JIMENA MENÉNDEZ-PIDAL

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Jimena Menéndez-Pidal simboliza como pocos la vocación, la entrega y la fe irrenunciable en el valor transformador de la educación. Hija de Ramón Menéndez-Pidal y de María Goyri, pertenece a una generación de mujeres comprometidas con su tiempo y convencidas de que podían participar en primera línea en el proyecto de modernización de España republicana. De ellas, Victoria Kent y Clara Campoamor en la política o Josefina Carabias -autora de una maravillosa biografía sobre Azaña titulada Los que le llamamos Don Manuel- en el periodismo, son especialmente conocidas. Pero también hay destacadas científicas como Jenara Vicente Arnal, Teresa Toral, Piedad de la Cierva, Dorotea Barnés, Teresa Salazar o Carlota Rodríguez, que destacaron en el Instituto Nacional de Física y Química. O María Moliner, María Casares o Consuelo Gutiérrez del Arroyo en las Humanidades. Tampoco puede olvidarse la obra educadora de María Sanchez Arbós. Un ambiente culto, ilustrado, soñador y generoso al que se incorporó Jimena, que fue alumna de Giner en la Institución Libre de Enseñanza.
Jimena Menéndez-Pidal fue profesora en el Instituto-Escuela, donde llegó a dirigir su innovadora Sección de Párvulos. El Instituto-Escuela había sido creado en 1918, siendo Santiago Alba ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes. Fue uno de los logros más certeros del movimiento educativo renovador que, con el impulso de Giner, Cossío y Castillejo desde la Institución Libre de Enseñanza, la Junta para la ampliación de estudios y la Residencia de Estudiantes se extendía por toda España. El Instituto-Escuela fue una obra educativa mimada por los gobernantes republicanos que -una paradoja de la vida- alcanzó su madurez en 1936, antes de ser suprimido y erradicado del patrimonio educativo español.
Pero el nombre de Jimena Menéndez-Pidal está asociado sobre todo a la creación del Colegio-Estudio, un hecho extraordinario en el ambiente asfixiante y totalitario de la España de 1940. Durante sus primeros decenios de vida fue una esperanza a la que asirse en la educación de niños y adolescentes. La libertad y la tolerancia, el respeto por la ciencia y la independencia del pensamiento, la creatividad y el amor por el trabajo bien hecho o la educación conjunta de niños y niñas son reflejo de Jimena Menéndez-Pidal, que contó con Ángeles Gasset y Carmen García del Diestro como imprescindibles colaboradoras en su proyecto educativo, que no pretendía otra cosa sino preservar en el ámbito de lo privado sus desvelos pedagógicos de juventud en la educación pública.

JULES FERRY

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François Hollande rindió un cálido homenaje a Jules Ferry en su toma de posesión como Presidente de la República Francesa en mayo del año pasado. Ferry es el impulsor de las leyes que dieron vida a la escuela francesa, gratuita, laica y obligatoria. Esa reputada escuela que constituye uno de los pilares esenciales de la República en Francia. La escuela entendida como un lugar de libertad, un lugar de emancipación y un lugar de igualdad, en palabras de François Hollande. ¿Qué destacó en la obra de Jules Ferry? Fue un político que contribuyó decisivamente a la llegada del régimen republicano tras la caída de Napoleón III, se opuso a las ideas reaccionarias de Mac-Mahon, tuvo sonados enfrentamientos con Clemenceau y ocupó importantes cargos gubernamentales, entre ellos el de ministro de Instrucción Pública y de presidente del Consejo de Ministros. Junto al gran valor de sus aportaciones sociales, Ferry tuvo una actitud reprochable a favor de la colonización, una posición racista que acompaña como una lacra su recuerdo.
Gracias al impulso político de Jules Ferry se aprobó la gratuidad de la enseñanza en junio de 1881, la escolarización obligatoria entre los seis y los trece años y la laicidad de la educación en marzo de 1882. Ferry venció la resistencia católica a renunciar a su influencia en la educación pública. Otra creación suya fueron las llamadas Escuelas normales para la formación de maestros laicos. Su obra política se orientó fundamentalmente a la extensión de las libertades ciudadanas y fue más allá de la educación. A él se deben las leyes del divorcio, de la libertad de prensa, de reunión y asociación y de libertades sindicales.
Ferry fue un avanzado a su época en asuntos educativos cruciales. Uno de ellos es su visión de la formación de los educadores. Considera Ferry que no basta con que acumulen conocimientos, sino que deben formarse asimismo en las metodologías educativas que han de emplear. Dice Ferry “car savoir est un chose, enseigner ce qu´on sait est une chose bien plus difficile. On peut être un bachelier très éminent et cependant être un très mauvais maître d`école. Cette nécessité d`une préparation tout professionnelle est manifeste pour ces délicates fonctions”. En su discurso de mayo pasado, a propósito de Ferry, Hollande reclamó una nueva jerarquía de valores en la que “la science, l´intelligence, la recherche, la volonté d´apprendre et de transmettre” deben situarse “bien davantage que l`argent”.

WILHELM VON HUMBOLDT

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La universidad moderna se identifica con la universidad humboldtiana. Este calificativo proviene del nombre del creador de la universidad de Berlín, Wilhelm von Humboldt, en 1810. Es el modelo de referencia para una institución de educación superior que aspire a la excelencia académica. La universidad humboldtiana se funda esencialmente en dos principios: que sea autónoma en su quehacer y que sea, a la vez, docente e investigadora. Humboldt estableció las bases de la que, ahora, se denomina universidad de investigación. La universidad que él creó, a comienzos del siglo XIX, cambió a mediados del siglo XX de nombre en su honor, pasando a denominarse Universidad Humboldt de Berlín.
Los hermanos Humboldt, Wilhelm y Alexander, contribuyeron de manera gigantesca al avance de la ciencia y la educación en su tiempo. Alexander era naturalista; se interesó por el clima, la flora y la fauna de diversas regiones de la Tierra, y contribuyó al progreso con grandes descubrimientos, gracias a su participación en expediciones científicas por el continente americano. Su obra Cosmos es un reflejo de su vasta cultura enciclopédica. Wilhelm orientó, por el contrario, sus estudios y su interés intelectual a la educación y al estudio de las lenguas. Su participación en la política le permitió llevar a la práctica sus ideas. Como responsable educativo, creó la aludida universidad de Berlín, aunque al cabo de un tiempo abandonó el cargo ante las limitaciones a las que sometían otros políticos su actividad reformadora. También participó en los trabajos del Congreso de Viena pero acabó enfrentado con Metternich, pues los principios y las actitudes liberales de Humboldt apenas tenían cabida en aquel ambiente dominado por el absolutismo.
Wilhelm von Humboldt creía en el valor transformador de la educación, la entendía como un medio para asegurar una vida digna al hombre. Decía que la educación, la sabiduría y la virtud tenían que ser lo más amplias posibles. En un informe que envió en diciembre de 1809 al rey de Prusia afirmaba que “una cierta educación del espíritu y del carácter no deben faltar a nadie. Sólo es un buen obrero… aquél que es… un hombre y un ciudadano bueno, decente e ilustrado según sus posibilidades. Dadle educación escolar… para ello.” Centraba Humboldt la educación universitaria en el alumno y propugnaba que éste llevase a cabo la investigación por su cuenta y que el profesor la supervisase y apoyase. ¿No es acaso ésa la educación activa?

MANUEL BARTOLOMÉ COSSÍO

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Si alguien puede ser considerado el paradigma del educador, ese es Manuel Bartolomé Cossío. Pocos docentes, acaso ninguno, han suscitado tanto respeto como él. Alumno aventajado de Giner desde la primera hora –ayudante suyo a partir del año siguiente de la creación de la Institución Libre de Enseñanza- y responsable de la transformación de los nobles pensamientos ginerianos en realizaciones prácticas. Catedrático, primero, de teoría de la Historia del Arte en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona y, después, de Pedagogía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, su obra fue inmensa. Trabajó como ayudante de Giner, primero, y desde 1.915, tras la muerte del Maestro, asumió el liderazgo de la Institución. Fue director del Museo Pedagógico Nacional; las Misiones Pedagógicas fueron, también, creación suya, acaso su aporte más querido y de impacto social.
El eco en su tiempo del pensamiento y la obra de Cossío se tradujo en su nombramiento como Ciudadano de Honor de la República en 1.934. Incluso, tras una fugaz experiencia como diputado, elegido en octubre de 1.931 por la conjunción republicano socialista –derrotó en aquella contienda electoral a José Antonio Primo de Rivera, candidato de la derecha, al que dobló en número de votos- recibió el ofrecimiento de ser el primer Presidente de la República. Lo declinó, tras recibir la visita de Lerroux, y afirmó que “no era en mí en quien se pensaba: en mí que soy contemplativo, sino en “esto”, en la dinámica de esta casa, que ha lanzado una generación de hombres inteligentes sobre el ámbito de España”.
“Dadme un buen maestro y él improvisará el local de la escuela sin falta, él inventará el material de enseñanza, él hará que la asistencia sea perfecta: pero dadle a su vez la consideración que merece”, afirmó Cossío en el Congreso Pedagógico de 1.882. Ahí está contenida una parte importante de su visión educativa, tan denostada por los sectores más reaccionarios de la sociedad española de la época. La lectura de De su jornada o de El Maestro, la Escuela y el material de enseñanza emociona y da aliento a quien esté empeñado en hacer progresar la educación. En esta última dice “formad maestros; aumentad los maestros; gastad, gastad en los maestros”. Bien les valdría a los actuales responsables políticos de la educación que leyesen, y releyesen, de manera sistemática a Cossío, y, sobre todo, aprendiesen de él.

JACQUES DELORS

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Conocí personalmente a Delors el día de su doctorado Honoris Causa por la Universidad de Salamanca. En aquella época era yo secretario general del consejo de universidades y el rector Ignacio Berdugo tuvo conmigo un detalle impagable. Me sentó al lado de Delors en la comida. Tras saludarnos le dije: “el rector me ha hecho hoy, que es mi cumpleaños, el mejor de los regalos, me permite compartir mesa con usted. Supongo que todos le hablan de Europa, y yo no quiero cansarle insistiendo más en el tema”. Fue aquella una conversación larga que el tiempo no ha borrado de mi memoria. Hablamos de París y de amigos comunes que se dedicaban a los modelos matemáticos aplicables a los problemas de la economía. Sus palabras estaban llenas de sabiduría. Tenía la extraordinaria virtud de escuchar a su interlocutor.
Jacques Delors fue ministro de economía y finanzas con Mitterrand y diputado del Parlamento europeo, pero lo que le consagró como un referente esencial para los europeístas fue su fértil presidencia de la Comisión Europea desde 1985 hasta 1995. No solo resolvía problemas cotidianos sino que reflexionaba sobre el futuro de Europa y, posteriormente, convertía su pensamiento en acción. En 1993, publicó un libro blanco sobre “Crecimiento, competitividad y empleo. Retos y pistas para el siglo XXI”, que contenía una visión del futuro colectivo de los europeos que ahora añoramos.
En 1996 publicó Delors su obra más conocida por los educadores: “La educación encierra un tesoro”, un informe elaborado para la UNESCO por una comisión internacional presidida por él. En ella se describen los cuatro pilares de la educación, que tanto impacto han tenido desde entonces: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser. El gran salto adelante educativo de Delors consiste en no limitarse al conocimiento, el primero de los aprendizajes a los que alude, sino ocuparse de su aplicación, de la convivencia, sobre todo con los que son diferentes, y de la madurez personal. Conocer sí, pero también entender la educación más allá de los límites académicos.
El pensamiento de Delors es rompedor, visionario, futurista, propio de un educador de primera magnitud. Y, de un modo singular, es un horizonte al que llegar. Las ideas de Delors son mucho más eficaces y transformadoras para la construcción de Europa que todas las presuntas ortodoxias financieras con las que algunos pretenden someter a los pueblos europeos.

WILLIAM ROGERS

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El prestigio del Massachusetts Institute of Technology es muy grande. Nadie niega la relevancia académica y científica del MIT, como se le conoce popularmente. En los rankings internacionales de universidades ocupa siempre uno de los primeros lugares. En que haya llegado a su excelencia actual, al cabo de 150 años, tiene mucho que ver con el impulso inicial que le dio William Rogers, su fundador. Supo Rogers transmitirle un élan vital, como lo denominaría Henri Bergson, extraordinario. La huella que deja el fundador de una institución, si es clarividente y sabe adelantarse a su tiempo, marca para bien toda su vida.
La vida de William Rogers es la de un científico y un educador a la vez. Sus trabajos en geología fueron relevantes. Fue previamente profesor en la Universidad de Virginia hasta 1853, año en el que se trasladó a Boston, ya conocida como la Atenas de América.
Desde su primer curso, los métodos educativos empleados en el MIT, siguiendo la iniciativa de Rogers, no ponían el acento en el aprendizaje memorístico ni en libros de texto, sino en el aprendizaje en los laboratorios, las prácticas externas y las excursiones. Es extraordinario que en 1861 sus cuatro principios fundamentales consistieran en el valor educativo de la aplicación de los conocimientos, la responsabilidad social, el aprendizaje activo y la combinación de la educación profesional con la educación liberal. William Rogers pretendía que el MIT fuese “un lugar hecho para jóvenes que deseasen aplicar los frutos de los descubrimientos científicos a la satisfacción de los deseos humanos”.
¿Han permanecido inalterables esas ideas iniciales? En 1947 se reexaminaron. Junto a la reafirmación de las mismas, en el denominado Lewis report, la institución decidió que las humanidades ocupasen una posición educativa destacada y que la carga de trabajo de los alumnos no fuese tan grande que les cercenase la reflexión y el afán de superación personal. Más cerca de nuestros días, hace apenas un decenio, el MIT incorporó nuevos principios como la visión académica integrada con la investigación y la interacción con la sociedad; la diversidad; y la curiosidad y el entusiasmo como características esenciales de la formación.
¿Qué lecciones podemos extraer de la historia educativa del MIT? Muchas, pero quiero destacar una: el respeto permanente por la obra bien hecha y la constancia que se necesita para convertir unos buenos principios en unos buenos resultados. Discusión intelectual, mucha; negación por apriorismos dogmáticos, ninguna.

SAINT SIMON

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La biografía de Claude Henri de Rouvroy, más conocido como conde de Saint Simon, es la historia de una vida plena e intensa. Apasionado. Soñador. Comprometido con su tiempo y con las ideas de la Revolución Francesa, hasta el extremo de cambiar su aristocrático apellido por Bonhomme. Convencido de sus capacidades y deseoso de mejorar la humanidad con cada uno de sus actos desde su primera juventud. Siendo adolescente, aún no había puesto en peligro las comodidades heredadas, hacía que le despertasen diciéndole: “levántese, señor conde, tiene usted grandes cosas que hacer”. Compartió vivencias e ideas con otros ilustres pensadores de su tiempo, como Auguste Comte, Augustin Thierry o Prosper Enfantin. Autor prolífico, son conocidas sus obras De la Réorganisation de la Societé européenne, L´Industrie y Le Nouveau Christianisme, influyó en pensadores posteriores como Engels y Marx. La pasión nunca le abandonó. Se cuenta que, en su lecho de muerte, le dijo a otro conocido discípulo suyo, Benjamin Olinde Rodrigues: “recuerda que para hacer algo grande debes ser apasionado”.
Saint Simon veía en la ciencia y la tecnología la solución de la mayoría de los problemas de su tiempo. Y veía en la industrialización el futuro del mundo. Como hijo de la Revolución, admiró la ciencia y se identificó con el pensamiento racional. En el periódico L´Organisateur, que él promovía, llegó a afirmar que “si Francia perdiera sus principales físicos, químicos, banqueros, negociantes, agricultores, herreros, etcétera, sería un cuerpo sin alma; en cambio, si perdiera a todos los hombres considerados más importantes del Estado, el hecho no reportaría más pena que la sentimental”. Para Saint Simon la educación constituye el elemento esencial de la transformación social. La educación que no la instrucción, pues distingue entre ambas e incluso llega a contraponerlas. Para él lo verdaderamente importante es educar en hábitos, desarrollar sentimientos, saber comportarse coherentemente con los principios de conducta adquiridos y estar dispuesto siempre a seguir aprendiendo.
La importancia que atribuye Saint Simon a la educación como fuente de liberación del individuo es un valor que trasciende su tiempo y llega hasta nosotros. El sentido esencial de la educación se halla en la creación personal frente al utilitarismo de la instrucción o enseñanza pasiva mediante la memorización de los conocimientos generados por otros. En ello influyen decisivamente los métodos educativos que se emplean y las razones últimas, o las motivaciones, del aprendizaje. Así era entonces y así es ahora.

PUNTO Y APARTE

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El pesimismo y los malos augurios dominan el curso recién estrenado. Las noticias que recogen los medios de comunicación hablan de recortes, dificultades presupuestarias y problemas de toda índole. Si hubiese que elegir un verbo para reflejar el estado de ánimo de muchos universitarios éste sería resistir. Resistir ante la mala deriva que lleva la política universitaria. Pero yo no quiero aquí, en este blog quincenal, quedarme en la queja y el lamento, esperar pasivamente a que los nubarrones oscuros pasen y que se abra un nuevo horizonte. Insistir en las mismas penas, aunque sea la insistencia justificada y muchas las razones para ella, si no se hace nada más, puede cansar. Miguel Hernández, en un soneto decía: “Yo sé que ver a un triste enfada/cuando se viene y se va de la alegría/como un mar meridiano a una bahía/a una región esquiva y desolada”.
Por ello, quiero hacer un punto y aparte. Buscar un nuevo horizonte, ayudar a construir y ser más pedagógico. Como corresponde al espíritu progresista que reivindico, de hacer más que deshacer. La educación no solo se basa en ideas. También en ejemplos. De ahí que cambie el nombre del blog y sus contenidos. En adelante, la cabecera será Galería de Educadores y se ocupará en cada entrega de uno de ellos. Pretendo traer a este rincón de lectura personas ejemplares y comprometidas, ilustres por sus ideas y por lo que hicieron. Cada uno dará su lección: con su pensamiento, con su acción política y cívica, con su modo de hacer que la educación sea el más poderoso instrumento de transformación social. La influencia de lo que han hecho, pensado y escrito Henri Saint-Simon, Williams Rogers, Jacques Delors, Jean Piaget, Manuel Bartolomé Cossío, Alexander Von Humboldt, Jules Ferry, Fernando de los Ríos, Jimena Menéndez Pidal, Célestin Freinet, Francisco Giner y otros más ocuparán las sucesivas entregas quincenales.
No es casual ni ocioso estudiar la huella de ciudadanos tan comprometidos con su tiempo, y hacer una lectura actual de su visión de la educación. Importa saber cómo se preocuparon más del grano que de la paja, y cómo su misión educadora supera el olvido que impone frecuentemente el paso del tiempo. Bien vale hacerlo ahora que tanto necio y tanto tecnócrata ponen el acento en lo que representa mandar y se interesan sobre todo en elaborar normas, reglamentos y leyes a través de las cuales pretenden perdurar.

CASABLANCA

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Es mi película. La he visto muchas veces. No me canso de verla, doblada o en versión original. Pienso seguir viéndola más veces, pues siempre descubro algún nuevo detalle. Los personajes son maravillosos. La relación de Ingrid con Bogart representa, a mi juicio, la mejor obra de arte de la historia del cine.
Pero no sólo Casablanca es emoción, o suspense, por un final que se improvisó sobre la marcha. Los valores de la humanidad están vivos en ella, impregnan sus escenas. Las razones por las que merece la pena vivir y luchar constituyen su esencia. Emergen con una grandeza inigualable en un tiempo dramático, cuando la democracia peligraba ante el fascismo, y tener ideales significaba estar en peligro. El compromiso de Víctor Laszlo y la renuncia de Humphrey, que antepone el triunfo de los valores en los que había creído –y seguía creyendo aunque los negase con un cierto cinismo- a su felicidad personal, perfilan una historia maravillosa y universal. Casablanca tiene ya 70 años de vida, y su tema ni está pasado ni es nostálgico. Tal como va nuestro mundo, el mensaje de esa película es válido también hoy, e incluso goza de actualidad. Especuladores financieros, políticos que se aprovechan de las dificultades económicas para implantar las medidas más reaccionarias que cabía imaginar, y que antes no se atrevían a imponer. Pillos, truhanes, oportunistas, trileros y vividores por cuenta ajena, desfilan todos los días por los medios de comunicación. Sus trampas y fechorías son permanente noticia. En Casablanca había un Ugarte, pero en nuestros días las calles están pobladas de esos vividores. Ante tanto daño a los colectivos, ante tanto egoísmo e insensibilidad, cuando veo Casablanca veo una lección de futuro y una razón para creer que el mañana no tiene por qué ser tan malo como el hoy.
En la campaña electoral de 1992, se popularizó una frase que Bill Clinton le dijo a George Bush: “it’s the economy, stupid”. Para atajar muchos de los males que afectan a la sociedad española actual puede trazarse un paralelismo con esa idea. Según el documento que envió recientemente a Bruselas, el Gobierno español prevé que los ajustes representarán una reducción del gasto público en educación del 4,9% del PIB, que era en 2010, al 3,9% en 2015, con un recorte de 10.000 millones en 5 años. Por ese camino vamos mal, muy mal, así no encontraremos la salida del laberinto actual. Los valores de Casablanca, el compromiso con un mundo mejor, la cohesión social y muchas otras facetas de un proyecto de futuro mejor están, y estarán, basados en el progreso de la educación. Aquí y ahora, habría que reinterpretar el pensamiento de Clinton diciendo: “¡es la educación, estúpido!”

SUSPENSO

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El tiempo universitario está lleno de negros nubarrones. No sólo por los recortes presupuestarios. Hay más. Un lenguaje rancio, trasnochado y poco sensible se abre paso. Ideas educativas que el avance de los tiempos había arrumbado vuelven a esgrimirse como determinantes de la acción educativa de los gobiernos. Sin pudor, levantan nuevas barreras que hacen más difícil que los humildes accedan al conocimiento, o desprecian el esfuerzo de los universitarios.
Los exámenes, los suspensos, la insensibilidad con las aspiraciones de los jóvenes, ganan terreno. Frente a esta vuelta a un pasado peor se pueden contraponer muchas razones. Una de ellas se halla en el propio tiempo pretérito: la lectura de los clásicos que se preocuparon por hacer progresar la educación en su tiempo. Uno de ellos fue Francisco Giner de los Ríos. Ante las ideas retrógradas que reverenciaban los exámenes, Giner los calificaba de funestos, pues perturban las relaciones personales del maestro y el discípulo “que versan sobre el trabajo y el estudio, y son, por tanto, de solidaridad y de cooperación”. Abogaba por quitar importancia a “lo que hoy se llama saber la asignatura (cantidad de pormenores de memoria según un programa y un texto)” y dársela “a la solidez y profundidad en el estudio personal de uno o varios problemas”.
Desde las posiciones conservadoras gobernantes se suele descalificar a los jóvenes, tildándolos de abúlicos o indolentes, cuando no de vagos. Nada más injusto con la actual juventud. Hace más de cien años, decía Giner que “se suele oír, con demasiada frecuencia, que la juventud no es amiga del estudio”. Por el contrario, añadía que la experiencia la muestra “trabajando, leyendo, estudiando con afán, horas y horas…pero sólo las cosas que le llegan adentro”. ¡Qué mejor argumento para justificar la bondad de la educación activa y los métodos pedagógicos que combinen actividades y trabajos diversos, y que la evaluación se fundamente en su realización!
También Giner aludía a que “espíritus pesimistas…piensan si sería bueno reducir las universidades, y hasta suprimirlas todas, enviando a un gran número de estudiantes al extranjero; a los demás a sus casas para tomar oficios manuales y aguardar mejores tiempos, mayores medios para reorganizarlas…Ningún pueblo moderno parece haber tomado en serio este camino”. ¿Le parece actual al lector esta cita de Giner? Ante el cúmulo de ideas obsoletas o insolidarias, que se exponen desde el poder político, es obligado recordar la opinión de los ciudadanos sobre esos gobernantes. En una encuesta reciente, dan el suspenso más rotundo al responsable de la educación en nuestro país. Aunque no guste hablar en estos términos, parece que los méritos acumulados tienen una calificación ajustada. ¿Cuánto queda para escuchar alguna loa sobre la afirmación “la letra con sangre entra”?