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Sudoku: Juega cada día a uno nuevo
El tiempo: Consulta la previsión para tu ciudadSuele decirse que en Francia es más fácil hacer una revolución que una reforma, y lo cierto es que los líderes políticos franceses, de todo signo, han hecho más bien poco por convencer a los ciudadanos de la necesidad de cambio, y han preferido echar la culpa de los problemas a Europa, Estados Unidos o la globalización.
Una de las razones por las que los franceses son particularmente reacios a las reformas liberalizadoras es su hostilidad a la economía de mercado, muy superior a la de los británicos, los norteamericanos o incluso, más asombrosamente, a la de los africanos, según una reciente encuesta de Globescan. El propio presidente Jacques Chirac no duda en afirmar en el último libro que se ha publicado sobre él, que "el daño causado por el liberalismo es comparable al del comunismo".
Parte de esos recelos se sustentan en la convicción de que toda reforma pondrá en peligro un generoso sistema de protección social que tiene pocos equivalentes en el mundo y al que los franceses están muy apegados, a pesar de la pesada carga que representa para las finanzas públicas.
Francia dedicó en 2005 un 27,1 por ciento del PIB a la protección social, por encima de Suecia (26,25 por ciento) o Alemania (26,2 por ciento) y su gasto social ha crecido más que la riqueza nacional, una tendencia que amenaza con perdurar dado el aumento de la esperanza de vida. Gracias a esa redistribución, la tasa de pobreza es una de las más bajas de Europa y se atenúan las desigualdades: un 20 por ciento de las personas más ricas disponen de media de una renta 4,2 veces superior a la del 20 por ciento más pobre (el diferencial es de 5,6 en Italia, 5,3 en Reino Unido o 4,4 en Alemania).
Sin embargo, el modelo ha dado signos de agotamiento, como atestiguan las cifras del paro (más de 2,9 millones de desempleados) o de los que sobreviven con el salario mínimo (2,5 millones) y, con todo, 3,7 millones viven en la pobreza. Además, en las últimas décadas, otros países como los nórdicos, Holanda, Irlanda o Canadá han demostrado que era posible reformarse y reactivar sus economías sin renunciar a sus modelos sociales y a sus Estados del bienestar.
Algunas empresas públicas galas también contradicen la creencia de que en Francia son imposibles las reformas: ahí están los ejemplos de Air France, antaño deficitaria y paralizada por las huelgas, o de Eléctricité de France (EDF), antiguo bastión comunista hoy cotizado en Bolsa.
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