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La difícil definición de la relación económica entre la UE y el Reino unido

La decisión del electorado británico el 23 de junio de abandonar la UE plantea cuestiones profundas sobre la relación futura entre el país y Europa. Un acuerdo a lo Noruega o Suiza no convendría al Reino Unido. A los negociadores les va a costar encontrar una solución que satisfaga a ambas partes.

Con el anuncio de Theresa May como líder conservadora y primera ministra, parece que el Reino Unido quiera llegar a un acuerdo que limite la libertad de movimiento de los trabajadores. May, muy dura con la inmigración y blanda con el mercado único, ha declarado que "Brexit es Brexit", aunque negociar un acuerdo especial materialmente distinto de los modelos actuales será una tarea larga y difícil.

Las negociaciones de los términos del divorcio dominarán el debate europeo en los próximos años. Primero, los negociadores deberán decidir sobre la salida en sí: ¿cómo y cuándo dejará el Reino Unido de contribuir al presupuesto europeo?, ¿cómo se gestionarán las pensiones de los funcionarios?

Después, habrá que decidir la futura relación económica entre la UE y el Reino Unido. La Comisión Europea ha dicho que no puede entablar negociaciones sobre un nuevo acuerdo comercial hasta que el Reino Unido abandone la UE. Y el ministro de Exteriores británico ha anunciado que el Brexit podría tardar seis años.

Informalmente, eso sí, las negociaciones a puerta cerrada serán decisivas a la hora de permitir al Reino Unido el acceso íntegro al mercado único europeo.

Varios modelos satisfactorio

Existen varios modelos viables para la futura relación económica, aunque ninguno es satisfactorio. Si el Reino Unido siguiera el modelo noruego, se sometería a las normas europeas pero tendría poca influencia sobre ellas.

Debería aceptar por completo todos los reglamentos de la UE, la política de competencia de la UE, la jurisprudencia de la UE en asuntos del mercado común y realizar pagos casi íntegros a su presupuesto. Y tendría que seguir aceptando la libre circulación de trabajadores.

Sería una opción muy favorable sin duda para las empresas británicas y europeas, frente a la salida del mercado único, pero rompería las promesas hechas durante el referéndum y reduciría la soberanía británica en vez de reforzarla, respecto a los miembros de la Unión Europea.

El modelo suizo también es dudoso. Suiza quiere restringir la libertad de movimiento de trabajadores y podría acabar siendo la primera "víctima" de las negociaciones del Brexit, cuando la Comisión Europea quiera dejar claro que ningún estado puede integrar el mercado único sin aceptar la libre circulación de trabajadores.

Ninguna de las dos opciones funcionaría en el Reino Unido. Muchos votantes del Brexit lo hicieron dando por supuesto que se reduciría la inmigración de la UE y el país se liberaría de los "grilletes de la membresía de la UE", no que fuera a pedir acceso al mercado único. La elección de Theresa May para suceder a David Cameron refuerza esas prioridades.

Sin embargo, cuanto más aislacionista sea el planteamiento que asuma el Reino Unido y más punitivos los ánimos en el continente, mayores serán las pérdidas económicas para ambos. Una solución cooperativa sería beneficiosa, aunque algunos temen que pudiera animar a otros países a seguir el ejemplo británico y escoger la unión que quieren. Más valdría destinar los esfuerzos a demostrar las ventajas de la membresía. La cuestión del nuevo acuerdo durará bastante tiempo.

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