
La corrupción no distingue de crisis ni de coyunturas económicas. La mala praxis empresarial, unida a la mala gestión de los órganos de control que tienen que velar porque todo se conduzca por los cauces legales, forman un cóctel explosivo que se manifiesta en forma de fraude y soborno. Todo por el negocio... sin el negocio limpio, claro.
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