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Trump y Kim: una declaración ambigua

  • EEUU aborda una estrategia peligrosa para poner freno a Corea del Norte
Foto: Archivo

La cumbre bilateral entre Estados Unidos y Corea del Norte es un hito histórico en la geopolítica internacional de las últimas décadas. Con la debida prudencia con la que hay que tratar este tipo de hechos políticos, la reunión del martes supone un paso hacia adelante en la reconfiguración de las relaciones económicas y políticas entre los dos países con mayor peso del mundo-Estados Unidos y China- los cuales están destinados a un entendimiento que no está siendo nada fácil llegar a él.

Más allá de aspectos pintorescos, gestos personales y cientos de horas de rifirrafes públicos, la acción de la Administración Trump se dirige a cerrar, de una vez por todas, uno de los últimos vestigios de la Guerra Fría (junto con la cuestión aún no resuelta de Cuba) como es el conflicto permanente con el régimen comunista de Corea del Norte. Cerrar el capítulo no resuelto tras la Guerra de las dos Coreas y el armisticio del Paralelo 38º ha sido un asunto más incómodo que prioritario para las sucesivas Administraciones norteamericanas, las cuales enfrentaban crisis periódicas con la dinastía Kim Jong que se cerraban en falso para volver a reaparecer meses o años después mientras Corea del Norte seguía desarrollando un programa armamentístico sumamente peligroso para la seguridad internacional.

Por ello, se trataba de un asunto al que había que poner freno. Pero hacerlo suponía usar una estrategia completamente nueva después del fracaso tanto de las políticas de apaciguamiento como de las más beligerantes, incluso poniendo destructores de guerra en las costas del Pacífico. Y aquí es donde la Administración Trump ha abordado una estrategia compleja y peligrosa pero cuya efectividad es notoria: presionar a China para lograr un bloqueo efectivo del régimen norcoreano y conseguir paralizar el desarrollo de armas químicas y nucleares.

Convencer a China y en especial al presidente Xi no ha sido nada fácil. La cuestión de Corea del Norte es para China un importante quebradero de cabeza incluso desde antes de la apertura al exterior en 1978. Entre ellos existe una relación que va más allá de la amistad, ya que los dos países tienen firmado en el fondo un pacto de familia del que están detrás millones de personas de etnia coreana que viven en el extremo noreste de China tanto a un lado como al otro de la frontera: los Chaoxianzu.

Sin embargo, las presiones norteamericanas han llegado en el momento preciso para que el Politburó chino se decida a ponerse más estricto con Kim Jong-Un, dando un paso más a los que dio en momentos pasados cuando apoyó dos resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en las que se instaba al bloqueo comercial y sanciones tras el lanzamiento de misiles en pruebas y maniobras militares en torno al cordón desmilitarizado en la frontera con Corea del Sur.

Corea del Norte es, fundamentalmente, una economía de subsistencia desde el final de la Guerra de las dos Coreas. Mientras su vecina del sur es un país desarrollado desde finales de los setenta, protagonizando uno de los casos de éxito de economía de mercado más importantes de la Historia (en los últimos 60 años el PIB per cápita de Corea del Sur ha crecido de forma sostenida un 5,56% medio anual), Corea del Norte vive en permanentes hambrunas, habiendo destruido un 70% de su producción acumulada desde 1973.

En esta situación, China es el principal socio comercial, financiero y el auxilio de sus parientes de la península coreana, con un apoyo tanto directo en forma de suministro de materias primas como indirecto al no perseguir el tráfico ilegal de productos y personas en las fronteras terrestres y marítimas. Por ello, el embargo de las importaciones de petróleo, carbón y trigo decretado por Beijing ha sido definitivo para la claudicación de Kim Jong-un hasta el punto de aceptar un encuentro con el presidente Trump. Las importaciones de China desde Corea del Norte cayeron un 21% interanual en 2017, decretando además un bloqueo financiero a través de los principales bancos estatales chinos que operan en el régimen norcoreano.

Llegados a este punto y una vez conseguida la reunión con un compromiso de Corea del Norte para desnuclearizar el país como paso previo para la aceptación de las normas internacionales de no proliferación de armas nucleares, queda por ver cuál será el escenario futuro. Las palabras utilizadas en la declaración conjunta son demasiado ambiguas y genéricas como para ver los siguientes pasos que deberían concretarse en el cierre supervisado de laboratorios nucleares y la liberación de los presos norteamericanos que quedan en Corea.

En este sentido, el escenario más probable es el progreso en las conversaciones de desnuclearización con una fuerza tractora importante como es el presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, mientras Estados Unidos y China continúan jugando con la construcción de un equilibrio geopolítico estable. Los desencuentros de Trump con aliados tradicionales como la Unión Europea o Canadá como ocurrió en la reciente reunión del G7, anticipa una situación inestable pero de un acercamiento progresivo de las posturas estadounidense y china fuera del consenso tradicional en materia comercial en la Organización Mundial de Comercio (OMC).

En un escenario globalizado, multilateral y con un reparto del poder totalmente distinto al de otras épocas, no cabe mantener viejos fantasmas del pasado y menos cuando estos suponen una amenaza a la estabilidad global en zonas del globo que tienen una importancia estratégica vital.

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