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Sudoku: Juega cada día a uno nuevo
El tiempo: Consulta la previsión para tu ciudadPese a la climatología inestable de los últimos días, con un cielo encapotado y la lluvia haciendo acto de presencia intermitentemente, el estadio de volley-playa en Chaoyang Park ha llenado sus gradas con 10.000 espectadores casi a diario. Un deporte en alza, una puesta en escena que es puro espectáculo y la atmósfera que infunde esa colección imbatible de animadoras, convierten al voley-playa en uno de los deportes olímpicos de éxito en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. No hay que darle demasiadas vueltas: el producto vende.
A poco menos de un centenar de metros, el centro comercial Solana es un excelente ejemplo de todo lo contrario. Pasa por ser el más nuevo y exclusivo complejo comercial de la capital china, después de que su propietario, Beijing Blue Harbor Investment Company, desembolsara unos 200 millones de dólares (135 millones de euros) para levantar uno de los proyectos comerciales más ambiciosos de toda China. Razón principal de su ubicación allí, reconoce el promotor, es la cercanía con la instalación olímpica y con esos 10.000 entusiastas seguidores del volley-playa.
El producto, sin embargo, no vende. Después de unas pocas semanas abierto al público, no ha logrado capitalizar el tráfico de turistas. El fracaso es público y notorio: "los Juegos Olímpicos fueron uno de los factores principales de nuestra apertura aquí, pero desde que abrimos en junio no hemos visto demasiado negocio. Esperamos que el voley-playa ayude a que haya más tráfico en los próximos días", explica la empleada de un local de Nike completamente vacío.
La compañía estadounidense, que ha levantado en la avenida central del centro Solana una espectacular escultura de un corredor en plena zancada, está desarrollando su expansión en China a toda velocidad. Las tiendas de Zara, Guess, Espirit, Louis Vuitton, Gucci y de otras marcas que también acechan el cada vez mayor nivel adquisitivo de los chinos, están también desiertas. La arquitectura exterior y de aspecto californiano, casi Disneylandia, no ha conquistado de momento a los consumidores chinos.
Pero el poco tráfico y los alquileres desorbitados no disuaden a las grandes marcas, que acaban siendo los inquilinos habituales de los nuevos y monumentales centros comerciales de Pekín. "Pagamos 170.000 euros al año por una superficie de 300 metros cuadrados", asegura Yan, empleada de la tienda de ropa china Joe One que se encuentra aislada en un lateral del centro. Los precios disparados hay que vincularlos a la especulación que suele rodear en el país asiático a proyectos de esta envergadura.
Por otro lado, el limitado tráfico de clientes se relaciona con la sobresaturación de centros comerciales por toda la capital. Desde que se abrió el primer gran centro comercial de Pekín en Wangfujing, hace más de cinco años, el goteo de nuevos proyectos ha sido imparable. El año pasado el sector construyó 953.000 metros cuadrados nuevos, incluido el fastuoso centro The Place que luce una pantalla exterior de 250 metros de largo -la más grande del mundo- que, según la prensa china, pudo costar 32 millones de dólares (21,6 millones de euros). A finales de 2008, se habrán construido más de un millón de metros cuadrados adicionales, consecuencia de la euforia de los JJOO, entre ellos el Solana.
"No hay una distribución equitativa de los centros comerciales. Están todos juntos en las mismas zonas. Por tanto, muchos no funcionan. Y, cuando terminen los JJOO, el número de clientes se reducirá aún más", advierte Li Fei, académico de marketing en la universidad de Tsinghua.
El último en abrir sus puertas el mismo día de la inauguración olímpica fue Qianmen Street, una calle emblemática al sur de Tiananmen, que en cuestión de un par de años, ha sido demolida por completo y reconstruida de nuevo según los cánones del cartón-piedra. Para muchos era el alma de la ciudad: con sus casas de té, jardines tradicionales, tiendas de artesanía, vendedores de seda y restaurantes de toda la vida, la vieja calle mantenía los aromas de la época de la dinastía Ming, cuando nació. A partir de principios del siglo XX, llegó el tren y con ello se disparó el comercio.
Se levantaron bancos, joyerías, anticuarios, mercados, tiendas de medicina china tradicional. Los residentes se multiplicaron y se formó la atmósfera y el estilo de vida que hoy llamamos, con nostalgia, el viejo Pekín. Hasta que a partir de 2005, todo cambió. Expulsaron a 40.000 residentes y entraron las excavadoras. Hace una semana volvió a abrir las puertas. Pura esencia de Disneylandia: edificios que simulan la arquitectura china clásica, tejado estilo pagoda y una decoración dorada y con caracteres chinos.
El proyecto es faraónico: 80.000 metros cuadrados y 300 millones de euros. Los inquilinos son los de siempre: Starbucks, Nike, Prada, Rolex y todas los demás marcas que habitarán los 300 locales comerciales. Es un enigma si triunfará o si engrosará la amplia lista de centros comerciales de China que son una ruina. En cualquier caso, con él desaparece una vieja forma de entender la vida en Pekín.
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