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El dilema de la electrónica barata

13 feb 2012 - 10:18 por .

Hace unos días, un reportaje del New York Times agitó la industria de la electrónica de consumo al centrarse en las tragedias y las condiciones laborales en Foxconn, la empresa china de electrónica que fabrica los iPhones de Apple. En él se describían el exceso de horas extras, el hacinamiento de los trabajadores en los dormitorios, la eliminación indebida de los residuos nocivos y las condiciones de trabajo insalubres.

Tales revelaciones han horrorizado a muchos fans de Apple -y han dado alas a muchos detractores de Apple. Se han puesto en marcha campañas de protesta y los foros de comentarios bullen de actividad. Usuarios indignados se han manifestado en seis de las principales tiendas de Apple, incluida la recién inaugurada en la estación Grand Central de Nueva York.

Tanto el artículo como la respuesta al mismo son saludables. Nadie quiere que se explote a los trabajadores, y si Apple puede presionar a Foxconn para que cambie su actitud, debe hacerlo.

Apple es el emblema de las condiciones existentes en la fábrica de Foxconn, y no es extraño: es la más rentable de las empresas de electrónica. Por eso es un blanco grande, espectacular. No obstante, en la conversación se acostumbra a ignorar un factor importante, aunque sí se mencionaba en el reportaje: Apple no es la única empresa que fabrica productos electrónicos en las factorías chinas. Lo cierto es que casi todas lo hacen.

Los demás clientes de Foxconn son el ‘quién es quién’ de la electrónica popular. Producen teléfonos móviles, televisores, ordenadores, lectores de e-libros, enrutadores, placas de circuito impreso y consolas de videojuegos, entre otros. Algunos de ellos son Amazon, Barnes & Noble, Asus, Hewlett-Packard, Dell, Intel, IBM, Lenovo, Microsoft, Motorola, Netgear, Nintendo, Nokia, Panasonic, Samsung, Sharp, Sony y Vizio.

Y ésos son sólo los de Foxconn. Existen otros grandes fabricantes chinos de electrónica.

Como indica el reportaje del Times, “se han documentado condiciones de trabajo miserables en factorías que fabrican productos para Dell, Hewlett-Packard, IBM, Lenovo, Motorola, Nokia, Sony y Toshiba, entre otros”.

Se puede afirmar que la mayoría de los productos electrónicos que se venden en Occidente están hechos en esas factorías chinas.

Asi que, sí, debemos presionar a Apple para que a su vez siga presionando a Foxconn. Pero al mismo tiempo, parece que ignoramos una cuestión más amplia e importante: ¿cuánto nos preocupa el asunto?

Que los trabajadores chinos cobren menos que los americanos no es ninguna sorpresa. Siempre lo hemos sabido. Es precisamente por eso que todo el mundo subcontrata a China. La lista de costes de fabricación en China que son más bajos que en América es muy larga: precio por hora, ventajas laborales, impuestos, coste de la energía, de los edificios y del equipo…

Elevar los estándares laborales y los sueldos de las fábricas chinas hasta los niveles de América, implicaría, naturalmente, un aumento del precio de los productos electrónicos. Cuesta decir cuánto, pero un analista financiero de una empresa de subcontratación ha calculado que un iPhone de 200 dólares podría costar 350 dólares si estuviera fabricado en América.

¿Nos importan las condiciones laborales de las fábricas chinas lo suficiente como para pagar el doble por nuestros teléfonos, tabletas, televisores, ordenadores, navegadores GPS, videocámaras, reproductores de música, reproductores de DVD, grabadores de vídeo, dispositivos de red y equipos de sonido?

No todo el mundo diría que sí.

Pero vamos a suponer que sí. ¿Cómo lo conseguiríamos? ¿Cuál sería la primera marca de electrónica en lanzarse?

En otras palabras, ¿quién les asegura a los Apples, los Dells y los Panasonics de este mundo que si obligan a sus proveedores de China a adoptar sueldos y condiciones occidentales, todos sus competidores harán lo mismo y al mismo tiempo?

Ese aspecto no aparece en las protestas. ¿Se supone que Apple tiene que ser la única empresa que asuma los costes de la mejora de las condiciones? ¿Persiguen los manifestantes un mundo en el que un iPhone cueste 350 dólares y el teléfono Android de la competencia cueste 200?

¿O acaso no pretendemos realmente que todas las empresas se decidan simultáneamente?

El asunto es complicado. Y triste. Nosotros, los consumidores, queremos nuestros flamantes chismes electrónicos. Y queremos que sean baratos. Pero queremos que los fabriquen obreros sanos y bien pagados. Pero aparentemente, no es posible que se cumplan las dos cosas.

Antes o después tendremos que decidirnos. La culpa, querido Brutos, no es sólo de Apple, ni de China: también es nuestra.

en The New York Times

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