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Libro (electrónico) cerrado. Libro (electrónico) abierto.

20 jun 2012 - 9:31 por .
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Tengo un lector digital desde hace algo más de un año. Un Nook de Barnes & Noble. Lo compré en Nueva York, de pura casualidad. Entré en su establecimiento de la 5ª Avenida para curiosear las novedades y me encontré con una oferta irresistible. Desde entonces no he parado de usarlo. Pero, como yo no leo mucha actualidad y sí mucho título más o menos clásico, aún no me había comprado ningún libro electrónico.

Salvo el otro día, que intenté comprarme uno.

Uno, además, escrito por mi.

Quería regalarlo a un amigo. Y quería regalarlo dedicado. Y para ello, no sólo necesitaba el archivo, sino que también tenía que tener acceso al código.

Así que entre en una reconocida tienda online, diligente rellené los datos obligatorios de la pasarela de pago e ilusionado pulsé el botón de comprar. Pero, primera sorpresa, lo que bajó no era el libro, sino, cosas de la gestión de derechos digitales (Digital Rights Management, DRM), a las que estaba obligado por contrato editorial, que lo bajó era un enlace de descarga. Un enlace de descarga que, además, me obligaba a instalar un gestor de libros electrónicos propietario. Obediente, o resignado, hice lo que me mandaban: instalé el Adobe Digital Editions (ADE) y, por fin, tras cargar el enlace que había comprado, conseguí descargar mi propio libro.

Primera conclusión: Si este es el proceso habitual de compra de epubs con DRM, lo raro no es que se vendan pocos, lo raro es que se venda alguno.

En teoría, una vez descargado ADE, ya no tendría que volver a pasar el mismo proceso. Bastaría con abrir el programa y añadir los enlaces de descarga. Pero no todo es tan fácil. Ahora tenía dos gestores de bibliotecas digitales: Calibre, que es la que siempre he usado y en el que tengo más de 500 títulos leídos, con subrayados, notas y destacados; y Adobe Digital Editions, en la que sólo tenía un archivo. Y, para colmo, no son compatibles. Calibre no es capaz de gestionar archivos con DRM como el de mi libro. Si no quería tener dos gestores, tenía que optar por uno u otro.

Era, para entendernos, como si la industria del libro físico obligara al lector no sólo a comprar los títulos de una determinada manera, sino, también, a almacenarlos en estanterías predefinidas por la propia industria.

Segunda conclusión: La gestión de archivos con DRM obliga a que todo el proceso sea propietario. Lo que supone que es el usuario el que debe adaptarse a las exigencias de la industria y no al revés.

Pero no todo acaba ahí. Yo ya me había leído mi libro, ahora quería dedicarlo. Se trataba, simplemente, de añadir una frase en cualquiera de las páginas de cortesía del libro. Y como no hay otra forma de hacerlo que desde el código, lo cargué en Sigil, el editor de HTML para ebooks. Pero, otra vez el DRM, no podía.

Reconozco que me harté.

Tenía dos opciones. O abrir Torrent, sí, todo está ahí, mis otros libros también. Afortunadamente. O reventar el DRM.

Opté por la segunda. Total, ya tenía el archivo y aprendería algo nuevo. Bastó una búsqueda en Google que me llevó a Boing Boing que me llevó hasta el juego de herramientas definitivo para desencriptar el DRM de un epub. Para todos los formatos. Para todos los libros electrónicos. Por el mismo esfuerzo, y mismo número de clics, que había dedicado a instalar ADE había conseguido librarme de los DRM.

Una vez desprotegido, escribí la dedicatoria, salvé el archivo y lo envié. Y mi amigo, claro, encantado.

Yo había ganado, pero no pude evitar quedarme con un sabor agridulce. Es cierto que liberar un libro es relativamente sencillo, de hecho, no es difícil encontrar cualquier libro sin DRM en alguna red P2P. Por lo que esa supuesta protección es bastante inútil, más para tranquilizar la conciencia de las editoriales que para evitar su libre distribución. Luego ese no puedo ser el único objetivo del DRM.

Tercera conclusión: El DRM no sólo protege al libro, y a su autor, de la supuesta copia; el DRM protege al libro, y a su autor, de la modificación.

El DRM convierte el libro electrónico en un objeto estático, como su hermano de papel. Impidiendo al lector el acceso al código impedimos que el lector haga suyo definitivamente. Más allá de copyrights, evitando que el lector tenga acceso al HTML, pretendemos conservar una idea de obra cerrada, decimonónica (y no en los términos que definía Umberto Eco, precisamente). El DRM es un monumento a una idea de obra, y de autor, inamovibles. Monolíticos. Y, a pesar de que para muchos autores la mera idea de que otra persona pueda modificar su obra es casi, o sin casi, una blasfemia, y de que, sorprendentemente, muchos lectores jamás cambiarían una coma de su autor favorito, fue así, mediante aportaciones anónimas revisadas por otros autores anónimos, como fueron creadas obras como la Wikipedia. O la Odisea. O la Biblia.

(Para los más curiosos, el amigo es Albert Cuesta. Y el libro es Clon)

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imagen: Defective by Design

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