
¡Gracias a Dios! Eso es a lo que han debido pensar los asesores financieros de la Iglesia cuando en el tercer trimestre del año pasado y con los mercados en máximos históricos, decidieron que lo mejor era dejar la bolsa e invertir en renta fija. Nadie se podía imaginar entonces la caída tan brutal que se iba a producir, pero la Conferencia Episcopal fue ágil y, sobre todo, prudente.

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