Si dentro del PDeCAT, la 'hija política' de Convergencia, queda algo de sentido común es la hora de que lo demuestre. Aunque en estos días reine en Cataluña una total sensación de desconcierto, y hables con quien hables, te transmita una gran tristeza y desánimo por haber llegado a esta situación que tanto daño hace a la imagen de España y de Cataluña, estamos a tiempo de dar un giro a los acontecimientos. El desahucio que ha hecho el independentismo de Banco Sabadell, que se ha visto obligado a trasladar (sin quererlo) su sede social a Alicante y la más que probable salida de CaixaBank -buque insignia de la economía catalana- es todo menos algo que celebrar. Puede que la CUP lo aproveche para afianzarse en su 'revolución', pero parece mentira que hayamos dejado el gobierno catalán en manos de una formación con menos de 256.000 votos y 7 escaños. Presidente Carles Puigdemont, yo le digo "así no": sabe que para esto no le habilitaron las urnas (las últimas legales) el pasado 27-S.

Entiendo que la vieja guardia de Convergencia esté parapetada y avergonzada por los presuntos casos de corrupción, pero, ¿no ven la responsabilidad que tienen para con sus votantes? ¿Creen que todos aquellos que les confiaron sus votos el 27 de septiembre de 2015 les daban un "mandato democrático" para llevar a Cataluña a una situación como la actual donde todo vale? Vivimos el momento de mayor fractura social de la Democracia, con una sensación de inseguridad y miedo creciente y con la imagen internacional de que somos una sociedad en la que la parte más sonora está dispuesta a saltarse las leyes (y cree que tiene ese derecho) para imponerse sobre la silenciosa.

No critico el independentismo. Es un sentimiento y una aspiración tan legítima como cualquier otra; tengo buenos amigos que lo son; consejeros editoriales que también lo son, a los que estos días los he visto más dolidos y preocupados que nunca en los últimos años. Heridos por la triste jornada del 1-O, ahora ven como se derrumba gran parte de todo lo que se ha construido: concordia a pesar de las diferencias y el sueño de una sociedad mejor. Hoy sienten frustración por una independencia que saben que no es posible aunque la deseen, porque no será reconocida. Y, a la vez, ven con preocupación como su deseo está rompiendo el diferencial positivo económico que siempre ha tenido Cataluña.

Me cuesta aceptar que Oriol Junqueras, que defiende la buena gestión de su 'consellería' allá donde va, asegure que las empresas no se están yendo, cuando algunas de las mayores historias de éxito empresariales catalanas hacen las maletas a menos de un kilómetro de la sede de su departamento. Si él prefiere negar la evidencia, debería ser el PDeCAT el que lo aproveche. Puede ser una oportunidad para que la nueva y la antigua convergencia recupere su hueco político y votos, al retomar su antiguo papel de garante de la buena imagen de Cataluña como un gran lugar para hacer inversiones y para establecer empresas. Es hora de que planten cara al sector más radical de su 'Govern' y eviten la declaración de independencia. Tras ella, sólo hay incertidumbre económica y el PDeCAT lo sabe.

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