El problema de los lanzamientos tan cacareados como el del iPhone 3G es que las expectativas son tan altas que el producto puede acabar no respondiendo a ellas. En este caso ocurre algo de eso. En artículos anteriores ya conté lo que me gusta del nuevo iPhone y lo que no. A continuación van algunos aspectos que, tras una semana de uso, todavía no me atrevo a dar por buenos ni por malos.
-Teclado en pantalla. Los usuarios de BlackBerry y de Treo saben lo imprescindible que se hace un teclado completo a pocos mensajes de correo que se manden. Apple ha optado por ocupar todo el frontal del iPhone con la pantalla, así que el teclado es forzosamente virtual. Es mucho mejor que el númerico de los teléfonos normales, pero no tan práctico como los teclados de verdad. Cuesta bastante acostumbrarse a él, pero con el tiempo se acaba aprendiendo a escribir. Diría que lo mejor es no tratar de acertar con la punta del dedo, sino pulsar con toda la yema, y dejar que el sistema de texto predictivo vaya aprendiendo.
-Estabilidad del software. Como usuario de Mac odio tener que escribir esto, pero el software del iPhone dista mucho de poseer la estabilidad a que nos tiene acostumbrados Apple. Cada día he experimentado varios cierres espontáneos de aplicaciones, tanto de las incorporadas en el terminal como de las descargadas de la App Store. Safari se ha cerrado inopinadamente a medio ver páginas web, tanto normales como supuestamente adaptadas; he sido devuelto al menú inicial mientras escribía mensajes de correo, mientras respondía SMS, mientras buscaba direcciones en el listín e incluso mientras trataba de cambiar la imagen de fondo de pantalla. Mi terminal pertenece a la primera partida comercializada en España, que utilizaba la edición 5A345 del firmware 2.0, así que procedí a restaurarlo desde iTunes, proceso que incluye la actualización del firmware a la edición 5A347, esperando mejorar el comportamiento, pero más bien ha empeorado. Espero que Apple sea tan diligente como acostumbra y pronto podamos descargar una versión 2.1
-Geolocalización de fotografías. El iPhone incrusta en la cabecera de los ficheros JPG los datos EXIM sobre el lugar donde fue tomada cada foto, gracias al receptor de GPS incorporado en el terminal; sin embargo, cuando se publican en álbumes web como Picasa o Flickr, quedan geoposicionadas erróneamente. Hace muchos años que no piso Toledo, pero mi iPhone asegura que anoche estuve sacando fotos allí.
-Push. Es el sistema de notificaciones en tiempo real que Steve Jobs explicó de forma bastante imprecisa en la presentación del 9 de junio y que permite que un servidor centralizado se comunique con cada iPhone (por ejemplo, para avisar de novedades en una subasta o de la llegada de un mensaje de correo) sin que el terminal deba ejecutar ningún programa en segundo plano. En mi iPhone he configurado un solo buzón, el de Gmail, y el icono de correo de la pantalla inicial me va informando de los mensajes que tengo pendientes de lectura, pero no los descarga hasta que abro la aplicación de correo. Me gustaría saber si Apple está vigilando de algún modo lo que ocurre en mis buzones, aunque sea para avisarme. Ya me cuesta conformarme con que Google lea lo que escribo y me escriben, así que tener a otro fisgón observando mi tráfico me hace sentirme bastante incómodo.
-App Store. El icono potencialmente más importante de todos los que pueblan la pantalla inicial del iPhone es el de la tienda de aplicaciones. Nunca hasta ahora había sido tan sencillo llenar un teléfono avanzado con programas de terceros, que son los que le dan su verdadero sentido. Y las condiciones de venta que Apple propone a los desarrolladores son tan ventajosas que no sé de ninguno que programe para Palm OS, Symbian o Windows Mobile que no esté trasteando ya con el SDK del iPhone. Pero lo cierto es que los poco más de 500 programas que hay ahora en la App Store, entre los gratuitos y los de pago, son bastante triviales, con honrosas excepciones. Ni siquiera están todos los que Steve Jobs puso como ejemplos durante la keynote del 9 de junio. O al menos, no están en la versión española de la tienda, pues otros, como las aplicaciones nativas de Google para el iPhone, sí están en la norteamericana. Veremos qué tal son los siguientes 1.000 programas que se incorporen al catálogo de la App Store. Por cierto, otra cosa: si Microsoft hubiera osado imponer una tienda suya como canal exclusivo de venta de aplicaciones para sus terminales y las hubiera envuelto en tantas capas de DRM como hace Apple en la AppStore, todo el mundo estaría crucificándoles.
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