En homenaje a Miguel Delibes, maestro de la palabra
12 Marzo, 2010 por Pedro CalvoSí. Ya lo sé. Se supone que este rincón está dedicado a libros que se ocupan a la economía, las finanzas, las divisas… Y que, por tanto, los autores de los que hablamos deben ser Keynes, Shiller, Galbraith, Kostolany o Friedman. Pero no puedo evitarlo. Esta vez va a ser diferente. El corazón me puede y de él brota la imperiosa necesidad de tributar un sencillo, pero absolutamente sincero, homenaje a un maestro de la palabra. A un maestro de periodistas y escritores. A Miguel Delibes.
Lo descubrí gracias a un profesor de Literatura en el Instituto de mi Alfaro natal. Como manual, un libro. Pero no uno de esos engorrosos y cargados de conceptos sin alma. El camino. Autor, Miguel Delibes. Don Antonio lo empleaba como manual por la riqueza lingüística y gramatical de sus páginas. Pero en ellas había mucho más. Muchísimo más. En esas páginas conocí a Daniel, el mochuelo; Roque, el moñigo, las Lepóridas… No sólo me acompañaron durante todo ese curso. En adelante los consideré de los míos. Mis compañeros. Mis amigos.
A partir de ahí, todo lo demás. Y no es precisamente poco. El disputado voto del señor Cayo. Los santos inocentes y su milana bonita. Las tremendas Cinco horas con Mario… Y mis dos preferidos, junto con El camino. La hora roja, un retrato duro, pero real, muy real, del final de la vida. Una vida nada idílica. De manos castigadas por el trabajo y caras agrietadas por el frío y las labores. Personas de carne y hueso. Y, por supuesto, la incomparable Señora de rojo sobre fondo gris. Una declaración de amor continua. Sincera, profunda, pura. Tan bella como sólo el dolor puede permitirlo, emanada de la temprana pérdida de su mujer. Toda persona que haya tenido la fortuna de conocer el amor, toda persona que haya saboreado el placer de amar, de sentir la plenitud al verse y reconocerse en su pareja, de sintonizar su respiración con los latidos del otro, debería leer esta obra. Se reconocerá en ella. Los ojos se deslizan por sus páginas con la envidia de no haber sido uno el que escribiera esas letras, esas palabras para la persona a la que ama. Delibes lo hace por nosotros con maestría. Como siempre. Con un vocabulario rico y preciso. Castellano. Real. Tangible.
Ha llegado a su hoja roja. Pero nunca, nunca, nos dejará. Sus libros siempre permanecerán. Hay veces que suena a tópico. En este caso es una obligación. Gracias, maestro.
