Es de dominio público que el suelo en propiedad y los créditos abiertos para la compra del mismo son los productos inmobiliarios más problemáticos que actualmente acumulan nuestros Bancos, los cuales han estado financiados, -en gran medida-, por la Banca alemana, francesa y anglosajona, lo que traslada dicho problema fuera de nuestra frontera. En efecto, la exposición al suelo que padecen la mayoría de nuestros Bancos nacionales con el suelo contagia a las entidades extranjeras prestamistas y aseguradoras, dado el alto grado de relación que existe actualmente en los mercados financieros; el problema del suelo español es, por tanto, un problema que rebasa nuestro país y en el que están implicadas muchas entidades europeas. Y por tanto, la determinación que adoptemos para solucionarlo será de especial relevancia para el resto de nuestros socios europeos.
Quien recuerde el estado de nuestro mercado de suelo de hace diez años escasos, sin duda alguna sentirá extrañeza al ver cómo hoy dicho mercado se ha convertido en lo que muchos denominan como “tóxico”, atribuyendo al principal activo del mismo, el suelo, un valor cercano a cero. Lo cierto es que durante el desarrollo del anterior ciclo alcista de nuestro mercado inmobiliario el suelo se convirtió en el principal activo objeto de especulación y concentró la mayor parte del crédito promotor concedido, indudablemente alimentado todo ello por las hipotéticas expectativas de beneficio en el futuro en base a una previsión de la evolución del precio de la vivienda totalmente ajena a la realidad de la capacidad adquisitiva de la demanda potencial, y favorecido por una laxitud extrema en las exigencias de contratación de las hipotecas sobre los bienes e cuestión. El crédito barato y abundante se juntó entonces con una fiebre especulativa fuera de todo análisis racional del mercado, lo que junto a una desastrosa aplicación de la derogada Ley del Suelo 6/1998, generó una inflación y un endeudamiento insostenibles en el precio del suelo.
Pero a día de hoy parece que aquella burbuja especulativa se ha transformado en una burbuja negativa, haciendo del suelo en nuestro país un bien aparentemente carente de valor y mermando así las carteras de nuestras endeudadas entidades financieras y de las promotoras y Sociedades inmobiliarias que todavía subsisten. A ello han contribuido dos factores de especial importancia: por un lado, el agotamiento de las condiciones que durante años alimentaron el ascenso de los precios de los bienes inmuebles en nuestro país, lo que indudablemente ha producido un creciente desinterés por adquirir suelo para promover viviendas y equipamientos, rebajando así el precio del mismo a nivel general, proceso que se ha acentuado más debido a la fuerte crisis sistémica que padecemos y que indudablemente afecta a la mayoría de nuestros sectores económicos, no sólo al inmobiliario; y por otro, el impacto de la vigente Ley del Suelo 8/2007, la cual ha supuesto una minusvaloración brutal del valor real de la mayoría del suelo antes susceptible de ser urbanizado y actualmente clasificado como rural.
Es lógico que dadas las actuales circunstancias de nuestro mercado inmobiliario, el valor medio del suelo disminuya a nivel general, lo que no signifique de ningún modo, -tal como afirman algunos incendiarios en los medios de prensa-, que el suelo “no valga nada”. Afirmaciones de tal calibre sólo ponen en evidencia a quien las esgrime, pese a que indudablemente, causan un gran perjuicio a la imagen y estabilidad de nuestra economía, sobretodo de cara al exterior. Pero lo cierto es que el suelo sigue siendo en nuestro país un bien de notable valor potencial, bien sea su destino el desarrollo de emprendimientos inmobiliarios o bien el de otros usos no menos lucrativos, y dado nuestro potencial turístico e inmobiliario, es indudable que volverá a ser un bien altamente valorado y con expectativas de futuro, (nuestro mercado inmobiliario es cíclico con la precisión de un reloj suizo), siempre y cuando nuestra legislación sobre el mismo permita su desarrollo sin que por ello se atente contra nuestra calidad ambiental, social y urbanística, algo que actualmente impide la vigente Ley del Suelo 8/2007, la cual no sólo ha cambiado las reglas del juego a mitad de la partida, sino que ha significado una drástica reducción claramente artificial de la valoración y el potencial de desarrollo de la mayoría del suelo que acumulan nuestras entidades financieras y muchas Sociedades inmobiliarias, mermando así sus balances e imposibilitando la comercialización de dichos bienes, al pasar éstos a tener una clasificación contraria a la inicial con la que fueron adquiridos, que imposibilita su desarrollo de acuerdo a las expectativas de beneficio esperadas.
Este hecho es tan innegable, -si bien se silencia por culpa del actual estado de opinión contrario a reconocer el valor real de nuestro Sector Inmobiliario-Constructor-, que tanto el anterior Gobierno del PSOE como el actual del PP han aprobado sucesivas prórrogas en la metodología de valoración del suelo de acuerdo a la Ley 6/1998, lo que aparte de ser un engaño contable difícilmente sustentable jurídicamente, no ha servido para manipular la valoración de los inversores y entidades extranjeras que están evaluando nuestro mercado inmobiliario, y mucho menos, servirá para que las próximas auditorías sobre los activos inmobiliarios que acumulan nuestros Bancos ignoren la valoración real del suelo en cartera.
Por tanto, es de especial urgencia que el actual Ejecutivo tenga la valentía política de modificar la actual Ley del Suelo, de acuerdo a unos principios más liberalizadores y flexibles en la clasificación del mismo, sin que por ello -y siguiendo la famosa ley del péndulo que tanto nos caracteriza a los españoles-, se abran de nuevo las puertas al expolio de todo nuestro patrimonio natural, cultural y arquitectónico, pues precisamente éstos activos serán de especial importancia para la recuperación de nuestro mercado inmobiliario y la consolidación de la Marca España en el extranjero. De lo contrario, y pese a las posibles recapitalizaciones que puedan sufrir nuestras entidades financieras con dinero europeo para prolongar su agonía en el tiempo, no habrá manera de pagar la deuda contraida en la adquisición de un suelo que a día de hoy es imposible de comercializar y cuya valoración real es bajísima por culpa de una legislación disparatada.
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