal (empleados hasta la fecha exclusivamente para tratar patologías mentales) numerosos científicos están desarrollando una nueva generación de pastillas que "fomentarán el conocimiento" hasta límites insospechados.
Esta nueva generación de píldoras que actúan como "cosméticos cerebrales" serán tan comunes como tomarse una taza de café y según estudios científicos contarán con pocos efectos secundarios y, sobre todo, no crearán adicción algo que, de momento, no ha sido probado al cien por cien. Mediante la ingesta de estas cápsulas, cualquier persona podrá tomar mejores, decisiones en su trabajo, evitar los molestos lapsus de memoria o, incluso, aprobar exámenes sin esfuerzo alguno.
Según el estudio Foresight realizado por la Oficina de Ciencia y Tecnología del gobierno británico "la competitividad que reina hoy en día potenciará que el uso de estas substancias se convierta en una norma y ayudará enormemente a tratar a gente con problemas de concentración o memoria, además de mejorar la calidad del sueño". Todo un milagro.
El problema es que esta milagrosa familia de fármacos todavía no está perfeccionada y no se ha puesto a disposición del consumo masivo, sin embargo, a este lado del Atlántico, muchas personas, en especial estudiantes universitarios y el corporate norteamericano, consumen como si fueran gominolas los medicamentos que han inspirado a los científicos a crear esta panacea mental.
Varios informes realizados a lo largo y ancho de EEUU aseguran que al menos el 30% de los universitarios norteamericanos emplean drogas estimulantes para superar sus estudios, un porcentaje alarmante que sigue al alza año tras año. Esta nueva adicción viene liderada por medicamentos como el Adderall o Ritallin, empleados para tratar desórdenes mentales como la falta de atención.
En las entrañas de Harvard, el uso de estos fármacos, que sólo pueden conseguirse mediante prescripción médica, está a la orden del día y ha desarrollado un verdadero mercado negro. Por ejemplo, Ryan, un estudiante en su último año de carrera fue diagnósticado con falta de atención a su llegada a la Universidad por lo que comenzó a consumir Adderall con supervision médica a cambio de 10 dólares por cada bote de pastillas.
El propio joven reconocía al periódico The Crimson, que no ha podido evitar compartir con sus compañeros "los milagrosos efectos" de dichas píldoras y confirmaba la posibilidad de poder acceder a ellos de forma ilegal, sin problemas.
Con los contactos necesarios y algo de dinero, cualquiera puede hacerse con Retallin o Adderall a 60 u 80 céntimos el miligramo. Estas mágicas anfetaminas permiten una lúcida y completa noche en vela a cambio de 10 dólares, una cantidad irrisoria que incluso es menor a lo que costaría abastecerse de Coca Cola, café y Red Bull para una intensa sesión de estudio.
Actualmente, muchos quieren taparse los ojos ante este serio problema afirmando que sólo el 3% de los estudiantes son adictos a este tipo de pastillas. Aún así, el último estudio realizado por la Universidad de Maryland asegura que el Adderall es la droga más accesible dentro del campus por detrás de la marihuana y alcohol.
Dentro del campus de este centro de la conocida como elitista Ivy League, en la que se enmarcan otras siete universidades como Columbia o Princeton, el estrés está a la orden del día. Paul Barreira, director del Servicio Sanitario de Harvard reconocía que la presión a la que se somete a los estudiantes es la causa que potencia el consumo de estas drogas. Además destacaba que esta práctica sigue creciendo y que es "muy difícil de controlar ya que el acceso a este tipo de fármacos es demasiado fácil gracias a los amigos o Internet".
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