
Quien le iba a decir al pobre Toto que después de esas miles y miles de horas de amor al cine y de contemplar el espectaculo de la vida desde las luces apagadas de un cine del mítico Cinema Paradiso el iba a pasar a ser tratado no como un cinéfilo, sino como un consumidor de cine.
Desde hace ya unos cuantos años el cine vive una especia de fobia al concepto “comercial”, algo que parece ridículo ya que es como decir que los zapateros tienen miedo al cuero. Pero es así. Y con ello, la cultura del cinéfilo se ha visto relegada a un extraño concepto que quizás debería correr la misma suerte que el pobre Cinema Paradiso.
El cine ha sido el gran elemento de escapismo de nuestra sociedad y para muchos, parte de su memoria y conocimiento de la vida. Para algunos incluso ha sido su vida, más allá de trabajar en la industria o estudiar los mecanismos de los hacedores de películas, el cine ha sido su cultura, su ocio y su enseñanza. Y no son pocos, son muchísimos, más de los que se piensan los departamentos de marketing de las distribuidoras de cine.
El Cinéfilo es aquél que cuando se apagan las luces del cine, y deja de sonar el hilo musical desparece de la tierra, para entrar en ese mundo irreal, al que alguien que le va a llevar. Pero es mucho más, todo es como un ritual.
Un buen Cinéfilo, es aquel que acude al cine porqué es como fregar los platos o tomarse un café con los amigos, es parte de su vida. No se cuestiona el ir al cine, va y punto. El cinéfilo llega a la taquilla, se compra su entrada, se la guarda, llega con 20 minutos de antelación y seguramente entrará al cine para darse un vuelta y contemplar los carteles de próximos estrenos, standees y toda clase de ornamentación que le hará sentir la necesidad de ir a ver esa nueva aventura que desde las fabricas de Hollywood alguien le está preparando para él.
Después de su revisión de novedades, el cinéfilo entra en la sala, que aún tiene las luces encendidas, y quizás una pobre señora de la limpieza apresurándose en limpiar los restos de palomitas que aún hay en el suelo. Después de mirar la sala, elegirá el mejor sitio, para él y solo para él. Y se sentará a esperar a que el hilo musical y las luces se apaguen para poder así empezar una nueva aventura.
Un Cinéfilo necesita que el show tenga sus comparsas y requiere que le pongan al menos dos o tres tráilers, porqué necesita ver esa adrenalina que tan bien saben transmitir las voces narradoras de los tráilers en los que Warner o Fox siempre “Se enorgullecen en presentarnos una maravillosa aventura”.
El Cinéfilo sabe cual es su mundo, conoce centímetro a centímetro las películas que ha visto, que ve y que verá en un futuro próximo. Sabe donde buscar la información, y es fiel como un perrito a las puertas de la taquilla, del kiosco de revistas y de las nuevas tecnologías que le informarán de cómo se están construyendo los decorados de las nueva producción de ciencia ficción del director X.
Pero como bien diría un androide, todos estos recuerdos se perderán como lágrimas en la lluvia, ya que el Cinéfilo es cada vez más una pobre raza marginada y camuflada entre la muchedumbre, que ha perdido todos sus privilegios y que espera a cual Maria Antonieta, que algún jefe de marketing venga a degollarle la cabeza, quitándole los tráilers y escaseándole los carteles de las películas que tanto coleccionaba antes.
Hace ya años, que los cariños y mimos que recibíamos los Cinéfilos han pasado a otros individuos, que no solo se han quedado con nuestros regalos sino que encima nos han apropiado el nombre.
Ahora los llamados cinéfilos (no se merece la C mayúscula) son un reducido y elitista grupo de gente, con inquietudes sociales, que jamás de los jamases pondrían un pie para ver a una Julia Roberts vestida de puta o a un Harrison Ford látigo en mano o un grupo de enanos peludos que tienen que quemar un anillo muy malo. Más aún, seguramente ni tan solo han visto a la petarda de la Escarlatta O’Hara gritando a pelo que nunca más volvería a pasar hambre o esta tensión sexual de Emma Thompson arrancándole un libro a Anthony Hopkins. Ahora los denominados cinéfilos prefieren ver a una rubia de bote que quiere montarse una empresa de camioneros o una niña afgana que tiene que ir al colegio, todo ello rodado con las dichosas cámaras digitales y esos movimientos reales (de verdad hay alguien que va por la calle y su vista se mueve tanto, yo personalmente estaría todo el día mareado).
Además, el nuevo cinéfilo no es fiel al cine. Si ese fin de semana hace calor se irá a un chiringuito, o si es estudiante en la ciudad, acudirá a la llamada familiar de su pueblo de interior, y si hay una manifestación en pro de los derechos de las niñas afganas, irá allí. El cine es solo una excusa para sentirse más implicado con sus causas y le será infiel en cualquier momento.
El Cinéfilo de verdad contempla como su detallado mundo de espectáculo, sus revistas e informativos escasean en la televisión, en las paredes de las calles donde vive, en las luces de los cines y teatros, en los kioscos. Además, sus revistas cada vez son peores, no les cuidan y tienen un aspecto más cercano a una revista de petting que de una revista de cine.
Y quieran o no los diseñadores de estrategias de marketing, esto se nota en las cifras de las recaudaciones. Los Cinéfilos han sido desde tiempos inmemoriales los conectores con el cine, entre el llamado consumidor y la taquilla del cine. Y lo han hecho sin intereses comerciales, solo porqué su experiencia con la luz apagada valió la pena. Y con ello todo el ritual.
El Cinéfilo sigue y seguirá amando el cine, pero es normal que cada vez acuda menos, y con ello lo recomiende menos rompiendo la conexión y equilibrio que había antes.
Ya ninguna productora o distribuidora te hace llegar al lado de tu casa la imagen del cine que quieres ver. No hay buenos carteles, no hay buenas publicidades, no hay mimosidad y artesanía en la manera de llegar al Cinéfilo. Se prefiere al nuevo, al que como mucho te comprará entradas por valor de medio millón de euros.
Es triste ser un Cinéfilo de pro hoy en día, ya nadie valora el espectáculo, la evasión, la narración de historias que tienen que llegarte al corazón al ritmo de una fanfarria de John Williams.
Pau Brunet