Esperando a Godot

Eduardo Olier
10:00 - 31/08/2012

Samuel Beckett estrenó Esperando a Godot en 1953, una obra teatral donde dos de los personajes, Vladimiro y Estragón, esperan la llegada de un tal Godot. Mientras tanto hablan, pasan el tiempo, en una situación sorprendente: la espera no se resuelve, no se concreta en nada.

El libreto empieza con Estragón, que le dice a Vladimiro, según entra: "No hay nada que hacer". A lo que el otro responde: "Empiezo a creerlo yo también. Me he resistido a aceptarlo durante mucho tiempo, y me decía: 'Sé razonable, Vladimiro; aún no has intentado todo'. Y volvía al combate. Así que ahí estás otra vez". Como es sabido, Godot no aparecerá, y Beckett, al final, escribe unas frases surrealistas: Vladimiro: "Nos ahorcaremos mañana. Salvo que venga Godot". Estragón: "¿Y si viene?". Vladimiro: "Nos habremos salvado".

La verdad es que la situación actual se parece mucho a este drama. Denle a Godot el nombre que gusten, ya sea rescate o incluso desaparición del euro, pues no sabemos realmente si uno u otra llegarán. En esto hay opiniones para todos los gustos: desde las optimistas, que aseguran que todos estos problemas acabarán por lograr la unión política y fiscal de la Eurozona; hasta las pesimistas, que ven su colapso y, en consecuencia, la desaparición del euro. Aunque, sin optar por ninguna de las dos opciones, lo que parece claro es que la unión monetaria está bloqueada, sin rumbo; y que los países con problemas están en una difícil encrucijada que, se quiera ver o no, cada día que pasa sin solución llevará a una más dolorosa salida.

Desgraciadamente, Europa se mueve en un círculo muy complejo, cuya cuadratura es imposible. Conjugar las políticas nacionales con las europeas y con los movimientos de los mercados globales no es factible: el todos ganan es una quimera. En lo político, porque los objetivos de cada país son divergentes; cada cual los atiende según sus intereses, que se encuentran forzados, a su vez, por sus propios problemas internos. Véase el rechazo de la Constitución europea por franceses y holandeses no hace tanto tiempo, o el desbarajuste institucional español, donde los conflictos de cierta relevancia institucional acaban siempre en el Tribunal Constitucional, que busca favorecer políticamente a todos, lo cual es imposible. Además, no existe un concepto de Europa: existen 27 versiones de cómo debería ser Europa, expresadas en una pléyade de, al menos, otros tantos idiomas. Al igual que, de forma refleja, sucede en España.

En lo económico, la Europa de los 500 millones de consumidores bajo una única moneda está resultando un proyecto imposible, por no decir inviable. Todavía esperamos que los mecanismos de rescate funcionen, o que los acuerdos de la cumbre del pasado junio se pongan en práctica. ¿Dónde están aquellos 100.000 millones que vendrían a salvar el sistema financiero español?

Por otro lado, como es lógico, a nadie le interesa la desaparición de la moneda común, aunque se siga jugando el peligroso juego de póquer que vemos a diario. Todos somos conscientes de que esta eventualidad sería un desastre para Europa y por ende para la economía mundial. Así lo detallaba en diciembre de 2011 un interesante estudio el banco ING titulado EMU Break-up: Pay Now, Pay Later, donde se aseguraba que la ruptura del euro llevaría, sólo en el primer año, a una caída del PIB de la Eurozona del 9%. Piénsese lo que sería para España teniendo en cuenta que ese dígito era la media ponderada de los países que conforman el euro. Efectos que, además, perdurarían muchos años. Un verdadero desastre.

Y mientras tanto aquí estamos, esperando a Godot. Esperando también que se acaben las reformas que se deciden los viernes y que se acometan de una vez todos los ajustes que hay que llevar a cabo, incluido ese banco malo que parece formar parte también del reparto de la obra de Beckett. En una Europa donde se da la circunstancia, además, de que la clave está en Alemania, un país que parece debatirse en unos sentimientos encontrados que basculan entre la Alemania europea y la Europa germana. Modelo éste que es el que parece perseguir la canciller actual, quien no acepta una Europa donde el contribuyente alemán corra con los gastos de las alegrías de otros. Lo que viene apoyado socialmente por una reciente encuesta de mayo de este año en la que se concluía que el 49% de los alemanes pensaban que el euro había sido un error. A lo que se añade el nivel de credibilidad de los países del sur, que está bajo mínimos, por no decir inexistente. Nadie en el norte de Europa se fía de ellos.

Y en este difícil panorama estamos nosotros: inmersos en una muy difícil encrucijada. Esperando, por un lado, el alivio del rescate, con la forma que se adopte, si finalmente llega a venir. Y, por otro, con las consabidas tensiones territoriales internas que no hacen sino oscurecer más el futuro. Especialmente, porque en lugar de encarar una solución conjunta, los particularismos llevan a cada uno a tirar por su lado, sin darnos cuenta de que si se rompe la cuerda ya no habrá cuerda para nadie.

Eduardo Olier, presidente del instituto Choiseul España.


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