Firmas

¿Gestos o anuncios?

Sánchez, Rivera e Iglesias antes de un debate electoral. Foto: Efe.

A la luz de los hechos y sin más reservas que las lógicas y derivadas de su posicionamiento político desde que ha ejercido como secretario general del PSOE, el nuevo presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha deslumbrado, a base de flashes, a tirios y a troyanos desde el corto periodo de tiempo que ha pasado desde su exitosa moción de censura al momento actual.

El muy comentado gesto de prometer el cargo de presidente del Gobierno sin biblia y sin crucifijo -cosa por otro lado que no debería causar sorpresa alguna, ya que debiera resultar de lo más normal en un Estado aconfesional- puede quedarse en eso o, por el contrario, anunciar también la denuncia de los acuerdos de 1977 con la Santa Sede, la desaparición de la asignatura de Religión en la enseñanza pública española o la reinversión del escandaloso proceso de inmatriculaciones protagonizado por la Iglesia Católica.

Tras el 8 de marzo pasado, la composición de un nuevo Consejo de Ministros con mayoría de mujeres, podría obedecer a un simple guiño hacia esa fuerza de futuro alternativo o, por el contrario, constituiría el anuncio precursor de políticas sociales y decisiones jurídicas que consigan la igualdad salarial efectiva entre los hombres y las mujeres, el reconocimiento económico de la aportación al Producto Interior Bruto (PIB) de las tareas del hogar, la erradicación de la explotación y abusos extremos de toda índole a mujeres en trabajos agrícolas y ganaderos, sector turístico o, de nuevo, servicios domésticos. Sin olvidar tampoco la guerra total a violadores y demás habitantes de ese inframundo de regodeos, apologías y justificaciones.

Debemos ser conscientes de que el soporte parlamentario del flamante Gobierno es especialmente exiguo y con necesidades de diálogo hacia grupos muy plurales y hasta, en momentos, con políticas marcadamente contradictorias. Pero si las palabras de Pedro Sánchez al presentar a los miembros del nuevo Ejecutivo eran algo más que gestos, la prioridad a trabajar por los más desfavorecidos exige poderosas alianzas sociales, decisiones rotundas y medidas de choque inmediatas que consoliden un bloque político de inequívoca factura social avanzada en Europa.

Desde luego, solos no podrán hacerlo. Pero si en los meses que quedan de legislatura se sientan las bases de una nueva política social, las próximas elecciones consolidarían el instrumento, plural pero cohesionado, para conseguir un cambio más que sensible y propiciador de otras visiones del Estado.

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