Lladró: “Quítate tú que me pongo yo”

Publicado por en Cultura, Empresas.

“Esta es mi versión sin tapujos. Si aparece en estas páginas algún error o alguna omisión importante será de manera involuntaria, porque están escritas desde la sinceridad, dicen lo que realmente pienso evitando recurrir a mentiras piadosas, medias tintas, maquillajes o poses de cara a la galería”.

Es una pena que Lladró, paradigma de empresa familiar nacida del esfuerzo de tres hermanos hijos de agricultores, haya terminado siendo un caso típico de familia rota por el dinero, el poder y la fama. Pero así fue, y así lo cuenta en un nuevo libro, al que pertenece la cita anterior, uno de sus protagonistas, José Lladró (Almàssera, Valencia, 1928), como hizo hace cinco años el hermano pequeño, Vicente (1932), o había hecho el propio José anteriormente, aunque sin tanta crudeza. La evolución necesaria: Un alegato a favor del capitalismo humano y en contra de sus enemigos es el largo título de la obra, que se presenta este jueves en Madrid.

El autor dice que escribe “llevado por una íntima necesidad de racionalizar lo vivido, que de ninguna manera se ha de confundir con un ajuste de cuentas con el pasado”, pero el resultado se parece mucho a un ajuste de cuentas, especialmente con Juan (1926), actual accionista mayoritario junto a sus hijas.

“José capitaneó esa empresa, eso es un hecho que dicho por mí suena mal, pretencioso, soberbio, vanidoso. Pero es verdad, es un hecho que los que vivieron aquella aventura no pueden negar y que sería hipócrita, de falsa modestia por mi parte, no reconocerlo. Lo digo y lo reivindico”.

Escrito en tercera persona, el autor atribuye a José todo el mérito de lo que llegó a ser Lladró. El demérito de lo que acabó siendo está algo más repartido, entre Vicente, presentado como un traidor que se hace con el control de la gestión sin tener capacidad para manejar el barco; Juan, que aparece como egoísta, soberbio y envidioso del protagonismo de José, y algunos miembros de la segunda generación -hijas de José incluidas-, que tenía un total de diez integrantes. Curiosamente, en el libro no se menciona a los yernos -muchos, pues sólo hay dos varones entre los diez descendientes-, que han tenido su protagonismo en esta triste historia.

El título responde al contenido de la segunda parte del libro y no permite adivinar lo que precede a la reflexión filosófica. La obra, en principio, se iba a titular como la primera parte: Del milagro al despropósito: “Quítate tú que me pongo yo”, donde José Lladró cuenta su versión de la historia de la empresa. Un relato que destila amargura en cada frase y del que es buena muestra este párrafo:

“Sus hermanos (los de José) y el resto de la familia sabían que habían llegado hasta allí gracias a su empuje, a su tesón y a su espíritu visionario pero, unos por una cosa y otros por otra, no estaban dispuestos a reconocerlo. Era la verdad que no querían ver unos y otros. Estaban dispuestos a darle a José unos metros más de correa para que siguiera llevando a cabo sus proyectos en la medida que les conviniera, y para que él creyera que tenía el margen necesario para hacerlo, sin que se diera cuenta hasta que punto estaban dispuestos a quitarle atribuciones llegado el caso. Paradójicamente, José era el líder, al menos en la práctica, y, a la vez, el rehén de los demás. En aquel momento de la historia de la empresa las cartas ya estaban encima de la mesa, pero él no acababa de ver la jugada. O la veía, pero no le daba la importancia debida. Tuvieron que pasar muchas cosas para que llegara a darse cuenta de lo amarga que era la verdad. Y una de las cosas que ocurrieron fue que, durante los treinta y cinco años siguientes, guiados en todo momento por José, aunque fuera a regañadientes consiguieron llevar la empresa a unas cotas que jamás habían imaginado que pudieran alcanzar. Lo que José no imaginaba, aunque tenía que haberlo hecho, era las dificultades con las que se iba a encontrar, y de qué manera le iban a pagar por sus servicios”.

La crítica del autor a José, es decir, la autocrítica, brilla por su ausencia, salvo cuando admite una y otra vez el error de no haberse dado cuenta de lo que considera maniobras de sus hermanos. El relato llega hasta 2014 e incluye revelaciones interesantes, como que Juan no contesta desde hace años a las cartas de José y que éste pidió la dimisión de aquél como presidente de Lladró en la junta de accionistas de junio de 2013.

También descubre que fue él quien propuso en 2007, ya con la empresa cuesta abajo, separar los negocios y que uno de los hermanos -pensando en él- se quedara con el de la porcelana. Pero, “en el último momento las cosas se tuercen”. Al parecer -José no lo aclara, pero Vicente sí habla de ello en su libro-, Juan propone un sorteo y Vicente, al que no le importa quedar en minoría, exige una subasta. Y la subasta la ganan Juan y sus hijas, que desde entonces controlan el 70 por ciento.

José acaba el libro pidiendo perdón a sus hermanos por publicar cosas que les “pueden haber molestado”. Una historia tan triste como interesante.

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