La guerra de divisas se libra en el tablero de la deflación

El 'ataque' del BCE empieza a acorralar a algunos países que han agotado su 'munición' monetaria

La guerra de divisas ha vivido una gran transformación en 2015, ha pasado a un tablero más complejo. En septiembre de 2010, el ministro de Finanzas de Brasil, Guido Mantega, advirtió que el mundo se encontraba "en medio de una guerra de divisas internacional". Los distintos países luchaban por devaluar sus divisas con el objetivo de hacer sus economías más competitivas y agarrarse al pobre crecimiento mundial. En pleno 2015, el tablero ha pasado a centrarse en la deflación. La caída del petróleo, de los salarios y la débil demanda mundial han provocado una fuerte presión a la baja en los precios de todo el mundo, en una corriente que los economistas han acordado enmarcar dentro de un proceso de desinflación. Si bien una caída de precios puntual es una buena noticia, ya que eleva la renta disponible, un descenso prolongado puede afianzar un proceso deflacionista peligroso. "Si fallamos en la inflación, no tendremos crecimiento", alerta David Bloom, jefe de divisas de HSBC.

Para escapar de las garras de la deflación, los bancos centrales de los distintos países han disparado su artillería monetaria. Un nuevo capítulo de la guerra de divisas que consiste en importar inflación y exportar desinflación, ya que una divisa más baja encarece las importaciones y abarata las exportaciones. "Hay muchos países que están buscando resolver problemas políticos alterando su tipo de cambio", indica José Luis Martínez Campuzano, estratega de Citi en España. En esta batalla, los más poderosos suelen ser los grandes bancos centrales, ya que nada puede pararles cuando ponen todo su arsenal al servicio de la guerra. Por el contrario, otras entidades han agotado su munición y ya no pueden combatir en el campo de la inflación, por lo que su estabilidad de precios queda a merced del resto de factores de la economía (como el petróleo).

El BCE arrasa las 'trincheras' europeas

Europa se ha convertido en el foco principal de la guerra de divisas de 2015. El QE del BCE supuso un bombardeo sobre las trincheras que habían marcado los otros bancos centrales de la región. Algunas entidades habían marcado unos niveles para sus tipos de cambio con el euro que, con este movimiento de Fráncfort, o se han venido abajo (como es el caso de Suiza), o siguen en pie con muchos esfuerzos (como en Dinamarca). El riesgo de caer en deflación se centra en el Viejo Continente, con tres nombres propios en la cuerda floja: Suiza, Suecia y Dinamarca.

Estos tres países son muy dependientes del euro, por lo que los efectos colaterales de un tipo de cambio apreciado no se quedan en la inflación, sino que golpean a toda su economía. Un ciclo perverso de caída de precios, pérdida de competitividad y contracción de la actividad económica no está muy lejos. Tan importante es para estos países mantener el tipo de cambio en niveles razonables que han aplicado medidas históricas para contrarrestar el QE del BCE. Suiza mantuvo durante más de tres años la intervención sobre el franco, con un límite en 1,20 francos por euro, hasta que no pudo seguir controlando el mercado y el techo se vino abajo. Dinamarca, por su parte, modificó su política monetaria en cinco ocasiones en 17 días hasta el jueves para defender la banda de fluctuación de la corona danesa frente al euro. Cuatro de estas medidas fueron encaminadas a elevar el tipo de interés a los depósitos (hasta el 0,75 por ciento) y una de ellas a anunciar un QE encubierto, ya que el Banco Nacional de Dinamarca comprará toda la deuda que emita el Tesoro del país hasta nuevo aviso. Suecia, por su parte, tiene ya los tipos de interés en el 0 por ciento. Por si fuera poco, estos países han elevado el tamaño de su balance con fuerza en los últimos meses para controlar las presiones alcistas sobre sus divisas, por lo que han perdido capacidad para intervenir en el mercado.

Esta situación pone de manifiesto que ninguno de los tres bancos centrales tiene muchas más políticas monetarias en la recámara. Pero, además, la inflación no les da tregua. Suecia acumula 5 meses de caída de precios y, en el último año, solo en 2 meses tuvo subida del IPC; mientras que en Suiza, los precios cayeron un 0,3 por ciento en diciembre, el dato más bajo en más de un año.

En el mapa europeo no conviene olvidar a Polonia, una economía con perfil emergente en plena Unión Europea. El país tiene una de las tasas de inflación más bajas del mundo occidental: -1 por ciento. Sin embargo, el Banco Nacional de Polonia todavía tiene munición monetaria para disparar contra la deflación. La entidad se reunió esta semana y decidió mantener sin cambios sus tipos de interés, en el 2 por ciento, pero advirtió que "no descarta un ajuste de la política monetaria en el futuro cercano". Por último, los países de la eurozona también tienen muy cerca el peligro de caer en deflación, dado que todos (salvo Francia) tienen tasas del IPC negativas. Sin embargo, la artillería monetaria del BCE está en camino y, es presumible que consiga revertir esta situación.

Un estímulo para algunos emergentes

Esta guerra de divisas, exportadora de deflación, está ayudando a algunos países emergentes a controlar el avance de sus precios. Los expertos destacan a India, México y Turquía como los grandes ganadores de la guerra de divisas. "Son claros beneficiados", indica Víctor Alvargonzález, director de inversiones de Tressis. Hace un año, India y Turquía se vieron forzados a elevar sus tipos de interés en un movimiento de emergencia para frenar la salida de capitales, un escenario que contrasta con su comodidad actual. Esto significa que, por un lado, no tienen excesivos problemas si sus divisas se aprecian y que, además, tienen todavía munición para adoptar estímulos monetarios si quieren revertir esta situación. De hecho, las dos entidades estrenaron el año con bajadas de tipos.

El Banco de México, por su parte, mantuvo su política monetaria sin cambios en la reunión de enero. La entidad sigue por el camino de rebajar su inflación hasta el objetivo del 3 por ciento, sin embargo, tiene ciertas preocupaciones por la apreciación del dólar, ya que, si bien favorece sus exportaciones, también es cierto que amenaza su estabilidad de precios.

EEUU 'absorbe' la deflación

Estados Unidos se ha dado de bruces con la guerra que ellos mismos empezaron en los primeros años de la crisis. La economía del país avanza ahora por el buen camino, el empleo y los sueldos crecen, la inversión se anima y los precios de las viviendas avanzan a ritmos casi históricos. El resultado es que la Reserva Federal (Fed) está atada de pies y manos: ya no puede introducir más estímulos monetarios y algunos miembros de la entidad están pensando en subirlos en los próximos meses. Esto significa que el dólar será la divisa a la que exporten su baja inflación casi todos los países del mundo: un seguro de rentabilidad para el inversor. De hecho, la fortaleza del billete verde puede ser uno de los factores clave que retrase la subida de tipos de la entidad.

El Banco de Inglaterra ha seguido una política monetaria próxima a la de la Fed, aunque no tan agresiva. El país parecía encarar la primera subida de tipos en 2015, pero el frenazo de su inflación podría retrasar esta decisión. Sin embargo, es difícil que puedan adoptar más estímulos monetarios, ya que ciertos mercados, como el inmobiliario, han dado ciertas señales de burbuja.

Japón, por el contrario, es el paradigma de un país que lucha contra los efectos más perniciosos de una deflación que sufrió durante décadas. El IPC del país se sitúa en el 2,4 por ciento, aunque una buena parte de esta tasa se evaporará cuando acabe el efecto de la subida del impuesto al consumo, en abril.