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El efecto red

29 may 2012 - 16:30 por .
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El otro día Albert tuiteaba:

- Me dicen “Te lo consulto y te lo mando por WhatsApp”
- Respondo “No utilizo WhatsApp”
- (Silencio)

Muchos, si no todos, nos hemos enfrentado a ese silencio. Un silencio que en realidad es como un grito, una demanda, una exigencia: “¡No me lo puedo creer!”, parece que sería su colofón. Pero también es un grito desesperado, de decepción, de desilusión: “Entonces, no juegas conmigo”, como si fueran un juguete roto.

Y es que, detrás de ese silencio, se esconde la ruptura de eso que los economistas denominan el “efecto red”. O, más técnico, “se denominan externalidades de red a los efectos que hacen que el valor de un producto o servicio para un usuario dependa no sólo del producto o servicio en sí mismo, sino del número de usuarios que lo utilicen.” O, menos técnico, eso que te has comprado no vale casi nada –ni para casi nada– si yo no me compro uno. El epítome clásico es esa ‘externalidad’ llamada teléfono, el fijo, con su cable de toda la vida. Es obvio que cuantos más usuarios había de teléfono, más útil –más valioso– era. Su valor era directamente proporcional a la extensión de la red de usuarios. El teléfono, si bien es muy útil cuando puedes llamar al teléfono de la esperanza, lo es mucho más cuando puedes llamar a tus amigos para contarlo.

Es una especie de lógica piramidal de éxito demostrado. Yo, y muchos como yo, no he dejado de tener teléfono fijo hasta que existió otra ‘externalidad’ capaz de sumarse a la red y aportar otros nuevos usos: el móvil. Hoy, casi todos los nuevos productos y servicios móviles están construidos sobre un Business Plan basado en el “efecto red”. La eclosión de las redes sociales son otro buen ejemplo. El valor de Facebook y Twitter se multiplica exponencialmente en función de los usuarios. O WhatsApp. O Apalabrados.

Pero el “efecto red” no sólo tiene aplicaciones económicas. Quién no ha querido a provocar un “efecto red”: todos, de pequeños, hemos jugado con los amigos a pararnos en una esquina y señalar hacia el cielo con la intención de congregar una multitud de curiosos mirando hacia arriba. Que lo consiguiéramos o no es otra cosa. Otro ejemplo de “efecto red” es el siguiente video: un chaval con ganas de baile es capaz reunir a varios cientos de bailones en un festival de música:

Lo he sacado de aquí.

Más allá de festivales, el “efecto red” también tiene su lado oscuro. Dos, fundamentalmente.

El primero ha sido estudiado por los propios economistas. De hecho, se considera que el “efecto red” es un fallo del mercado: el éxito o el fracaso de un bien o servicio sometido al “efecto red” no depende de los beneficios que, para el usuario, ofrece dicho producto: una tecnología deficiente con una base mayor de usuarios puede desterrar a otras más eficientes pero con menor penetración. Algo que quizá les suene a quienes han padecido durante años la Pantalla Azul de la Muerte.

El segundo, más perverso, es ese silencio provocado en la persona defraudada cuando descubre la ruptura del “efecto red”. Un silencio muy expresivo. Porque, por un lado, manifiesta su decepción puesto que hemos devaluado la inversión que ha hecho en esa tecnología. Si no compartimos ‘externalidad’, esa ‘externalidad’ deja de tener sentido. Y, por otro, su tranferencia psicoanalítica: un intento de culpabilizar a quienes no han caído en esa red. Un silencio que es una amenza de exclusión digital.

Un silencio que, como cuando era chiquillo y miraba con los amigos hacia el cielo, a mi me encanta provocar.

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