Don Alfonso, una personalidad de la Campania italiana.

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La Costiera Amalfitana y el Golfo de Nápoles dan mucho que hablar pero después de un magnífico viaje quiero hacer mi primer post de esta zona sobre el gran restaurante Don Alfonso 1890 .

“Desde pequeño tenía el sueño de montar un restaurante especial,  algo único”.  Estas son las palabras de un viejo amigo de Alfonso Iaccarino que nos encontramos, por casualidad, al final del viaje.

Y lo consiguió. En 1980, Alfonso Iaccarino cerró la parte hotelera del negocio que regentaba su familia y se centró en el restaurante al que llamó Don Alfonso, en honor a su abuelo. Hoy día, es un grandísimo restaurante en un pueblecito de la península de Sorrento, reconocido como uno de los mejores de Italia. Pero, sobre todo, es un restaurante familiar, con alma, en el que todos los miembros de la familia trabajan (y mucho) y te hacen sentir como si estuvieras en casa.

 

El restaurante

Livia, su mujer, se encarga de la decoración que está cuidada hasta el mínimo detalle y en la sala es la que mejor describe cada plato. Mario, su hijo mayor, lleva la sala con maestría y con gracia. Ernesto sigue los pasos de su padre en la cocina y, poco a poco, su padre le sigue a él. Además, todos ayudan para que los restaurantes de Marrakech, Macao y el recién inaugurado de Roma sean siempre un éxito.

 

El jardín de Don Alfonso 1890

La cocina es una oda constante al producto con el toque genial de los Iaccarino. Muchos de ellos cultivados en su finca ecológica de Punta Campanella, en la que Alfonso pasa horas todas las mañanas.

En el menú, un impecable soufflé de mozzarella (dificilísimo de elaborar por la cantidad de agua que contiene este queso) seguido del plato favorito de la “nonna”, un clásico. Los Paccheri (cilindros huecos de pasta) con guisantes y judías verdes y el atún blanco rebozado en pistachos, un plato espectacular, entre otros.

 

Soufflé de Mozzarella con puré de tomate y orégano

Taco de atún blanco con pistachos

Después de cenar, lo ideal es tomar un limoncello de elaboración propia o probar una grappa de su colección única.

Hace unos pocos años, en su afán constante por crecer y mejorar, construyeron unas suites encima del restaurante para que la experiencia fuera completa. Y no se equivocaron, por dos motivos: salir de Sant’Agata sui Due Golfi puede ser una odisea después de una larga cena y, en segundo lugar, el desayuno es un imprescindible. Panes, mermeladas, mantequilla y bollería hecha en casa, zumos preparados con frutas de su finca…

 

Magnífico desayuno

¿Convencidos? Realmente merece la pena.

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