Firmas

Pacto entre perdedores

Pedro Sánchez y Quim Torra, en su reunión del lunes. Foto: Efe.

Pedro Sánchez y Quim Torra perdieron las elecciones a las que se presentaron, pero ambos gobiernan y aspiran a mantener ese poder. Su pacto es el de dos perdedores que dependen el uno del otro. El presidente tiene dos años en el mejor de los casos para convocar las legislativas y, si aspira a vencer, tiene antes que convencer a una gran mayoría de ciudadanos de que la única política válida para resolver el problema más importante que hoy tiene España pasa por hacer nuevas cesiones a los independentistas.

No es tarea fácil, ya hemos comprobado a dónde nos llevan las renuncias que en su día hicieron Suárez, González, Aznar o Rajoy. Conducen a generar desigualdad, agravios comparativos y a radicalizar al que ha demostrado que no está dispuesto a pactar, sino a romper, a echarnos de un territorio que consideran sólo suyo.

Quizá los predecesores de Sánchez pudieran creer en la palabra o confiar en la lealtad de los nacionalistas, pero a estas alturas él ya no puede llamarse a engaño. Sabe perfectamente quién es Torra, ha leído sus mensajes de odio y desprecio hacia los españoles, conoce de sobra su proyecto rupturista.

¿Por qué le recibe entonces, nada menos que en Moncloa? Por la misma razón por la que Patxi López se reunió en su día, en un céntrico hotel y con las cámaras de testigo, con Arnaldo Otegui. La mano tendida de Sánchez le retrata a él, con la ayuda inestimable de los medios de comunicación amigos, como el hombre dialogante dispuesto a arreglar el entuerto por difícil que sea, incluso aunque considere despreciable al tipo que tiene enfrente.

Al tiempo, blanquea al presidente de la Generalitat ante aquellos catalanes que puedan dudar de dar su respaldo a una fuerza política que se ha demostrado supremacista y xenófoba. Todos los votos son pocos y el separatismo necesita cada papeleta para revalidar su gobierno frente a la crecida de Ciudadanos. Tanto como el PSOE necesita del concurso de las fuerzas centrífugas para conservar el poder. A unos y a otros les conviene un centro-derecha débil que se mira el ombligo dudando permanentemente de su propia esencia, temeroso de que le tachen de facha en los realities políticos de gran audiencia.

Hoy no existe una mayoría suficiente para someter a un referéndum una reforma constitucional que convierta a España en un Estado confederal, pero, si no hay oposición ni alternativa, el discurso que promueve ese cambio en la esencia de la nación irá ganando legitimidad. Sólo hay que conservar el poder para seguir trabajando en las aulas y las televisiones y sentarse a esperar. Entretanto, se irán descosiendo las costuras de la Carta Magna como se hizo en el Estatuto que recortó el Constitucional. Ésa es la tarea que tendrá la comisión que Sánchez se ha comprometido a abrir con Urkullu. Y cuando llegue el momento de votar ese cambio esencial ya estará hecho. Entonces, la victoria caerá sola, como fruta madura. Y será duradera porque habrán alcanzado el objetivo: ya no seremos los mismos.

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