Avanzar a zancadas no te lleva lejos

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Estába a la mitad de la Sesión de Coaching con una antigua clienta, que tras haber terminado con su Proceso de Coaching en la empresa hace unos meses, me pidió unas Sesiones esporádicas para reforzar su conocimiento sobre un asunto personal que está viviendo. Cansada de sus vueltas, le interrumpí y le dije: Silvia, ¿para qué quieres hacer Coaching hoy? 

Tú y las preguntitas de los super-coaches. Os creéis dioses capaces de solucionar la vida de la gente potenciando lo mejor, rollo positivo, todo optimismo… Ya, pero mira. La vida es jodidamente dura y el rollo Bob Marley no funciona. ¡Figúrate si no funciona, que él  la palmó con 36 años!, se dejó caer hacía tras en el sofá y arrogante encendió un cigarrillo.

Mientras consumía el cigarrillo a grandes caladas, me precipité sin pedir permiso sobre su cajetilla de cigarrillos y me encendí uno con su misma actitud. Hacía casi veinte años que no fumaba y el sabor me supo fatal. Ella lo notó y en silencio me miró con indiferencia. Agarras el cigarrillo con mucho glamour y sostén, enuncié la observación.

Pues te equivocas, diosecilla.- Sonrió perversa- es una pose que he ensayado frente al espejo durante años. Te hacía mayor cuando empezabas a salir. Más interesantes en las conversaciones políticas y ni te cuento tras un baño desnuda en pleno Atlántico.  Ahora está mal visto fumar. Es el diablo. -Se puso de pie en frente de mí y con rabía me instigaba- Venga díme que está mal, qué lo deje ya, que no me viene bien para los pulmones, que no le mola mi aliento a tabaco a mis empleados, qué me ven trasnochada. ¡Venga, suéltalo ya! 

Se pasó por mi mente invitarle a irse, pero respiré y apelé a la intuición. Eres una transnochada, y te huele el aliento a tabaco y alcohol, dije sin pestañear, ya de pie y frente a ella.

Se le inyectaron los ojos y cerró las manos en puños. Yo seguí frente a ella sin bajar la mirada y dejándome fascinar por lo que estaba pasando allí. El silencio entre nosostras se prolongó dos minutos. Después abrió las manos y los brazos, caminó torpe dos pasos hacía atrás y rompió a llorar. ¡No puedo más! Me siento una fracasada. Mi matrimonio duró cinco años. Lo siguiente ha sido una riestra de encuentros rotos, casi desde el origen. Ahora, ya me acuesto hasta con mis empleados 25 años más jóvenes que yo. -Se sentó de nuevo en el sofás, pero esta vez escondía la cabeza entre sus brazos y sollozando seguía.-Y aunque me quiera engañar creyendo que soy un dichado de virtudes y experiencia y les arreglo sus vidas, no les doy nada. 

 ¿Y él qué quieres que te dé?, interrumpí enfocando el tema que Silvia estaba todo el tiempo evitando.

 Todo, quiero todo de él. ¡Ese chavalito! -Sonrió tímida haciéndo un inciso- ¡Podría ser mi hijo por la edad! Le quiero a él entero y sólo para mí. No sé que tiene, pero me parto en dos de dolor cuando pienso que puede enamorarse de otra mujer.  -Se llevó la mano al corazón-

¿Qué estás acariciando ahí?, hice el mismo gesto que ella con la mano en mi corazón.

-Sus ojos se iluminaron dejando correr lágrimas vibrantes, mientras su voz se adulzaba y entrecortaba.- Algo muy bello que jamás había sentido antes. Es una sensación de calma, de estar bien, de ver lo bello, de ligereza. Camino por la oficina como si mis pies estuvieran unos palmos por encima del suelo. Creo que la ropa también me queda más suelta. Es un sueño y tengo mucho miedo de que se rompa.

Claro y para eso estás ya poniendo a funcionar tu cabeza de estrategia logística ¿verdad?

Otra vez la diosecilla. Ya sabes lo que estoy haciendo y lo que voy a hacer. -Le cambió el tono de voz- Y seguro que no te parece bien.

¿Y a tí qué te parece tu plan?, volví a preguntarle.

-Se levantó del sofá  y dio unos pasos hacía la  ventana donde se quedó mirando y murmurando lo que veía- ¡Menudo leñazo que se ha dado ese niño con el patinete!  Claro, iba a toda mecha. Tampoco es de extrañar. Teníamos una tata en casa que siempre decía. ‘Avanzar a zancadas no te lleva lejos’. 

Repite lo que has dicho, le pedí con seguridad.

‘Avanzar a zanca…’ ¡Guauuuuuuuu! Esto es lo que está pasando. -Se volvió hacía mí-  ¿Cómo lo has visto tú?, preguntó intrigada.

Porque soy una diosecilla, dije bromeando. Lo has visto tú Silvia, -retomé la conversación.- Tú sabes que eres la única que puede diseñar cómo quieres que sea tu vida mejor y más vibrante.

Y más llena de amor, me interrumpió impetuosa acercándose a mí. No se muy bien qué voy a hacer las próximas horas, porque después de esta sesión creo que las soluciones están y sólo hay que verlas. De momento no le voy a presionar más. Su amor me hace mejor persona y ahora mismo siento una gratitud enorme.

Gracias Silvia por recordarme que el amor nos hace mejores personas.

 

Un gran dirigente no dirige a nadie

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Paseaba por una playa de Levante disfrutando de una brisilla cálida, cuando unos niños lanzaron un balón hacía mis pies. Su abuelo, muy prudente les pidió que no molestaran y luego, muy amable me saludó. Con la curiosidad a cuestas, me atrajo conocer algo más de aquella escena. No estaba muy segura si quería saber de esa playa todavía salvaje, o de la gente que la disfrutaba, que era turismo local. Así que un poco torpe recurrí al tiempo. ¡Qué solecito tan agradable! ¿verdad?

Sí, ya empieza a caldear. Claro que para nosotros el agua no estará buena hasta bien entrado mayo. Aunque, a la playa venimos casi todos los días. Es el tesoro de Levante, sol todo el año, el Mediterráneo y una vida  saludable.

Me hizo pensar en el exquisito desayuno que acababa de tomar y se lo dije. ¡Ya lo creo, con todos estas naranjas tan extraordinarias que tienen! Aquí saben diferentes. Más jugo, más dulces, más grandes. ¡Me he dado un buen banquete

-Sereno se acercó un poco hacía mí-Me alegro que lo distinga porque lo que has tomado eran naranjas maduradas en el árbol, por eso tienen tanto jugo y son más dulces. Las naranjas tienen que estar vivas. Cuando las tomas entre tus manos te están hablando con su olor, con sus lágrimas al desconcharlas, con sus gajos prietos y dulces, -elevó un poco el tono emocionándose y con las manos simulaba sujetar una naranja.-

Me emociona como habla usted de las naranjas, le reconocí.

Tengo una pequeña explotación que heredé de mi bisabuelo. Fíjate de los años que te hablo porque yo ya voy para los 75. Mi abuelo nació a finales del siglo XIX, así que mi bisabuelo.. Yo heredé la alquería y a eso es lo que he dedicado mi vida, a cultivar naranjas y observar cómo los naranjos no dejan un sólo año de darnos cosecha sin darse importancia. Y siempre, siempre dan.

¿Qué quiere decir? le interrumpí al ver cómo se ensombrecían levemente sus ojos.

Bahh!! Uno se desilusiona porque le ponen tantas trabas, leyes y le desprecían sin apenas pagar todo el esfuerzo por mantener vivo el mejor legado que nos ha dado la tierra. A veces me dan ganas de tirar la toalla.  -Continuaba hablando sereno, pero con más firmeza- Siempre me he opuesto a la construcción masiva de la costa y por supuesto nunca he cedido a los chantajes millonarios para despropiar mis naranjos y hacer apartamentos en la playa. Estos politiquillos se creen que lo saben todo y no han abierto lo ojos nunca, se quedó en silencio mirando al horizonte donde se vislumbran en hilera unos pequeños huertos de naranjos y limorenos.

Eso duele y duele mucho, dije sintiendo una gran conexión con su emoción.

Sí, claro que duele porque quieren dirigirnos como a tontos, quitándonos nuestra capacidad de pensar y resolver las cosas por nosotros mismos. ¡Menudos líderes!  - Se llevó una mano a la cintura- ¿Has visto a algún naranjo que se ponga medallas por dar cosecha todos los años? Al revés, pasan desapercibidos. Simplemente están. -Levantó la cabeza hacía el cielo y respiró cerrando los ojos- Huele a azahar. Es otro regalo de los naranjos y no piden medallas por ello.

   ¿Cómo es para usted un buen líder?, pregunté con mucha curiosidad por conocer su respuesta

Pues es aquel que conoce a los que lidera y a la vez es uno de ellos. Quiere decir que sabe la capacidad que tienen cada uno para pensar y resolver los problemas. Aquí tenemos una consejera de agricultura, que parece no tener ni idea de lo que se produce en Levante. Y parece también que desconoce la capacidad inmensa de las naranjas, no sólo como producto de consumo sino también en su transformación. Nunca  la oigo hablar de invertir en I+D en agricultura. El ministro, otro tanto. Conocen las leyes que regulan en Bruselas, pero desconocen la tierra, lo que produce y a los trabajadores de ella -Movía las manos enfatizando sus palabras, pero sin perder la serenidad-

¿Es una relación de esclavos?, exageré provocando una reacción 

No, no pueden porque comemos de la tierra aunque sean los distribuidores y las empresas transformadoras las se lleven los beneficios. Pero la fuerza la tiene el que cultiva. Contra las dictaduras la gente herida se revela y luego pasan muchos años hasta curar las cicatrices. -Ladeó la cabeza desaprovando-

¿Entonces que relación sería la más óptima entre los gobernantes y los gobernados?, insistí ampliando el espacio

La de confianza. Un líder inteligente es aquel que confía en que a los que tienen que liderar también son inteligentes.¿Imagínate el cambio si todos estos presidentes, que salen todos los días en los telediarios y en los periódicos apretándose las manos y formulando leyes y reglas y más reglas confiaran en los individuos de sus países?, me pregunto con luz en sus ojos.

¿Cómo sería?, retomé  curiosa por su respuesta.

Pues nos darían la posibilidad de pensar por nosotros mismos, de ser responsables de lo que hacemos y las repercusiones que tienen nuestros actos y de estar orgullosos de nuestras decisiones. Dar confianza para crear confianza, concluyó satisfecho.

Me quedé con ganas de una respuesta más opulenta. No sé, algo como que ese sabio anónimo que me encontrén en la playa  tuviera la solución a la crisis. Y con ganas de poner yo también mi grano de arena, le dije ¿Y a mí como ciudadana y consumidora de naranjas, qué me aconseja que debo hacer?

Como consejo de un viejo, dar siempre lo mejor de tí y como cultivador de naranjas, elegir las vivas, que son aquellas que tienen un color naranja rojizo, hulen a vida y te protegen de enfermedades con su jugo agridulce. De lo demás, piensa por tí misma y observa mucho la naturaleza.

Ve sin ojos, escucha sin oídos y palpa sin tocar

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“Se acabó. No aguanto más a mi socio. Nunca está cuando tenemos gran volumen de trabajo, problemas o asuntos que solucionar”, dijo Pedro G. copropietario de una pequeña empresa de productos electrónicos, que en la primera sesión dijo venir al Coaching para dar un impulso a su negocio.

Frunces el ceño y tienes los ojos exaltados, describí lo que estaba viendo una vez sentada frente a él.

Estoy harto, pero que muy harto. Me tiene hasta… los mismísimos. Soy yo el único que trabaja. Hay problemas con las instalaciones y soy yo el que va a visitar los locales. Hay clientes insatisfechos, pues el tonto de Pedro es el que llama, les complace. Todo yo, seguía quejándose y cerrando más y más sus cejas y la expresión de su cara.

¿Qué  quieres decir con Todo Yo?, pregunté exagerando sus gestos en la cara y levantando como él las manos al aire.

-Se dio cuenta de sus ademanes y se metió las manos en los bolsillos del pantalón, se recostó en el sillón abriendo ampliamente su tronco y las piernas, pensó un momento, pero rápida repetí ”Todo Yo”. E inmediatamente respondió: Pues que parece que soy el único que trabaja en esta empresa. Todo lo tengo que hacer yo. Ayer descargué productos, coloqué el almacén, hice inventario, organicé la administración, porque también la secretaria, ahora está de baja maternal y la que le sustituye no se entera de nada. Ytodas esas cosas que requiere una empresa… Tampoco te quiero aburrir, pero  parece que a mi socio no le importaran.

¿Cómo lo sabes?, continué relajándome cada vez más en la silla.

Pues no hay que ser muy listo para darse cuenta que nunca está en los momentos que le necesito, contestó con aire ofendido.

¿Y dónde está?, señalé con curiosidad inocente.

Pues eso es lo que me gustaría saber a mí. Mucho traje y muchas maneras y títulos universitarios y tal y tal, pero dónde se mete cuando más le necesito, dijo sacando la mano derecha del bolsillo y agitando con ritmo pausado el dedo índice.

Entiendo que esto te moleste porque sois como una pareja en la que tu llevas los pantalones  y él te tiene que rendir cuentas y dar explicaciones, nombré la relación que mantienen.

¡No, no. Qué voy a mandar yo! – respondió molesto y abriendo los brazos- Somos socios y todo es al 50%. Pero como que yo tengo más iniciativa, más empuje para trabajar. No sé. A él no se le ve involucrado. A veces pienso que le corre horchata por las venas, se rió maliciosamente.

¿A qué sabe la horchata?, retomé raúda su metáfora.

Es una bebida refrescante y dulce en verano y tiene ese sabor seco y consistente, como nutritivo, de las chufas. Lo tomaba de niño con mi abuelo cuando íba a visitarle en verano a un pueblecito de Valencia. Mi abuelo madrugába para comprarla recién hecha y me tomaba un vaso casi de litro para desayunar. Me daba fuerza para correr en la playa o ayudar en el huerto. Era vital para aguantar el día. Cuando regresábamos a Madrid las vecinas del edificio donde vivía con mi madre decía que había dado un estirón gracias a los litros y litros de horchata.  ‘Qué buenos recuerdos! No sé como ha venido esto aquí, pero me estoy emocionando, dijo cubriéndose los ojos iluminados por unas incipientes lágrimas.

Me aproximé hacía Pedro ahora con los hombros agachados y cubriéndose las cara con las manos y con una voz cálida y firme le pregunté: ¿Quién trae horchata ahora a tu vida?

-Rompió a llorar, escondió su cara entre las manos y se levantó de la silla- ¿Cómo lo has sabido?, -hizo un pequeño silencio mirándo por la ventana.- Lo vivo en secreto. Y no quiero ni pronunciarlo…

¿A qué temes?, insistí en hacerle más consciente.

Pues a qué me rechace. A qué se ría de mis sentimientos, a qué  me desprecie. A quedarme solo, se le quebró la voz.

¿Qué tienes realmente ahora?, seguí insistiendo

Fantasías y malhumor cuando no le veo por la empresa porque creo que está con otra persona y me pongo celoso o rabioso porque no está conmigo. – Me miraba derrotado- ¡Qué fuerte lo que acabo de ver! me he dado cuenta de que no tengo nada. El me ve como su socio y nada más. Ni siquiera se imagina lo que puedo amarle. Pero el sólo hecho de pensar en que me puede despreciar. Me ahogo, me ahogo. No puedo hablar, se le volvió a quebrar la voz.

¿Cómo quieres amarle?, retomé su brillantez.

- Asustado por la pregunta tragó saliva y respiró profundamente- Pues así… viendo más allá de mis ojos, y escuchando más allá de mis oídos. Le confesaré mi secreto y aceptaré que pueda rechazarme, aunque me muera de dolor. Supongo que tiene algo que ver con no poseer y parece que esto es lo que estoy haciendo yo con mi socio. Tengo tanto miedo a ser rechazado que le quiero tener bajo mis órdenes.- Se quedó callado con la boca abierta- Por eso me evita. ¡Ahora, me doy cuenta!, exclamo elevando la voz.

Pedro, eres inteligente, de una pieza y valiente. ¿Cuándo vas a presentar tus respetos a tu socio?

Me conoces mucho. - Se rió complacido- Me encanta esta manera noble de declarse. Sí, presentarle mis respetos. Pues ahora mismo te diría que en dos semanas, pero me vas a retar para que lo haga hoy mismo. Así que te contraoferto y te digo que le invitaré a cenar el sábado, concluyó con determinación y susto.

 

Vacía la mente y fortalece los huesos

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Al salir de mi clase de Pilates, bastante satisfecha con mis pequeños progresos, me encontré con una compañera Juanita, que había cambiado su hora de asistencia. Me saludó con una amplía sonrisa y me dejó ver su belleza rotunda. Inmediatamente conecté  su nombre con el de una veterana actriz de la que me habían hablado por su excelente interpretación de Bernarda Alba. Y también conecté, con la rabia que me dio no haber asistido a la obra. Inmediatamente empecé a pensar en todo lo que tengo que leer, escribir, visitar y me agité un poco. Pero aún así sentí curiosidad por si ella era la actriz. Y ya, unos metros alejadas, elevé mi voz y le pregunté: ¿Juanita, tú eres actriz?

¿Qué? ¿Qué dices? ¿Qué si soy de aquí?, respondió preguntando.

¿No, no, qué si eres actriz?, volví a preguntarle elevando la voz.

¡Qué va, qué va! -Retrocedió sobre sus pasos y se acercó a mí- Soy de Extremadura, lo que pasa es que vine aquí de pequeña con mis padres y ya luego me casé, tuve a mis hijos, vinieron algunos tíos y ya como que todos somos de aquí. Pero también vamos mucho a mi tierra. Me gusta  volver, conservo mis amigas de la escuela allí. A mis nietas les encanta pasar unos diítas del verano en el pueblo. Ah! bueno, también vamos en matanzas porque en mi tierra eso es una fiesta. Mira, pues ahora para el Puente de Mayo también…, -Continúaba sin apreciar mi asombro.

Bajé la vista hacía el móvil que llevaba en la mano para ver la hora y con delicadeza dije Llegarás tarde a tu clase.

¡Qué gracia!, -exclamó al darse cuenta de algo.- No serás tú también de Extremadura y me has visto allí alguna vez. Porque ya vés el mundo es un pañuelo. -Se puso a mover sus manos enormes y muy cuidadas-. Un día me pasó lo mismo en el Ambulatorío. Yo esperando mi hora para entrar con mi marido, que sufre bronquitis. Claro, ya le digo que tiene que dejar de fumar, pero no me hace caso. Bueno, a lo que iba, que estaba en la consulta y

Por un momento, tuve un impulso de echarme a correr y dejarle con su monólogo, pero me pudieron los modales, respiré profundamente e insistí ¿Te estarán echando de menos en clase?

¡Qué ilusión me hizo! -Coninuó ignorando mis preguntas- Resulta que el médico que estaba esperando en la consulta era la nieta de Francisca, una de mis mejores amigas de la escuela. Luego la vida, que es muy cruel, se la llevó de un cáncer. Bien joven. Dejó familia y ahora la nieta.. ¡Qué alegría! La saqué por los rasgos de la cara. Igual de guapa que su abuela. Ahí, estuvimos hablando y hablando. ¡Qué linda niña y qué trabajadora. -Frunció el ceño y se le puso la voz más grave- Mis nietos nada de estudiar con todo la ayuda qué han tenido…

Me tengo que ir Juanita, le dije moridiéndome los labios.

Es que, ya está visto, que cuando uno no quiere estudiar no estudia por mucho que le pongan y le den los profesores y todo. ¡Y ahí está, la nieta de mi Francisa, médica! -Sacudió los hombros y se le cayó la esterilla de pilates que llevaba debajo del brazo-. Ultimamente se me caen todo, afirmó mientras me agaché para recogerle la esterilla.

 ¿Y cómo es eso?,  me interesé por ella.

Mira que también se lo consulté a la nieta de Francisca. Cómo le dije, teniendo un médico en la familia, porque para mí, su abuela era como una hermana. Me puse muy mala cuando se murió. Una siempre se plantea si no le va a pasar lo mismo porque esto de las enfermedades. Entran y luego salir, ya veremos si salen. -Movía la cabeza de un lado para otro.-

¿Qué le recomendó la nieta de su amiga Francisca?, dijé por decir algo.

Estos médicos hablan raro. De eso que sólo lo entienden los boticarios porque como tienen mucho que escribir pues se les deforma la letra y también el habla. Aunque esta chica es muy maja y bien educada. -Asentía con la cabeza- Mucho tampoco me dijo no te creas, que tampoco tienen tanto tiempo para quedarse con un paciente…

¿Pero entonces, qué te dijo Juanita?, salté intrigada.

Ya le dije que a mí, la verdad. Mejor saberlo que no que te vayas sin más como su pobre abuela. Así de la noche a la mañana. ¡Qué tremendo sin despedirse de nadie! No, no. -Negaba con la cabeza-. Tú díme lo que me tengas que decir que yo soy fuerte. ¡Anda! ví morir a mi madre y a mi padre. Una no se asusta ya de nada…

¡Claro, claro!  dije en un tono parodiando la valentía humana.

Con todo lo que hemos pasado. Ya se lo dije también para que ella no tuviera reparo. Ya sabes siendo amiga de su abuela pues la podre igual le daba cosa decirme algo grave. -Sonó mi móvil y aunque continuó hablando contesté.- 

 Disculpa, Juanita. Tengo que atender esta llamada, vi mi salvación.

Sí, sí… Tendrán que hacerme pruebas y esas cosas, pero me dijo, ella así muy serena y concienciuda  que Vacíara la mente y fortaleciera los huesos. Y por eso vengo a Pilates. ¿ Y tú, por qué vienes?

Por lo mismo Juanita. Por lo mismo.

Nuestro nivel de energía inspira a los demás

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En el mostrador del hotel Príncipe Felipe donde he pasado la Semana Santa, un señor muy alto, con traje oscuro, tres maletas de piel y una bolsa con 14 palos de golf, intentaba encontrar su reserva sin mucho éxito. Después de intentarlo con varios nombres, salió de la recepción en busca de su móvil para hacer algunas averiguaciones.  Mientras la cola de personas para hacer el check in iba aumentando.

¿A qué tenemos que esperar el resto?, preguntó otro señor que estaba detrás de mí perdiendo la paciencia. 

Un momentito, enseguida les atendemos, dijo intranquilo uno de los recepcionista, que seguía buscando la anterior reserva.

El ambiente se iba poniendo tenso, los teléfonos no dejaban de sonar, un bebé comenzó a llorar desconsoladamente. La madre, con dulzura lo mecía en su regazo. El padre se acercó para ver qué estaba pasando y en ese momento, como por contagio, las  personas que esperábamos nos caldeamos exigiendo una explicación. No tuvimos respuesta alguna, pero unos minutos más tarde, apareció una señora enérgica, muy afable, que con su magnetismo nos unió en un círculo.

Buenas tardes, gracias por haber venido al hotel Príncipe y disculpas por esta situación, -comenzó a hablar con serenidad- Me llamo Cristina, soy la encargada del hotel y les anuncio que llevamos dos días sin red a causa de las tormentas. No hay registro de reservas. -Continuó con autenticidad-

¡Lo qué faltaba!,dijo una voz. ¡Después de la paliza de viaje, ahora que no tenemos sitio donde quedarnos!, se quejó una joven. ¡Qué manera de gestionar un hotel, vamos hombre!, apuntó el padre del bebé que dormía placidamente en los brazos de su madre. Yo observaba todo con asombro y por un momento, tuve un impulso de preguntar ¿Qué podíasmos hacer?, pero se adelantó Cristina.

Comprendo su enfado y todas sus quejas. -Retomó serena- Pero nuestro hotel no abandona a sus clientes. Estamos aquí, a su servicio para que disfruten de una bonita estancia. -Apuntó con entusiasmo moviendo las manos e inmediatamente surgió un destello en los ojos.- Todos ustedes se alojaran en el hotel, tal y como lo tenían previsto. Pero necesito un poco de tiempo para organizarlo.

 ¡Llevamos diez horas viajando, queremos descansar!, pidió un matrimonio de daneses que venía con dos de sus nietos. 

Sí, lo sé, necesito dos horas para hacer recuento de habitaciones y qué no se solapen con las reservas de los próximos días. De verdad, que siento todo este transtorno, pero no soy ninguna experta en tecnologías y me he incorporado esta mañana al trabajo. Así que estoy aterrizando, mostró su vulnerabilidad sin temor.

¿Ha dicho que es nueva en el trabajo? Pues no tendremos habitación ni mañana, interpretó otro cliente.

No, no soy nueva. Llevo toda mi vida en hostelería y también mi familia. Mis abuelos fundaron el hotel Príncipe y mis padres y mis tíos construyeron el complejo que es hoy. Yo lo continúo con pasión y me moleta tanto como a ustedes que sucedan estas cosas, sólo les pido un poco de paciencia, por favor, rogó mientras con señas pedía a un camarero que llevara un buffet copioso a una sala que nos estaban preparando.

¡A esperar entonces!, expresó convencida una de las huéspedes. A ésta le siguieron los padres del bebé, el matrimonio danés y sus dos nietos, el señor arreglado con la bolsa de 14 palos de golf  que había regresado siguilosamente y yo, que para ese momento, había visto la aplicación del Coaching de la mano de Cristina y estaba impresionada.

Estábamos instalados en una sala muy confortable, a la que de vez en cuando entraba un camarero para preguntarnos si necesitábamos algo, cuando apareció Cristina con una sonrisa de oreja a oreja. Señores y Señoras, ya pueden ocupar sus habitaciones. Hemos encontrado una copia de reservas que hizo uno de nuestros empleados, muy previsor, dijo con enérgica franqueza. Les pido de nuevo disculpas por esta situación y en compensación les llevaremos unos chocolates a la habitación, continuó con entusiamo.

¡Thank you!, le dijo el matrimonio danés abandonando la sala. Muchas Gracias, repitió muy feliz la madre del bebé  ¡Qué eficacia y qué buena manera de resolver!, señaló el señor de los palos del golf pensativo. ¡Disculpa por mis palabras! Me puse un poco nerviosa porque no me gustan los imprevistos, se justificó otro. Así fueron pasando uno a uno, delante de Cristina los clientes hasta hacer su check in. Yo me quedé la última.

¿Necesitas algo de mí?, me preguntó.

Sí. ¿Tengo curiosidad de saber cómo has hecho para transformar las quejas en reconocimientos?

Bueno. Aprendí hace mucho que la energía que aportamos inspira a los demás. Cada mañana lleno mi banera de agua y procuro que esta energía dure hasta mi regreso a casa, quatorce o quince horas más tarde. Y para ello evito a los succionadores de energía, es decir a los que sólo piensan en sí mismos. Uno transmite energía con su cuerpo, con tono de voz, con su implicación y eso no quiere decir que siempre tenga que estar como la alegría de la huerta. Creo que hoy no era ese mi día, reflexionaba sobre el día.

Francamente no se ha notado, reconocí su actitud

Os he contado mis debilidades, pero me he apoyado en mis fortalezas para resolver el problema y principalmente os he tenido encuenta, explicó.

¿Qué quieres decir?, necesitaba que se explasaye más.

Que por muy franca y vulnerable que he mostrado, si hubiera ignorado los intereses de vosotros, clientes, no habría logrado manteneros motivados y esperanzados, puntualizó.

Pues, enhorabuena, lo has conseguido porque llegó un momento que se nos olvidó que hubo un problema con la reserva. Muchas gracias. ¡Qué lección!

“Nuestro nivel de energía inspira a las personas que nos rodean”

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En el mostrador del hotel Príncipe Felipe donde he pasado la Semana Santa, un señor muy alto, con traje oscuro, tres maletas de piel y una bolsa con 14 palos de golf, intentaba encontrar su reserva sin mucho éxito. Después de intentarlo con varios nombres, salió de la recepción en busca de su móvil para hacer algunas averiguaciones.  Mientras la cola de personas para hacer el check in iba aumentando.

¿A qué tenemos que esperar el resto?, preguntó otro señor que estaba detrás de mí perdiendo la paciencia. 

Un momentito, enseguida les atendemos, dijo intranquilo uno de los recepcionista, que seguía buscando la anterior reserva.

El ambiente se iba poniendo tenso, los teléfonos no dejaban de sonar, un bebé comenzó a llorar desconsoladamente. La madre, con dulzura lo mecía en su regazo. El padre se acercó para ver qué estaba pasando y en ese momento, como por contagio, las  personas que esperábamos nos caldeamos exigiendo una explicación. No tuvimos respuesta alguna, pero unos minutos más tarde, apareció una señora enérgica, muy afable, que con su magnetismo nos unió en un círculo.

Buenas tardes, gracias por haber venido al hotel Príncipe y disculpas por esta situación, -comenzó a hablar con serenidad- Me llamo Cristina, soy la encargada del hotel y les anuncio que llevamos dos días sin red a causa de las tormentas. No hay registro de reservas. -Continuó con autenticidad-

¡Lo qué faltaba!,dijo una voz. ¡Después de la paliza de viaje, ahora que no tenemos sitio donde quedarnos!, se quejó una joven. ¡Qué manera de gestionar un hotel, vamos hombre!, apuntó el padre del bebé que dormía placidamente en los brazos de su madre. Yo observaba todo con asombro y por un momento, tuve un impulso de preguntar ¿Qué podíasmos hacer?, pero se adelantó Cristina.

Comprendo su enfado y todas sus quejas. -Retomó serena- Pero nuestro hotel no abandona a sus clientes. Estamos aquí, a su servicio para que disfruten de una bonita estancia. -Apuntó con entusiasmo moviendo las manos e inmediatamente surgió un destello en los ojos.- Todos ustedes se alojaran en el hotel, tal y como lo tenían previsto. Pero necesito un poco de tiempo para organizarlo.

 ¡Llevamos diez horas viajando, queremos descansar!, pidió un matrimonio de daneses que venía con dos de sus nietos. 

Sí, lo sé, necesito dos horas para hacer recuento de habitaciones y qué no se solapen con las reservas de los próximos días. De verdad, que siento todo este transtorno, pero no soy ninguna experta en tecnologías y me he incorporado esta mañana al trabajo. Así que estoy aterrizando, mostró su vulnerabilidad sin temor.

¿Ha dicho que es nueva en el trabajo? Pues no tendremos habitación ni mañana, interpretó otro cliente.

No, no soy nueva. Llevo toda mi vida en hostelería y también mi familia. Mis abuelos fundaron el hotel Príncipe y mis padres y mis tíos construyeron el complejo que es hoy. Yo lo continúo con pasión y me moleta tanto como a ustedes que sucedan estas cosas, sólo les pido un poco de paciencia, por favor, rogó mientras con señas pedía a un camarero que llevara un buffet copioso a una sala que nos estaban preparando.

¡A esperar entonces!, expresó convencida una de las huéspedes. A ésta le siguieron los padres del bebé, el matrimonio danés y sus dos nietos, el señor arreglado con la bolsa de 14 palos de golf  que había regresado siguilosamente y yo, que para ese momento, había visto la aplicación del Coaching de la mano de Cristina y estaba impresionada.

Estábamos instalados en una sala muy confortable, a la que de vez en cuando entraba un camarero para preguntarnos si necesitábamos algo, cuando apareció Cristina con una sonrisa de oreja a oreja. Señores y Señoras, ya pueden ocupar sus habitaciones. Hemos encontrado una copia de reservas que hizo uno de nuestros empleados, muy previsor, dijo con enérgica franqueza. Les pido de nuevo disculpas por esta situación y en compensación les llevaremos unos chocolates a la habitación, continuó con entusiamo.

¡Thank you!, le dijo el matrimonio danés abandonando la sala. Muchas Gracias, repitió muy feliz la madre del bebé  ¡Qué eficacia y qué buena manera de resolver!, señaló el señor de los palos del golf pensativo. ¡Disculpa por mis palabras! Me puse un poco nerviosa porque no me gustan los imprevistos, se justificó otro. Así fueron pasando uno a uno, delante de Cristina los clientes hasta hacer su check in. Yo me quedé la última.

¿Necesitas algo de mí?, me preguntó.

Sí. ¿Tengo curiosidad de saber cómo has hecho para transformar las quejas en reconocimientos?

Bueno. Aprendí hace mucho que la energía que aportamos inspira a los demás. Cada mañana lleno mi banera de agua y procuro que esta energía dure hasta mi regreso a casa, quatorce o quince horas más tarde. Y para ello evito a los succionadores de energía, es decir a los que sólo piensan en sí mismos. Uno transmite energía con su cuerpo, con tono de voz, con su implicación y eso no quiere decir que siempre tenga que estar como la alegría de la huerta. Creo que hoy no era ese mi día, reflexionaba sobre el día.

Francamente no se ha notado, reconocí su actitud

Os he contado mis debilidades, pero me he apoyado en mis fortalezas para resolver el problema y principalmente os he tenido encuenta, explicó.

¿Qué quieres decir?, necesitaba que se explasaye más.

Que por muy franca y vulnerable que he mostrado, si hubiera ignorado los intereses de vosotros, clientes, no habría logrado manteneros motivados y esperanzados, puntualizó.

Pues, enhorabuena, lo has conseguido porque llegó un momento que se nos olvidó que hubo un problema con la reserva. Muchas gracias. ¡Qué lección!

El sufrimiento sólo es una posibilidad

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 “¿…Y esta vez qué te duele? -preguntaba de mala gana por el móvil un joven, que se había sentado a mi lado mientras esperábamos a que comenzara las clases de natación infantil.- Ah! Pero la cabeza ya te dolía esta mañana. Las piernas se te hinchan hace tiempo y el hormigueo de las manos es también algo habitual por la medicación. -continuó la conversación cada vez más desganado.- ¡Qué estás sola y es un gran sufrimiento! -Repitió lo que decía su interlocutor con la misma actitud desgana.- Ya, ya lo sé, pero  ahora tengo que colgar, adiós, concluyó lanzando con rabia el teléfono hacía una bolsa de deporte, pero con tan poca puntería que cayó a mis pies.

Parece que no se ha roto. -Señalé dándoselo en las manos.- Esta marca es muy resistente a los golpes, ¿verdad?, apunté  iniciando una conversación.

Sí, igualita la resistencia que la del otro lado. No se rompe ni aunque le pises. Ah! eso sí, quejarse y quejarse y quejarse. ¡Todo el día sufriendo! -repitió- ¡Verás!  En menos de cinco minutos vuelve a llamar para contarme por séptima vez, que se le hinchan las piernas y etc, etc, explicó con desprecio.

Son apegos al cuerpo, apunté espontánea.

¿Tú crees? -dijo sin pensar y sorprendido. Pero un segundo después volvió a preguntar.- ¿Y eso qué es? 

Algo así como que hacemos del dolor natural el centro de nuestro universo, intenté explicarme consciente de que había captado su atención.

Pues tiene toda la lógica. Nunca lo había pensado así porque a veces pienso que soy frío y poco compasivo con los males de otros. ¡Qué bueno, me da alivio!, respiró soriendo.

¿De qué te alivias?, dispuesta a explorar.

De ser una mala persona. Siempre dice que ya llegaré a sus años y me pasará lo mismo. Bueno, luego añade que desgraciadamente no será así porque he tenido una vida más fácil y no tendré que sacrificarme tanto en la vida como ha hecho ella. Y patatín, patatín, ridiculizó con las manos y con gestos en la cara.

Y si es tan ridículo, ¿Qué es lo que te preocupa de todo esto?, continué explorando.

Joe! pues que… -Cambió el tono de voz- Me da un poco de pena porque en realidad tuvo una vida dura. Se quedó al cuidado de mis abuelos. Luego tuvo un accidente y ha pasado por mil operaciones. Vive al lado de mi madre, a la que también cuidó hasta que se murió y y ahora se le han complicado no sé cuántas cosas. Pero son todos los días queja para acá, queja para allá.

¿Cómo es pasar un día quejándose?, le pregunté mirándole a los ojos.

¡Muy chungo!, le salió del alma. Acabas con una cara de cenizo. Eso, crea muy mal rollo entre la gente con la que estás. En la Facultad de Historia, había un chaval que asistía a clase en silla de ruedas. Yo no era su amigo, pero le escuché un día en la cafetería que tenía una enfermedad degenerativa y que cada vez era más complicado. Y a mí ese chico se me quedó grabado porque siempre estaba sonríendo. Parecía en paz y eso le hacía guapo.

Le interrumpí- ¿Qué te fascinó de ese chaval? porque te ha cambiado la cara al hablar de él.

su espíritu optimista pese a lo chungo de su vida. Cualquiera de nosotros estaríamos quejándonos, hundidos en la miseria, culpando a otros por la gran desgracia y sin embargo, ese tío… Pues ahí estaba alegre y tranquilo. ¡Vamos, igualito que mi tía!, se volvió a sus pensamientos.

¿Qué podría hacer tu tía?, insistí.

Ya lo ha hecho, ha optado por el sufrimiento. Hizo una pausa.- Ella cree esas cosas raras de iglesia, que si sufres en la tierra no te condenas. Y yo siempre digo, pero condenas a los demás a escucharte. 

¿Qué le dirías ahora mismo?, dije impetuosa

Qué… ¿Qué le diría ahora mismo? Se quedó pensativo mirando al suelo. Luego levantó la cabeza y me preguntó: ¿Y tú que eres loquera?

Hoy he sido curiosa e indiscreta, tal vez, y por ello te pido disculpas. Pero eso que dices es una falta de respeto. Yo soy Coach, afirmé rotunda mirándole a los ojos. En ese momento, llegó el bedel para dar paso a la clase de natación. Nos levantamos cada uno con nuestros respectivos hijos y nos encaminamos a la piscina.

Ya fuera del recinto deportivo, se acercó de la mano de su hijo y me dijo: Pues a mi tía como al resto de la gente que se queja y se queja, les diría que el sufrimiento es una posibilidad, pero que hay otras y que sería bueno explorarlas. Gracias y sigue siendo curiosa. Esta tarde me has ayudado a ver con más claridad mi relación con mi tía.

A partir de este momento…

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Ayer almorcé con, llamémosle Lola, una de mis primeras Clientes de Coaching. Se atrevió a llevar a cabo un proceso casi a la vez que yo me iba formando. Durante las sesiones, yo sentía vértigo, pero ella tenía tanta confianza en mí y en sí misma que no había límites para explorar quién realmente es. Llegó con ganas de saber “¡Qué, narices hago en este mundo!” . Lo recordábamos mientras degustábamos el exquisito menú que ofrece La Quinta de Los Cedros en Madrid Restaurant Week. Le hizo tanta gracia que se parodiaba así misma con una voz profunda, hostil y de enfado contra todo el  planeta. Pero yo aproveché esa distensión y dije: Bueno y un año después, ¿ya lo sabes?

No, la verdad es que no - comenzó a reírse a carcajadas-

Y sin embargo, te produce mucha risa. ¿Qué es lo gracioso?

Pues qué cuando yo llegué a tu oficina en busca de soluciones para ser más feliz, tipo que me tocara la lotería e irme a las Seychelles - bromeó-. Descubrí contigo que descuidamos  ‘nuestros  territorios’, como dices tú y cuando los volvemos a cuidar el sentido surge, explicó convencida.

¿Qué quieres decir con el sentido?, me producía mucha curiosidad.

Sí, me rerfiero al sentido de mi vida aquí, que en el fondo es la gran pregunta. ¿No crees? Tenía un trabajo de sol a sol, con el que cada vez ganaba menos dinero. -Hizo un inciso- Como el resto del país. Me aburría muchísimo -continuó- Todo el día de mal humor y despotricando contra el jefe, los compañeros, los clientes, etc. A la gresca con mi pareja, enfadada con mi madre, harta de los vecinos. Pero con un hilo de consciencia, me resistía a creer qué esa era la única posibilidad que se me ofrecía en esta vida, ya con mis 53 años.

Entonces tú misma sabías que había otras maneras de vivir para estar mejor, más feliz, más completa, afirmé

Totalmente de acuerdo. Uno lo sabe, porque sino no sentiría estas inquietudes e inconformismos, pero necesité de tu ayuda. Sola no lo hubiera conseguido. Necesitamos a otros para vernos, escucharnos y hacernos caso, apuntó con un tono cuasi poético.

 ¡Qué cosas tan bonitas dices, Lola! reconocí sus palabras. Y- Continúe- Por curiosidad, ¿a qué has hecho caso?

De alguna manera me fascinaba la pintura. Había algo en esa manera de comunicar la belleza, el dolor, y el amor, muy significativo para mí. En la escuela de mi pueblo no se daba dibujo, aunque algún profesor me abrió ese canal a mi propia esencia. Luego me dediqué a trabajar, a pagar mi piso, a pelear y amar a mi pareja… A todo lo que ya sabes y mi pasión por la pintura estaba tan lejos y tan escondida que hacía quince años que no pisaba El Padro. Fue la primera acción que me sugeriste en nuestra primera Sesión de Coaching.

La interrumpí fascinada ¿No me digas qué estás pintando?

Sí, es la sorpresa que te tenía preparada. Voy a hacer una pequeña exposición en la Casa de la Cultura de mi pueblo. Llevo un año tomando clases y pintando y pintando. No lo hago muy bien, pero estoy como plena,  dijo emocionada.

¡Qué manía con quitar importancia a las cosas importantes! Es un paso enorme, de una dimensión inimaginable. Estás pintando. ¡Escuchalo y siéntelo!, le dije emocionada y cogiéndole de las manos. -Después de un pequeño silencio donde dejamos entrar la emoción, retomé la conversación.- ¿Qué es lo que te impulso a hacerlo?

Una cosa que me dijiste que había dicho Goethe : Sólo con comprometerse la mente entra en ebullición, si lo empiezas completarás el trabajo, declamó con solemnidad. Aquel día no me diste tregua. Yo pensé que estabas enfadada conmigo porque ponía una y otra y otra excusa a cada cosa que hablábamos. Al irme, me di cuenta que el compromiso está más allá de las palabras y yo quería que pasara algo diferente, pero no estaba realmente comprometida a ello. Dí muchas vueltas a nuestra sesión y esa noche algo cambió. Me llevé a la cama un libro ’Aprende a Dibujar’ y seguí pasito a pasito lo que iba diciendo el manual. Fue tan divertido que estuve hasta las 4 de la mañana haciendo figuras. Por la mañana de camino al trabajo, me topé con una publicidad de una academia de pintura.Y a la salida, fui directamente. No te diré que no me asusté porque aquello parecía un aula de Bellas Artes. Pero me gustó todo. El olor, como vestían los jóvenes, el pelo rojo de la profesora, todo… 

Tenía las manos en la boca y la miraba con admiración y orgullo. Eres un vivo ejemplo de que se puede conseguir lo que sentimos. Tu deseo era tan profundo que te entregaste con empeño y dedicación a buscar, a experimentar y nunca tuviste miedo de explorar en lugares donde es muy difícil estar. Uff!! Lola, es un regalo para el mundo.

Gracias por ayudarme a ver que el cambio se produce en el momento en el que uno se compromete desde sus entrañas. No lo hubiera hecho nunca si esa noche al volver a casa no me hubiera dado cuenta de la libertad que nos ofrece comprometernos. Y entonces hice una declaración en voz alta en la cocina de mi casa: A partir de este momento… Yo soy la continuadora de Sofonisba Anguissola, dijo rotunda, después se llevó la copa de vino a los labios.

Brindo por tí para que esa pintora del Renacimiento te inspire en este camino que da sentido a tu vida, levanté mi copa.

 

Nada es imposible

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“¿Qué es en realidad lo que quieres, Santos?, le pregunté a una persona que vino aconsejado por su mujer, a quién el Coaching le ha ayudado a diseñar un taller de complementos con el que siempre había soñado.

“No sé… Estoy aquí por mi mujer. Tiene verdadera adoración por tí. No sé que pasa en estas Sesiones de Coaching, pero vamos que lo recomienda a todo el mundo”, respondió medio enfadado.

Entiendo que no quieres estar aquí, le dije despreocupada.

¡Mujer, tampoco es eso! Es que no tengo ni idea de qué es esto del Coaching y mi mujer se ha empeñado en que venga y lo pruebe y por eso he venido, seguía poniendo excusas a su presencia.

Por eso mismo Santos, ¿Qué es lo que quieres tú?, insistí.

Me miró descolocado y fascinado por la posibilidad que se le estaba ofreciendo, quiso asegurarse de sí realmente esa pregunta era para él- ¿Pero, qué quiero yo? ¿Te refieres a mí, a mi vida, a lo que deseo yo?, seguía atónito.

 Claro, el que ha venido es Santos, no su mujer. Cómo va a saber ella  cuáles son tus anhelos más profundos ahora mismo, afirmé.

Bueno ya, pero no sé esto no es como ir al médico. Ella ha venido para montar su negocio y como le ha ido bien, pues igual quiere que yo también le eche una mano en el negocio o que me comporte de una manera mejor y no sé cómo hacerlo… No sé, que… Vamos, que igual también me puede venir bien esto, -soltó con la cabeza agachada y abochornado.-

Lo que dices me suena a la busqueda de luz ¿Qué es? ,escuché muy atenta bajo sus palabras.

Quiero tener una vida tranquila, de disfrute, de calma, sin broncas todos los días con mi jefe, con mis compañeros de trabajo, con mi mujer, con mis padres, con mis hijos. Vamos, últimamente tengo líos hasta con el dentista…- enumeraba con vergüenza-

Si fuera una imagen eso que te impide tener una vida calmada y tranquila, ¿Cómo sería?, le pedí una metáfora para que entrara en la emoción de lo que estaba pasando. 

Como una escalera que no tiene fin, pero tiene millones y millones de peldaños y no sabes si tendrás fuerza para subirlos todos. Además, la veo tan larga en el tiempo, que me agota. Creo que no puedo subirla. -Tiró pesados los brazos al suelo. Me puse enfrente de él e hice lo mismo con mis brazos. Al darse cuenta, se llevo las manos a los bolsillos y dijo- No puedo hacerlo es demasiado largo y no sé si merece la pena.

En lo más alto de esa escalera está el premio. ¿Cómo se ve el viaje desde esta perspectiva?, le propuse.

Un leve brillo surgió de sus ojos- Desde ahí, quiero hacerlo. Sí, quiero hacerlo, repitió- Ahora, ¿Cómo voy a hacerlo?, -suspiró agobiado y temeroso-

Igual, por eso has venido al Coaching, Santos. ¿Puede ser que busques tener un acompañamiento en este viaje tan importante, pregunté con cariño.

Puede ser porque hace tiempo que mi mujer me insinuaba lo de venir a verte y fue hace dos semanas cuando me dieron la noticia de someterme a un nuevo tratamiento, cuando pensé que igual lo tenía que intentar. Ya sabes, diseñar alianzas o pactos con mis propios diablos…, se rió sarcástico.

¿Qué necesitas de mí, Santos? dije rotunda.

Cogió mis manos con fuerza y con una mirada asustada, dijo suavemente- Qué confíes en mis fortalezas, me las recuerdes y estés conmigo en este viaje, como tú dices. Sin pamplinas en esos momentos en los que querré desandar lo andado. Igual de esta manera puedo hacerlo.

Apreté, incluso, más sus manos y declaré serena: Me comprometo contigo Santos a confíar en tu fuerza, a recordártelo, a empujarte más allá de tus límites para que logres lo que sea que tengas que lograr y estaré en contigo en esos momentos. Y ya, desde ahora te digo que puedes hacerlo.

¡Lo haré! Comenzaré peldaño a peldaño a subir la escalera infinita que con…

Que conduce a un viaje que Sí, Se Puede hacer.- Le interrumpí.- El destino es imprevisible, pero te aseguro que no te faltarán emociones.

¿De quién son nuestras creencias?

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No me preguntes nada, dijo malhumorada Leo, antes de que le diera los Buenos Días y le preguntara sobre qué tema le gustaría tratar en esa Sesión.  Sólo te cuento que he vuelto a llamar a mi ex y entre una cosa y otra. Pues eso que me dejé llevar… Bueno, o nos dejamos llevar y eso… -Explicaba contorneando los ojos hacía el suelo y frotándose las manos sudorosas- Lo podía haber evitado, -Continuó- pero no sé. Igual no puedo vivir sin él, dijo con la cabeza hacía el suelo resignándose.

¿Es eso lo que crees tú Leo?, le pregunté de rodillas en frente de ella y buscando sus ojos escondidos.

Mira, cuando salgo de estas Sesiones contigo, todo me parece posible. Y me digo: No pasa nada por estar separada y tener dos hijos. Nos hacemos mucho daño y no merece la pena jugar el papel de la perfecta.  Pero luego sola me asusto, me parece que no está bien la forma en la que vivo y deseo que me suplique que vuelva con él. Si no lo hace, llamo yo, aunque le odio por toda su infidelidad, deslealtad y mal trato, pero mira, hay algo en mí que dice me casé con él y tengo que apechugar,- rompió desconsoladamente a llorar.- 

Me levanté del suelo, me senté a su lado y recurrí al humor. ¿Apechugar? Me suena como algo de pollos o gallinas.

¡Qué graciosa eres!,  levantó la vista del suelo limpiándose la nariz. Luego me miró sorprendida y se rió durante unos segundos olvidando el dolor que traía. 

 ¿Qué es lo que te ha hecho tanta gracia?, continué conn un tono inocente.

Me he imaginado a una gallina en un rincón de una sala moviendo la cabeza de un lado para otro, con los ojos sin expresión y con un cacareo programado, describía con exactitud una metáfora que le estaba llegando en ese instante.

Mi curiosidad se avivó enormemente y sin perder un segundo le pregunté. ¿Cómo suena ese cacareo?

Pues ahora que lo dices, no me viene un cacareo, es más  como un clo, clo, cla, cla, clo, clo, canturreó con un ligero movimiento de muñecas, aleteando los dedos.-

Clo, clo, clo, clo, clo, ¡Peculiar!, interrumpí muy consciente de llevarle  a profundizar en la experiencia que estaba viviendo.

Las gallinas cloquean cuando incuban huevos y cacarean el resto del tiempo, distinguió detallista.

¡Guauu! No dejas de sorprenderme. Eres muy precisa y justa Leo. A cada cosa le das el sitio que merece, reconocí sus valores y dejé que los asimilara.

He crecido en un pueblo y estas cosas eran muy obvias. Todos  los chavales sabíamos distinguir entre un cacareo y un cloqueo. ¿No has oído la expresión de la gallina está clueca? Pues viene de ahí.   Ahora, les preguntas esto a mis hijos y no tienen ni idea. Bueno, no te voy a decir que no saben que un pollo tiene plumas porque van en verano a granjas- escuelas, pero no me extrañaría que creyeran que los pollos nacen laminados en bandejas cubiertas de ‘cling film’, se lamentó por un segundo. Al mirarme se acordó del reconocimiento que le acababa de hacer y puntualizó: Claro que no sería justa sino dijera que la vida ha cambiado mucho y algunas cosas a las que dábamos importancia antes, ahora no la tienen o por lo menos no de la misma manera.

Estoy de acuerdo contigo Leo porque me cuesta mucho imaginarte echando trigo cada mañana a cinco gallinas campando a sus anchas en la terraza de esta undécima planta, donde pasas diez horas al día analizando mercados, enmarqué la diferencia de su vida con humor.

Eso sería impensable, además de ridículo y fuera de lugar. ¡Qué cosas tienes, coach!, señaló ya erguida en el sofá y con un pie adelantado.

¿Qué lo permitía antes y ahora no?, le interrogué

La vida en el campo. Antes había una economía de subsistencia, todo el mundo tenía sus gallinas, sus animales domésticos para consumo. Se hacían así las cosas y funcionaban ,o no.  Pero era así como decían que se tenía que vivir y ya está, no se cuestionaba más.

Ajá! exclamé. ¿Quién te ha dicho que apechugar con un matrimonio que te destroza es la manera como se tienen que hacer las cosas y ya está?, pregunté espontánea.

¡Uffffffff, de lo que me acabo de dar cuenta! Mi madre criticaba mucho a las mujeres que se separaban y siempre decía eso de apechugar con lo que te ha tocado. ¡Fíjate!  35 años después estoy reproduciendo su mismo patrón. Cómo es posible si no tiene nada que ver la vida que tuvo mi madre con la mía, advirtió afligida.

Los niños son los mejores aprendices de los padres y adoptamos estados bases, patronos o creencias desde pequeños, al crecer, a veces los soltamos porque no son nuestros y nos impiden tener la vida que queremos tener, pero la mayoría de las veces no somos conscientes de ellos y ya ves que estragos.

Verlo tan claro ahora me asusta, no sólo por mi dependencia emocional sino porque me hace pensar en cuánto estaré condicionando yo a mis hijos. ¿Verdad?

 Es inevitable, somos sus referentes, pero eso no impide para que les dejemos mucho espacio para que sean ellos mismos, desarrollen su creatividad, y su potencial. Hay muchas herramientas y habilidades para cambiar las relaciones de padres a hijos hacía lugares más mágicos. Así lo acabo de aprender en el curso de Parentology con Gonan Premfors. (www.parentologycourse.com//  www.augere.es )