Vistos los aspectos positivos del iPhone 3G tras las primeras horas de uso, es ahora el turno de reseñar unas cuantas características que reclaman mejora.
–Duración de la batería. Irrisoria. Inadmisible. Otros comentaristas se quejan de tener que recargar el iPhone 3G a diario. Qué más quisiera yo: un uso regular del terminal, con más consultas frecuentes del correo electrónico que navegación web, obliga a tirar de cargador a media tarde. Y es que las conexiones 3G consumen más que las GPRS, pero la batería es de sólo 1.150 mAh en lugar de los 1.400 del primer iphone. Afortunadamente, se recarga bastante rápido, al menos con el alimentador; con el puerto USB del ordenador no tanto. Cabe recordar, además, que la batería no puede ser sustituida por el usuario, sino que habrá que llevar el iPhone al servicio técnico.
–Bluetooth muy, muy limitado. Esta tecnología inalámbrica de corto alcance está desaprovechada en el iPhone 3G: es de tipo 2.0 EDR, pero prácticamente sólo sirve para conectar auriculares manos libres. Nada de utilizar el teléfono como módem para el ordenador portátil; tampoco se pueden sincronizar los datos entre ambos dispositivos sin recurrir a un cable; ni siquiera se pueden transferir ficheros al teléfono (un e-libro, por ejemplo) sin pasar por iTunes.
–Marcación por voz, grabación de vídeo, MMS: no, no y no. No es que la primera me preocupe especialmente, ya que nunca he sido capaz de utilizarla en otros terminales y además me parece hasta indiscreta. En cambio, estaría bien poder grabar breves secuencias de vídeo para subirlas a YouTube, y la ausencia de MMS no sólo impide mandar fotos a otros móviles carentes de correo-e, sino incluso recibirlas.
–Cámara y objetivo. La cámara de fotos del iPhone 3G tiene una resolución de 2 megapíxels, inferior a la de muchos otros teléfonos, pero suficiente para publicar fotos en la web. No tiene flash, zoom, ni siquiera digital, ni espejo para autoretratos (no, la manzanita Apple plateada del dorso no vale para eso). Pero lo peor es que el objetivo está tan desplazado hacia la esquina que el dedo del fotógrafo acaba apareciendo en más fotos de las que sería deseable.
–Base de sobremesa. En aras de la reducción de costes, el iPhone 3G no incluye el dock que sí llevaba el modelo anterior, y que sirve para recargarlo y conectarlo a un equipo de música externo. Apple tiene un dock en catálogo, pero cuesta 25 €.
–El reloj no se pone en hora automáticamente. La operación de sincronización entre el iPhone 3G y el ordenador no sincroniza los relojes de ambos dispositivos. Hay que poner el iPhone en hora manualmente.
–GPS vinculado a Internet. Los tres sistemas de localización (GPS, WiFi y red celular) funcionan muy bien, pero los mapas están en Internet, lo que significa que para ubicarnos o navegar es imprescindible hacer uso de la red. Eso tiene dos inconvenientes: el mayor consumo de batería y el gasto de la franquicia de tráfico de datos a alta velocidad. Esperemos que pronto aparezcan aplicaciones de navegación tipo TomTom que permitan cargar los mapas en el propio terminal.
–Incoherencias del software. En productos de otros fabricantes no llamarían la atención, pero tratándose de Apple sorprende que algunas funciones se realicen de forma distinta según la aplicación en que uno se encuentre. Por ejemplo, en algunos programas el botón ‘+’ para añadir un registro está en la esquina superior derecha de la pantalla, y en otros en la esquina superior izquierda. Para asignar categoría a una cita de la agenda hay que seleccionarla en una lista y luego confirmar la selección, lo cual es redundante dado que no se puede elegir más de una categoría. Parecen tonterías, pero un servidor es usuario de Palm OS, en cuyo diseño intervenía un empleado dedicado a contar clics y rechazar cualquier operación para la que hicieran falta más de tres clics.
–Buscador de contactos. El listín de direcciones y teléfonos incluye por fin un buscador y unas pestañas alfabéticas para acelerar la navegación, pero no son nada cómodos de usar, y cuando el listín contiene muchos contactos, tardan muchísimo en responder.
–Preconfiguración local incompleta. En las unidades de esta primera partida, Apple se ha dejado detalles por adaptar al mercado español: al poner el iPhone en marcha, el idioma por omisión es el español, pero los formatos de numeración son los americanos, la agenda muestra los nombres de los meses en inglés, y todas las aplicaciones dependientes de la posición arrancan en Cupertino, la sede californiana de Apple. El reloj muestra la hora de Nueva Delhi, pero no la de Madrid, y la excelente aplicación de meteorología, que toma sus datos de Yahoo Weather, indica el tiempo en todas partes, menos aquí. El usuario puede corregir todo lo dicho, pero tardará un rato en hacerlo. Lo que no podrá hacer de ningún modo, por cierto, es elegir un idioma constitucional distinto del castellano: catalán, gallego y euskera brillan por su ausencia, tal como nos tiene acostumbrados Apple.
–Sincronización de contactos con GMail. Al configurar una cuenta de correo de Gmail en el iPhone, iTunes se ofrece a sincronizar los listines de contactos del ordenador con los del servicio de correo de Google. Yo cometí el error de aceptar, y he acabado con varios centenares de direcciones duplicadas, porque a los 3.000 contactos de la agenda de mi MacBook se han unido las más de 1.000 direcciones de mi cuenta de Gmail. Si yo fuera usted, desactivaría esta opción antes de sincronizar por primera vez.
–Mail. El programa de correo del iPhone no es precisamente el mejor que he visto. Muchos mensajes recibidos en formato HTML se muestran en un tamaño diminuto que obliga a ampliarlos estirándolos en la pantalla táctil. Espero que Google lance pronto un cliente de correo Gmail nativo para el iPhone como los que ya existen para Windows Mobile, Symbian o incluso Palm. Eso sí, el efecto animado de los mensajes borrados metiéndose en la papelera es delicioso.
Próxima entrega: lo que todavía no sé si me gusta o no del iPhone 3G.
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