Aunque llueva o truene, la afición está en la plaza con un kit de lluvia especialmente preparado para la ocasión. La plaza se llena año tras año. Porque la fiesta taurina es arte, porque la valentía y preparación es una escuela para el torero. Torear es un sentir que nadie debe prohibir porque un sentimiento o una vocación tan extendida por otros países no se puede obviar. La lidia es una de las cosas que nos une con otros países de Sudamérica, es decir, es cultura.
Remontándonos a los orígenes… ¿Quién no sabe que El Cid Campeador ya lanceaba toros? ¿O que con motivo de su boda con Don Sancho, Doña Urraca celebró una corrida de toros y que Alfonso VII de Castilla organizó una corrida de toros cuando se caso precisamente con la hija del Conde de Barcelona? Luego fue allí mismo, en Barcelona, donde se celebró la primera corrida de toros documentada.
Es curioso que algunos quieran destruir las raíces de las que otros países están tan orgullosos. ¿Por qué los españoles nos queremos tan poco? No quiero seguir nombrando las distintos acontecimientos históricos como las numerosas corridas en el reinado de Carlos V, pues la historia está ahí (no voy a ser yo quien os la cuente), pero lo que sí me pone la piel de gallina es ver el baile perfectamente milimetrado del torero frente a un animal, en algunos casos más grande que ellos mismos, que le hace crecerse ante la adversidad. Es un arte que ha inspirado a grandes literatos. Yo vibro en la plaza a pesar de que no me caben las piernas. Se me hacen corto seis toros, el ambiente, la copita, y el hablar con unos y otros es una festejo que yo adoro. En la plaza somos todos iguales, ricos, pobres y menos pobres unidos por la misma afición .
























